Grises de futuro

Hoy es uno de esos días en los que el cielo refleja el pensamiento: grises las nubes que sostiene y grises sus elevados sueños. Pronto romperá el sol el hechizo, con su cura de colores; pero mientras los rincones del mundo sigan el camino marcado por las generaciones, el gris irá borrando el arcoíris. Ya se han dado los primeros pasos hacia un cielo despejado. Solo hace falta mantener el esfuerzo, y confiar en que la razón sea más contagiosa que los impulsos de la guerra y devuelva el color a los grises del futuro.

Grises

Grises las mareas embravecidas,
inciertos los impulsos de sus aguas,
a cada día más enardecidas
por el cántico gris de nuestras fraguas.

También grises las nubes pasajeras,
de pubertad sus gruesos goterones,
madurando hacia un clima sin fronteras
el vibrante rugir de sus pasiones.

Y grises los vapores que la Tierra
exuda entre temblores por su piel.
Gris el humo macabro de la guerra;
gris el árbol que se funde en su miel.

Gris el plumón del fuego de la sierra
que se agita como nieve al caer.
Grises los espejismos del que yerra
y es consciente del error en su hacer.

Grises los velos, los paños, la niebla,
los filtros que llevan hacia lo oscuro.
Gris es la suerte que la inacción puebla
cuando gris es la luz hacia el futuro.

Gris la mirada que ofrece el espejo:
viviendas en ruina, campos quemados.
Gris el silbido y su horrible reflejo
al combatir de los egos armados.

¿Qué importan los montes o los océanos,
las gentes, la atmósfera, la cultura?
¿Qué importa a los ojos de la locura?

Grises las mentes que el presente azota
con un viento que agita los pendones.
Gris la razón que escapa a borbotones.

Grises y tormentosas las ideas,
turbulentos sus ardientes mechones,
ascendiendo desde las azoteas
al llanto rojo de los corazones.

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Pablo Fernández de Salas

Soneto a la comida

Adoptar una dieta sana es, para muchos, una opción más difícil de lo que a otros les pueda parecer, y parte de esta dificultad está en nuestra propia cultura. No todo se basa en reducir el consumo de azúcares y de grasas, sino en aprender a disfrutar de la comida sin echar de menos los excesos. Tener el antojo de una buena ración de brócoli al horno debería sonarnos tan normal como cuando escuchamos a alguien decir que le apetece un helado. Pero ¿a quién no le resultaría raro expresar una preferencia tan poco acostumbrada a ser oída en boca de los demás? De un modo parecido, los motivos que nos llevan a cambiar nuestra alimentación no siempre están conectados con los beneficios que supone para nuestra propia salud, a pesar de que estos beneficios existan. Pero como no soy experto en alimentación, ni pretendo serlo, voy a dejar que el soneto hable por sí solo en su propia lengua; después de todo, hay muchas formas de interpretar la poesía.

Soneto a la comida

La última pieza se posa en la mesa
cubierta de luz fundida en la crema.
Los platos exhiben gloria suprema,
del entrante al postre todo es promesa:
crujiente, salado, romero y fresa.
Los sentidos bailan frente a este esquema,
salivan versos, huelen a poema,
y hacen cosquillas de mano traviesa.
Pero entonces se escucha a la razón:
«¿Y el qué dirán, tu cuerpo, tu figura,
tu peso, tu finura, tu bastión!»
… Lástima que estén a la misma altura
jueces de buena y mala reflexión
al juzgar el comer y su cultura.

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Pablo Fernández de Salas

Reflexiones entre la hierba

Nuestra realidad está llena de contradicciones. Por ejemplo, la hierba de nuestros parques es libre de crecer, pero solo bajo el permiso de una mano humana que la recorta a su antojo. Y no solo la hierba vive esta contradicción, sino nuestras propias sociedades, que prosperan libres gracias a su acordada falta de libertad. Por supuesto, todos entendemos que hay acciones que no se deben realizar porque van en contra de aquello que llamamos «sentido común». El verdadero problema, una de estas contradicciones, es que los temas que están al abrigo del sentido común no son comunes en absoluto, y hay libertades que nunca deberían dejar de ser libres. Pero ¿para qué preocuparnos? Seguro que el problema no nos afecta a nosotros. Al fin y al cabo, estas solo son reflexiones que han crecido entre la hierba, sobre su embrujo verde; entre el cuchicheo de sus briznas, sobre su contradicción indecente.

