Allá van mis celos

 

Allá van mis celos por la acera blanca,
mira, que allá van ellos por la calzada;
la perfección de la nieve en su espejante traje,
mil reflejos de un yo que duele al mirarse.
«¿Dónde vais?» les digo. «Donde va la gente».
Y mi ego herido en el cristal se pierde.
¿Por qué si yo a mí solo quererme quiero
debo dejar de querer que me quieran primero?
Un poco de azul en el cielo se muestra,
pero amenazan las nubes:
multitud de yoes en perpetua guerra.
Los yos que te buscan, a ti y a tus medallas;
los yos que se mueren entre la batalla;
los yos que ahora dudan, cuando no dudaban;
los yos que se aíslan y no piden nada.
Reflejos al fin del día
en lo opaco de mis yoes.
La persiana del mundo llegando a la cornisa.
Antes de que caiga. Deprisa. ¡Deprisa!
Pero mi yo derrapando se detiene
y, al borde del abismo —deprisa, ¡deprisa!—,
a sus reflejos nacarados de muerte
con miedo mira y les grita.
Inútil. Poco ha cambiado.
Uno sobre el otro se entierran mis celos.
Y tú, ¿me quieres? Yo no sé si me quiero.
Pero me quieras o no, acompaña a mis yoes,
pues bajo esta nevada de silenciosa muerte
yo sé que quererme quiero.
Y con el ardor de esta pálida calma,
ya pasada la tormenta,
a mí, desnudo, me veo.
Sobre mis yoes vencidos.
Sobre mi vencido ego.

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Pablo Fernández de Salas

 

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