Qué inocente pensamiento el creer que, solo con tener en nuestra mano el poder de hacer algo, las acciones siguen su curso de forma lógica y natural.
Pensamientos de un abedul
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Pablo Fernández de Salas
Qué inocente pensamiento el creer que, solo con tener en nuestra mano el poder de hacer algo, las acciones siguen su curso de forma lógica y natural.
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Pablo Fernández de Salas
En los árboles caducos, las hojas vienen y van, cortas sus vidas e igualmente cortas sus preocupaciones. Me pregunto si, por las noches, las ramas les contarán historias de otras hojas de épocas pasadas, de años en los que también hubo una primavera, un verano provechoso, y el inevitable tardío que las librará del invierno. Poco saben las hojas que han de morir consumidas por el fuego del otoño; poco saben de los cambios que, prácticamente invisibles, varían año tras año las condiciones de su entorno. Grano a grano, la montaña crece. Y un día, cuando el precario equilibrio lleve ya un tiempo apuntalando tensiones, el viento rozará los puntales, la Tierra sacudirá su antigua piel y, tras unos años de inquietud adolescente, solo quedará una exuvia agrietada para recordar nuestro ahora: un fósil climático enterrado en las corrientes de la nueva realidad.
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Pablo Fernández de Salas
Teniendo a tu disposición tantas posibilidades, es imposible elegir solo una, o dos, o tres. Flap, flap, flap, un poco de aquí y un poco de allá. Empezadas tienes las flores, y por acabadas las das en cuanto te llega el aroma de una, dos y tres más. Flap, flap, flap. Esta parece interesante, esta otra dulce de más. ¿Y esta? Diferente a las otras. ¿Y esta? Como las demás. Esta ya la conoces, y esta está por probar. Con este ritmo que llevas, yo me pregunto: ¿de cuál te vas a acordar?
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Pablo Fernández de Salas
Quizás fuéramos la decepción de nuestros padres, como posiblemente ellos lo fueron de nuestros abuelos. Los millennials. Los primeros en disfrutar la era digital desde pequeños. Las personas en proyecto que en su día, hace ya sus años, querían correr más allá de lo esperable en el ser humano. Quienes vieron nacer internet a una edad demasiado temprana para entenderlo. Los adultos de la inteligencia artificial. Las tortugas de los nuevos tiempos. Los que ahora llaman a la razón a los nuevos brotes, más apresurados si cabe, más ansiosos por llenarse de conocimiento. A un ritmo vertiginoso, sin pausa, sin filtro, sin rumbo aparente, sin esperas. Ahora. Ya. ¿Qué muro ni qué hostias? ¡Ya!
Mientras recordamos las paradas que debimos tomar. Mientras recapacitamos sobre nuestras propias decisiones sin experiencia. Mientras rumiamos sobre la necesidad de comprender, refunfuñando sobre un mundo más ágil y muy nuevo, gruñones como acuñados miembros de cada generación que ve tomar posesión del mundo a la siguiente, no olvidemos nuestro pasado. No nos precipitemos como sentimos que se precipitan los jóvenes. Y, aunque nos duela ver el prado lleno de hierbas expuestas a la sinrazón, ofrezcamos la sombra de nuestras copas con nuestra adulta calma, en la distancia, sin ahogarlos en la oscuridad, y respetando el lento relevo de los mayores.
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Pablo Fernández de Salas
Muy abajo en la distante imagen que ofrece la ventanilla del avión veo cómo te alejas, las sombras y los destellos del sol, en rápido movimiento, sondeando tu superficie. Tan larga, tan profunda, tan amplia es tu historia que los días perdidos entre las cicatrices de tu vida no llegan ni a un suspiro de tu ancestral existencia. ¿Qué son un puñado de horas apretadas entre un martes y dos miércoles frente a decenas de centenares de siglos?
Nos volvamos a ver o no, gracias por dejarme tropezar en tu camino.
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Pablo Fernández de Salas
Despertarse con la tranquilidad de vivir en una sociedad civilizada es casi un milagro. Pero asumir que el adjetivo «civilizada» otorga propiedades ideales, casi divinas, a dicha sociedad, es una versión endémica del síndrome de Estocolmo. Siempre podemos ignorar los bordes de nuestro mundo, fingir que sus afiladas aristas solo apuntan hacia afuera, o ver las espinas y cadenas que no existen donde vivimos, pero que son el día a día de otras sociedades vecinas. Después de todo, es mejor escoger la ignorancia cuando es bien sabido que el conocimiento solo trae felicidad si se acompaña de una voluntad sólida (hay quien la calificaría como inhumana). No obstante, a veces es necesario ese conocimiento, tenerlo guardado, aunque sea, en un cajón discreto, pero accesible, y no haber perdido la llave. ¿Cómo si no vamos a aceptar por entero el mundo en el que vivimos?