Entre la hierba

Entre la hierba me asomo,
sobre la hierba me calmo;
entre sus lenguas de suelo,
sobre sus besos más blandos;
entre su crespo cabello,
sobre su bendito manto.

Entre sus sueños yo observo
sobre un fractal de locura:
entre edificios estériles,
sobre la tierra más pura;
entre artificiales venas,
sobre una piel sin censura;
entre árboles de jardín,
sobre salvaje espesura.

Entre las briznas yo pienso
sobre verdades opuestas,
entre la luz y el reflejo
sobre una sombra que tiembla:
entre dos mundos expuestos,
sobre la turbia frontera;
entre el «yo quiero y no puedo»,
sobre el «no debo aunque pueda»;
entre oportuno y siniestro,
sobre la natura muerta;
entre el perfil de lo bello,
sobre su filo de sierra.

Entre lo verde me siento
sobre reflexiones sueltas:
entre el partir y el regreso
sobre un revuelo de ideas,
entre que venza el progreso
sobre el instinto o que pierda.

Entre dos salas yo espero
sobre el vano de la puerta,
entre futuros inciertos
sobre una misma certeza:
entre deuda y testamento
sobre lo humano y la Tierra.

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Pablo Fernández de Salas

El rugir de tu cabeza

El mundo nos parece pequeño cuando nos sentimos llenos de energía que no podemos o no sabemos cómo emplear. Es una energía extraña, forastera, no acostumbrada a nuestro cuerpo, cuyas células se resisten intentando quemar a la intrusa antes de ser ellas las consumidas. Es una fuerza parásita que aturulla nuestra mente, baraja las neuronas y las reparte con una imprecisión exquisita. Es una parte de nosotros que pugna por ser liberada, por hacerse grande, inflarse hasta explotar y expandirse como el aire alcanzando los confines de la atmósfera. Grita, se retuerce, patalea y muerde con saña en nuestro interior. Y nos es imposible ignorar sus quejidos, desoír su enojo, desestimar su presión contra los límites de nuestro ser. Pero, al igual que le ocurre a esta desconocida que se ha apoderado de nuestro cuerpo y ha saboteado nuestra mente, tampoco nosotros podemos deshacernos de la presa invisible que nos atenaza, ni, por ello, satisfacer el instinto libertador de su locura. El cielo exhibe la independencia azul de una promesa, un doloroso espejismo que absorbe nuestra fuerza con el ímpetu de una llamada que nunca podremos atender.

El rugir de tu cabeza

El azul espera, alto,
tras la alfombra gris y densa,
esa cortina que oculta
lo que tus deseos sueñan,
esa pantalla que cubre
y aprisiona tus ideas,
esa cadena que atrapa
la libertad de tus piernas.

El azul de tus anhelos
en tu imaginación queda,
inalcanzable su grito
para una garganta en quiebra,
con sus dineros perdidos
lejos, allende la niebla,
más allá de su mantilla,
dejando atrás la peineta.

Quisiera volar tu rostro;
correr tus pies ya quisieran,
ser la furia del tornado,
traspasar esa barrera;
tus manos, batirse en duelo;
tu rabia, lanzar su fuerza,
y tu corazón violento
enarbolar su bandera.

Pero te encoge la tierra,
raíz con raíz envuelta;
la densidad de su fango;
su inquebrantable frontera;
el zumbido de su encanto;
la quietud que reverbera:
esa que de asfixia mata
el rugir de tu cabeza,
tu voluntad estancada,
tu muda y sorda fiereza.

