El sauce llorón

Hace poco más de dos años que escribí este poema. Recuerdo el momento a la perfección por lo inusual del ambiente. Me encontraba en el aeropuerto de Venecia, la media noche había quedado atrás hacía más de una hora y una niebla espesa estaba adueñándose de la noche. El vuelo se retrasaba, pero, por una vez, yo no estaba allí para viajar, sino porque esperaba la llegada de alguien. Y como suelo llevar una libreta y un bolígrafo encima, por si el aburrimiento me alcanza cuando menos lo busco, me dio por escribir.

La distancia hace que veamos ciertas cosas de manera distinta. Cuando tuvo lugar el referéndum del 23 de junio de 2016, donde los ciudadanos del Reino Unido decidieron desunirse de la Unión Europea, yo pasaba unos meses en Aquisgrán, una histórica ciudad alemana. Un año después, poco antes de esa noche en el aeropuerto veneciano, los acontecimientos de Cataluña del 1 de octubre de 2017 también me pillaron de estancia, esta vez en Ferrara, una encantadora ciudad italiana situada en la región de la Emilia-Romaña. Ni viví la tensión que se generó en España en ese momento, ni hubiera querido vivirla, pero no se puede cerrar la puerta a los fantasmas eternamente, pues así como en el Reino Unido la sociedad sigue dividida entre los que quieren marcharse y los que no, la inquietud en España sigue acechando más de dos años después.

Opiniones hay tantas como personas en el mundo, y lo mismo aplica a los sentimientos, pero sabiendo como sabemos que todos somos pasajeros de la misma nave, que se mueve sin remedio a través de un infinito vacío, me cuesta concebir otra frontera que no sea la que nos impone la naturaleza. Por supuesto, hay políticas que nos son más afines que otras, y sociedades en cuyas aguas nos desenvolvemos mejor o peor, pero del mismo modo que no hay nada más bello que una amplia variedad de culturas, no existe mejor manera de apoyarlas que pudiendo conocerlas sin recibir ningún tipo de exclusión. Para ello, sin embargo, también es necesario que las distintas culturas se sientan igualmente admitidas por las demás. Todo depende de nosotros, ya que, al contrario de lo que le ocurre a la hoja caída de un árbol cuando es arrastrada por la corriente, los humanos seguimos teniendo capacidad de elección.

El sauce llorón

En la orillita del río
flota una hoja de sauce,
una hoja que en su avance
es inmune al hostil frío.

Al hostil frío es inmune
y a la humedad de las aguas,
que a Deltebre de Cantabria
van a morir cuando fluyen.

La hojita fletó en La Alfranca
y arribará a Mequinenza.
Allí un embalse la para
como un control de fronteras.

Si las nieves de Pidruecos
pueden bañarse en Castilla,
¿por qué a nuestra pobre hojilla
se le veda su trayecto?

Y es que la hojilla no entiende
del hombre y sus malandanzas,
que o nuevas fronteras quiere,
o reprime con matanzas.

Las aguas circulan libres,
libres circulan las aguas;
el alma del río vive
hasta que un muro la atrapa.

Flota una hoja en su cauce;
al hostil frío es inmune.
Sin embargo, llora el sauce
por la quietud que los une.

Llora el sauce, está triste,
pues nuevos muros se erigen.
Triste está el sauce y llora.
Llora el sauce. Llora. Llora…

creativeCommons

Pablo Fernández de Salas

 

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