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Pablo Fernández de Salas
Digitalizar nunca ha sido tan fácil. Producir contenido a partir de lo digitalizado está al alcance de cualquiera. Es innegable las ventajas que trae consigo poder acceder a un texto, traducirlo a otro idioma, pedir que te lo lean o incluso razonar sobre su contenido con un compañero digital.
Pero ¿qué hay de esa historia sutil, secundaria, oculta y a la vez tan expuesta al ojo inquisidor? ¿Qué hay de la historia que tiene que contar el propio libro? Su historia, su propia historia. Esos arañazos en la cubierta. Esas líneas garabateadas por la exploración artística de los niños. Esa arena emigrante de la playa. Esa nota al pie. Esa dedicatoria de una mano ya perdida. Esa mancha de café.
¿Aprenderemos a digitalizar un libro viejo?
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Pablo Fernández de Salas
Cuando estudiaba bachillerato, él ya sabía que los grandes exámenes aún estaban por llegar. Estaba decidido a hacer una carrera universitaria, e indudablemente eso suponía enfrentarse a duras pruebas en las que demostrar su valía.
Después, tras obtener su título, supo que tenía que opositar. O hacer entrevistas para conseguir su primer trabajo. O incluso ambas cosas a la vez. Sea como fuere, le esperaba otro reto, otra puerta que abrir, otra cerradura que superar.
Más adelante, ya bien establecido en su primer puesto como asalariado, disfrutó de un breve momento de estabilidad. Pero no tardó mucho en tener la impresión de que las pruebas no habían terminado. Había esperado poder parar y quedarse como estaba, apalancarse, pero la vida era demasiado costosa para mantener su adusta rutina. También empezaba a entender algo que no había aprendido en el colegio: nunca se deja de estudiar. Puede que los exámenes ya no le esperaran en forma de tests cronometrados, pero el avance continuo de la sociedad, y la lucha por mantenerse en el lado bueno de esa difusa línea que define a los elegidos que la mantienen, lo obligaban a estar al corriente. Un nuevo idioma. Una nueva tecnología. Una nueva identidad.
Actualmente, asentado en la madurez, se dedica a recordar a aquel adolescente temeroso de los grandes exámenes. Qué equivocado había estado. Qué poco sabía que los retos que definen una vida no dejan de aparecer. Puerta tras puerta, cerradura tras cerradura. Un cambio de piso. Una nueva pareja. La muerte de un familiar. ¿Cómo será enfrentarse a las pruebas futuras? ¿Qué desafíos harán que los de ahora parezcan problemas sin importancia?
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Pablo Fernández de Salas
La memoria es una cualidad escurridiza: a veces etiqueta los recuerdos con tesón, dotándolos de un acceso fácil y natural, y otras veces los lanza a cualquier rincón, sin preocuparse por su futuro desorden y dejando en manos de la fortuna su emplazamiento. A veces dicha fortuna recupera parias de la memoria, que van a parar al cajón de los recuerdos perdidos y nos confunde como un calcetín disidente del cesto de la colada. Otras veces la propia memoria se encarga de poner orden en su desván. Pero hay veces en las que los recuerdos se pierden y nada sirve; veces en las que ni la memoria misma puede hacer algo por sus recuerdos. Son esas veces en las que el olvido decide aparecer, tocando con su irreversible mano recuerdos que se extinguen. Sin más. Como una vela sin cera. Como el sol al anochecer.
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Pablo Fernández de Salas
Cada vez son más las personas que me sorprenden por tener un lado oculto y terrible. Cada vez son más los hombres que guarecen al diablo y lo visten con las plumas de los ángeles. Cada vez la lista crece, y hay quien pudiera pensar que no es más que la consecuencia del avance indetenible de las estaciones, de la palpitación obstinada de los días. Pero cada vez que el reloj late estos pensamientos, cada vez que la humanidad se olvida de crecer su moral, otro más se une a las filas de los infames.
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Pablo Fernández de Salas