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Pablo Fernández de Salas

«Bip» (poema interrumpido)

La exposición a las redes sociales es, a día de hoy, inevitable. Incluso quienes no participan en ellas y se limitan a ser espectadores de su movimiento se ven arrastrados por sus aguas. Está muy bien poder comunicarse con una persona que se encuentra a kilómetros de distancia como si compartiera nuestro sofá, pero las aguas de las redes traen consigo una erosión importante. Entre los efectos de dicha erosión se encuentra un detrimento de nuestra paciencia, que desaparece tan rápido como el torrente la arrastra, apático e imperturbable. Todos queremos acceder a la información cuanto antes, y todos queremos que nuestra opinión (o nuestro mensaje) llegue al destinatario, a ser posible, antes incluso de que lo hayamos enviado. Ya. Ahora. Pronto. Más rápido. El problema está en que, así como defendemos nuestra exigencia por un acceso inmediato a la información y una respuesta instantánea a nuestros mensajes, con la misma urgencia se nos exige estar disponibles para satisfacer las necesidades de otros. Y hay acciones que requieren esa quietud que está abandonando nuestro día a día, acciones tan sencillas como pensar, leer o escribir.

Poema interrumpido

A escribir siento mis dedos
sobre el lomo de un romance,
su alterna rima surgiendo,
la voz que afina su cante.
Inspiran, se posicionan,
predispuesto su talante…

Bip.

Los dedos buscan la rima
tras una excursión muy breve;
la pantalla a su costado,
su luz ya se desvanece.
A explorar vuelven los cinco
bajo el temprano relente,
el cazapalabras listo
para tamizar la mente.
Palabras de desamor…

Bip.

La luna guiña su rostro
mientras los dedos la miran;
hoy no se irán de cervezas
porque hoy prefieren la rima;
una rima de ocho pasos,
de ocho latidos sin vida;
ocho recuerdos cercanos…

Bip.

Los recuerdos se alejan,
descuidada y de par en par la puerta.
Al regresar los dedos
a los rotos del trance
deciden por consenso:
esta no va a ser noche de romance.
Puede que en las arenas de una silva
encuentren el consuelo,
la paz y la tranquilidad que sueñan…

Bip.

(Ignoran la llamada).
La paz y la tranquilidad que sueñan,
el aislamiento con sus cuatro hermanos,
en las desiertas dunas…

Bip.

… de endecasílabos y heptasilábicos
vientos liberados de ligaduras…

Bip.

… Vientos liberados de distracciones…

Bip.

Incómodo el silencio
frente a la espera.
La luz y su reclamo
ciegan las letras.
Desconsolados,
los poetas tuitean
su desamparo.

Bip.

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Pablo Fernández de Salas

En busca de la inspiración

La inspiración no siempre acude cuando es llamada. Es caprichosa, amante de las sorpresas e ignorante de los horarios; poco dada a las promesas y mensajera de lo espontáneo. La inspiración se manifiesta cuando la inspiración le viene; sin aviso; repentina y fulminante; olvidadiza y rencorosa. Tan pronto llega como el viento la lleva; a veces vuelve, osada, y otras recela. Cuando la angustia nos muerde suelen sobrevolarnos sus alas negras, mientras que en las horas de dicha trina entre las ramas vestida de primavera. De los miedos se esconde, vigilante tras la cerradura, y de la esperanza huye, no vaya a ser que la atrape su promesa.

La inspiración se alimenta en tiempos de pasión, pace los brotes que curan nuestras heridas e impide que sanen. La inspiración respira el oxígeno de nuestro primer beso, bebe nuestras lágrimas y espía nuestra soledad. Pero en tiempos de calma… en tiempos de calma es difícil que la inspiración nos vea, tan ajetreadas son nuestras vidas. En tiempos de calma los papeles permutan y es la inspiración la que añora nuestra compañía. Tumbada en un valle soleado, virgen de responsabilidades, espera la extraordinaria mente que encontrarla consiga. ¡Cuántas veces no habremos buscado la inspiración sin éxito! Para dar con ella, tal vez convenga ir a la caza de una presa ignota para muchos, tal vez baste con buscar ese rincón que ni la brisa perturba, ese estado con el que muchos soñamos y pocos llegamos a rozar: la calma. Tan ajena nos es la tranquilidad que no será una inspiración conocida la que nos encuentre; pero, con un poco de fortuna, puede que esta inspiración se apoye en nosotros para inspirar a otras.

