El café de las siete

Empieza a hacer frío en el exterior y apetece sentarse a leer una buena historia. Una bebida caliente, imaginemos que es un café, reposa sobre la pequeña mesa al lado del sillón. Una lámpara ilumina las páginas y compite con su luz contra las llamas de la chimenea. Todo un matiz de tonos anaranjados transmiten calidez a la sala.

Ahora que estamos cómodamente aclimatados no cuesta mucho imaginarnos una escena similar. Transcurre en un alborotado café de ambientación más bien barroca, donde un personaje un tanto peculiar ocupa su habitual mesa. Los clientes dialogan, estudian o leen, todos disfrutando del calor de una humeante taza y transmitiendo a su vez ese calor al ambiente. Mientras tanto, nuestro protagonista espera…

El café de las siete

Mientras la tarde se viste de negro
al ritmo lento que marca la lluvia,
disuena un chapoteo
y el gemido de una puerta parduzca.
Una ola de voces
invade por un momento la calle,
detenida al instante
por un nuevo lamento de los goznes.
Siguiendo los pasos de los que entran,
otros dos pies casi a flote se cuelan;
piden café y a la mesa se sientan,
en la esquina de siempre,
donde nadie se acerca.

El local es barroco,
con mil cuadros de cera,
mil bordados y adornos,
en las mesas mil velas,
y mil almas que acuden
a aliviarle la pena.
No obstante, ninguna observa su mesa,
en la esquina de siempre,
donde nunca se acercan.

A tan solo dos sillas del lugar,
una pareja estudia concentrada,
otra observa el móvil en un sofá
y una tercera habla, bebe y calla;
todas con su aún humeante taza.
Su café, sin embargo, se retrasa.
Las manecillas del reloj se mueven
y las mil velas consumen su cera.
Los cafés van y vienen
sin que una taza aterrice en su mesa,
en la esquina de siempre,
donde nadie se acerca.

Poco a poco, las mil voces se apagan,
los cafés se retiran
y la gente se marcha
llenando el local de sillas vacías.
En su pared, los cuadros
lo observan todo, desde los bordados
sin gente hasta los quietos adornos.
Pero ninguno mira
hacia la rota esquina,
las tablas quemadas, negras las sillas,
donde él, como siempre,
espera su café desde las siete,
en la vetusta y chamuscada mesa,
en su esquina de siempre,
donde solo él se sienta.

El último camarero se marcha
dejando el local carente de vida.
Envuelto en la oscuridad, él suspira
y espera tener más suerte mañana.
Tampoco le han traído hoy su bebida.
Sin rastro del café, ni de su cita,
se levanta y abandona la mesa
de la esquina de siempre,
donde nadie se acerca.

Al cruzar, la puerta se ha despedido
con un triste lamento de bisagras,
pues también fue de aquel fuego testigo.
Sus piernas flotan sobre la calzada.
En la fría lluvia, sin alejarse,
él espera a que otra noche pase.
Al son de las gotas piensa en su amada.
Tal vez venga mañana,
a su esquina de siempre,
donde su alma la aguarda.
Sí, la verá sin falta
en su mesa a las siete,
donde siempre quedaban.

creativeCommons

Pablo Fernández de Salas

 

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