En busca de la inspiración

Al murmullo del agua
cierra los ojos,
y que la brisa dance
sobre tu rostro.
Abre tu alma
al rocío temprano
de la mañana.

En blanco están los cielos
para que escribas
de la voz de tus musas
lo que decidas.
No abras los ojos,
que tu mundo se llene
con tus esbozos.

La colina desciende
al archipiélago,
su ladera escaneas
como un murciélago;
pinos y abetos,
sus sombrillas alternas
sobre el sendero.

El bostezo de un gong,
y después otro;
a ese ritmo te unes
poquito a poco;
en resonancia,
en el lienzo del cielo,
pintas palabras.

Un mosaico de islas
allá a lo lejos;
subes colina arriba,
y ahora un reflejo
donde una sauna,
tocada por los vientos,
tu cuerpo abraza.

Los contrastes del mundo
en un rincón:
tus cabellos de hielo,
pies en calor;
flor de cerezo
en un árbol de brotes
aún muy tiernos.

Los vapores del agua
son la frontera;
mientras ellos se escapan,
tú te refrenas.
Canta una ondina,
y su canto traduces
con verde tinta.

Con un sorbo té inspiras
entre tus labios,
su regusto entre versos
de lentos tragos.
Paz en tu pluma,
que desliza su sueño
sin prisa alguna.

El atardecer llega,
rompe las nubes;
deslumbrados, tus párpados
ya se descubren.
Ves la libreta,
sus páginas henchidas
mientras la cierras.

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Pablo Fernández de Salas

La paz de la mañana

Da gusto levantarse sin despertador, alzar los párpados cuando sienten la caricia de la alborada. Los oídos desoyen el canto de las aves del sueño, tentados por la melodía de las que juegan tras los cristales de una ventana que recuerda a la del cuarto de Anne en Tejas Verdes, con el esplendor de la primavera y su Reina de las Nieves. El piso está cerca de París y refleja con orgullo la vida de la capital, pero la calma que lo envuelve es la envidia de la urbe. Para rematar la mañana, unos minutos más sobre el colchón, los pasos de un amigo en los escalones y la proximidad de una compañera que, como yo, ya imagina el olor del café entreverado con el aroma de las flores.

Amanecer en Gentilly

La consciencia toma el control del cuerpo
después de un rejuvenecedor sueño.
Alzar la mano, abrir la ventana,
que la brisa refresque la mañana
y el aroma a café inunde el recuerdo.
Pero no hay prisa, espera un momento.
Absorbe la vitalidad que emana
del sol, el jardín y las flores blancas.
Las ramas del almendro saludando
con sus jóvenes pulseras y anillos;
la elegancia de París a unos pasos,
con su incansable y eterno gentío.
Tal vez luego, si lo piden los hados.
Ahora Gentilly y su patio tranquilo.

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Pablo Fernández de Salas

Cantos de sirena

Las ondas gravitatorias son oscilaciones en la misma matriz del espacio-tiempo, murmullos que se propagan a la velocidad de la luz contrayendo y expandiendo los cuerpos con los que se cruza. Desde hace años los físicos han conseguido detectar algunos de estos fenómenos —si son lo suficientemente intensos, si son lo suficientemente extraordinarios— gracias al diseño de enormes interferómetros láser. Estos aparatos están provistos de dos largos brazos de varios kilómetros de longitud, dispuestos perpendicularmente, en cuyos extremos se sitúan dos bloques en suspensión. Cada bloque tiene un espejo que refleja de manera independiente la luz procedente de un mismo láser. Cuando una onda gravitatoria llega al detector, mueve de forma ligeramente distinta los dos bloques, y esta diferencia es captada por un receptor que recoge los reflejos del láser.

Las ondas gravitatorias que se han detectado tienen su origen en eventos tan inusuales como la fusión de dos agujeros negros, o el frenético final del baile de dos estrellas de neutrones que orbitan muy cerca justo antes de encontrarse.

Estos eventos no son frecuentes y su rumor nos llega desde muy, muy lejos, como cantos de sirena que recibimos con dos largos brazos abiertos, preparados para atrapar los murmullos del universo.

Cantos de sirena

Hay sirenas que cantan
entre los astros,
seres que fueron mitos
y ahora escuchamos.
Cantan y bailan;
rizos gravitatorios
forman sus faldas.
Entre tiempo y espacio
nadan sus cuerpos.
Al final de su baile
resuena un beso,
con un suspiro
que entre brazos abiertos
desde aquí oímos.

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Pablo Fernández de Salas

La parroquia de las montañas blancas

Ya está aquí la primavera, con su promesa de flores asomando entre la hierba y los primeros brotes abriéndose camino en las ramas desnudas de los árboles. Sin embargo, la oscuridad del invierno se resiste a abandonarnos del todo.

Al sur de Estocolmo, en la isla de Södermalm, hay una pequeña colina que asoma sobre los edificios. Su nombre es Vita Bergen, que se traduce como las Montañas Blancas. En ella se sitúa la parroquia de Sofía, que ofrece una vista monumental a quienes pasean a su alrededor, especialmente en las estaciones más verdes del año. Aunque en los últimos días el sol ha dominado el cielo, la vegetación sigue durmiendo, y algún que otro bloque de hielo se resiste a desaparecer, moteando de blanco un suelo marrón y apagado. Poco a poco, el calor de los días más largos irá devolviendo la vida a los parques, pero todavía está por ver si el verde traerá consigo ese símbolo de esperanza que tanto está faltando en el mundo.

Sofia kyrka

Los pájaros piando,
aves cuyos nombres yo desconozco
vestidas como el terreno en invierno,
paseando a su antojo…
plumas al viento revoloteando.

Árboles sin vestir
al calor de la puesta,
un calor que absorben mil caras suecas.
Los primeros brotes salen del barro
entre charcos de hielo,
hojas muertas y un gato.

La colina rezuma libertad,
tan costosa estos días,
alejada de la vida y su mar,
del mundo con sus ojos por encima.

Y ahí, tras el sol poniente, Sofía.

Desde el banco en el que mi mente calmo
observo su fachada,
el atardecer su perfil rozando,
su aureola sagrada.

Turquesas los picos que la coronan,
tocado el rostro con alto sombrero,
de los montes blancos reina y señora,
guardiana del terreno.

Su perdón los minutos me rechazan
cuando una pausa pido.
Marchita el sol y avanza,
llevando la vida hacia su destino.

Árboles sin vestir
adorando a Sofía,
pájaros que pían, pían y pían.
Como el terreno en invierno sus trajes,
un invierno que acaba…
mas el frío se resiste a marcharse.

El fuego de fondo, color granate;
al frente, Sofía nubla su cara.
Un atardecer teñido de sangre
que la noche cubre hasta la mañana.

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Pablo Fernández de Salas

Amapolas en el trigal

Hay días en los que abro los ojos convencido de que solo ha sido un mal sueño. Todavía adormilado, miro el periódico en el móvil, por si acaso, y es entonces cuando la realidad me despierta con su crudeza.

Amapolas en el trigal

Roja es la sangre que nos une,
roja como las amapolas
que tiñen el trigal maduro
bajo un cielo calmo y sin olas.
Rojo el dolor que se derrama
hacia el fondo de un mar violento
sobre el que amenazan el odio
y el horror de las nubes blancas.
Rojos los pétalos deshechos
que el cierzo de inicios de marzo
estremece con su quebranto.
Rojas las voces que se callan,
testigos de la atrocidad,
sus silencios como guadañas.

Son los caprichos de un infante
los que deshilachan las flores.
«Me quiere, no me quiere». Hojas
muertas sin derecho a salvarse.
Mientras, los demás contemplamos
el cruel juego que se perfila,
de momento entre las espigas,
bajo un zafiro que se templa.

El viento sopla en el trigal
poblando de nubes el cielo.
Un viento implacable, molesto,
desalmado e irracional.
Un viento que agita fragmentos
de las amapolas sin vida,
rojos sus pétalos deshechos,
cada vez más ancha la herida.

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Pablo Fernández de Salas