Soñando despierto

El cielo es una hoja en blanco sobre los árboles nevados, un trozo de papel al que acuden mis ojos por voluntad propia para llenarlo de fantasías. Podría estar en la calle, disfrutando de los últimos vestigios de la nevada, pero hoy me apetece alcanzar un lugar más indómito. Es un mundo que se muestra diferente cada día que se visita, una tierra de orografía cambiante, adaptada a cada uno de sus visitantes según secretas leyes. Hoy el cielo me brinda la entrada y, sin notar la transición, traspaso el umbral y me dejo llevar por los caprichos de sus dominios.

Hoy me apetece

Hoy me apetece escribir
sin objetivo marcado,
con la mirada en las nubes
y el corazón alocado.
Escribir sobre unos versos
que desde la nada brotan;
chispas que surgen de pronto
entre la espina y la rosa.
Miradas hacia otro mundo,
tras mi ventana secreta;
mundo sin reglas, ni muros:
una tierra de poetas.
Allí despiertan los sueños
y se funden las esquinas
al latir de pensamientos
sin mente que los dirija.
Una tierra de edificios
con muros octosilábicos,
de flores que son sonetos
y un viento de ritmos cálidos.

Hoy me apetece soñar
con las nubes de palabras,
cual orate calmo y ledo,
allende nefelibata.
Con las nubes de palabras
y los mares de papel,
esos que surcan historias
bogando sobre su tez.
Y sentir quiero los vientos
que rizan letras de espuma
bajo la luz de luceros
y el arrullo de la luna.
Saborear la frescura
de una pluma sin cadenas,
tremolando en las alturas
y para nada serena.

Hoy me apetece cerrar
los ojos al universo
para dejarme arrastrar
a donde vaya el deseo.
Un haz de plata en la noche
conectando fantasías,
una cuerda de emociones
y lágrimas de poesía.
Pero el chasquido es rotundo
cuando se rompen sus hebras.
De vuelta a mi viejo mundo,
a la realidad de vuelta.
En la esquina brilla un verso,
confundido del viaje;
tirita tenues destellos
justo antes de apagarse.
Quién sabe si los dos mundos
han de volver a encontrarse;
si habré de soñar despierto.
Hoy me apetece. Quién sabe.

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Pablo Fernández de Salas

Un soneto por Navidad

Este soneto lo tenía guardado desde hace un tiempo y creo que es el momento idóneo para enseñarlo. Por fin, tras un duro diciembre de nubes grises y sol tímido, el día veinticuatro amaneció en Estocolmo con un cielo completamente despejado; el primero del mes. Con la puesta de sol regresaron las nubes, pero esta vez vinieron cargadas de nieve, un regalo que empezó a descender lentamente como si Santa Claus así lo hubiera dispuesto. Sin prisas, pero sin pausa, el aire se llenó de copiosos ampos durante el día de Navidad, tejiendo una alfombra blanca que no tardó en estrenarse con las huellas de los ciudadanos.

Soneto a Estocolmo

Cada esquina es una vuelta de hoja,
la ciudad se despliega a cada paso.
Su cuerpo de hormigón respira, sano,
y su corazón bombea personas.
Catorce órganos, catorce bocas
alimentadas por venas de asfalto,
catorce miembros cubiertos de blanco
en los meses en los que el sol no toca.
Las vidas parpadean mientras fluyen
de aquí a allá. La ciudad se estremece.
Con sueños de invierno la piel se cubre,
apaga sus ojos y se adormece.
Huellas y marcas sobre el lienzo surgen.
Palabras. Mil historias en la nieve.

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Pablo Fernández de Salas

Versos en negro

En estas noches de invierno, mi ventana da a un cuadro de tonos oscuros sobre fondo negro, donde se perfilan las sombras de unos árboles sin hojas sobre otras sombras aún más oscuras, que a su vez ocultan unas sombras invisibles que nos miran con represalia. Las únicas luces proceden de la decoración navideña típica de Estocolmo, que en general carece de colorido. Las sombras las crea el resplandor apagado de apenas unos cuantos luceros de color amarillento. Es una imagen de tonos negros, con siluetas negras sobre fondo negro, como negros son los versos que hoy dedico a aquellas personas cuyo espíritu brilla con un fuego negro.

Versos en negro

Negro. Todo es un tapiz de terciopelo negro.
Negra es su textura y también negros sus secretos.
Negro. Negros esos troncos sobre fondo negro.
Negras esas ramas, perfiladas de deseo.
Negras sus pasiones y negros sus largos dedos.
A intervalos se encienden racimos de luceros:
llamas de electrones con anaranjado fuego.
Negro. Brillan las estrellas sobre fondo negro.
Negro de diciembre con la vista en negro invierno.
Negro irremediable. ¡Ay, irremediable negro!
Negro, pero negro de poetas: versos negros.
Negro que se siente, pero negro pasajero.
Negro que ahora brilla, pero absorberá otro cielo.
Negro parecido, ¡pero tan distinto negro
a esa irracional rima en contra de versos negros!
Negro de unas manos, de unos labios, de unos besos.
Negro de una piel que se ve presa en odio negro.
Pasarán los días, las semanas y un febrero,
y marzo teñirá de flores el prado negro
hasta que el sol de junio aboque el negro a un recuerdo;
excepto para aquellas pieles de cuero negro,
alma vapuleada y esperanza a cubierto,
que seguirán sufriendo por sus voces en negro…
sus gritos en negro… sus oraciones en negro.

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Pablo Fernández de Salas

Canción nocturna

Sin ser llamada, la melodía se desliza desde las profundidades del subconsciente, agitando neuronas y sinapsis a su paso. Los pensamientos armonizan con su tempo y, en cuestión de un instante, se sorprenden repitiendo la música, que reverbera de un confín a otro a través de la mente. La melodía se autoalimenta, alcanza un estado de resonancia y se hace omnipresente. Es una canción que nos gusta. Una canción que nos emociona. Pero también es una canción que cruza la frontera entre el amor y el odio cuando, al meternos en la cama, copa todos los niveles en los que suelen orbitar nuestros sueños.

Canción nocturna

Nota a nota, la música llega.
Primero es un eco en la distancia,
una melodía adormecida
que se levanta, desde la nada,
cual inesperada ventolera.

Las paredes de la casa vibran,
y vibran el suelo y las ventanas.
Vibran las sillas. Vibran las mesas.
Vibran las cuerdas de una guitarra,
presas de un himno que las domina.

Y, desde el seno de este temblor
con cadencias de origen divino,
salta la chispa, prende la métrica,
y prevalece el claro sonido
de unos compases sin parangón.

No hay vuelta atrás.
Del aire, las moléculas bailan;
del cuerpo, las células se agitan;
de la mente, las ideas cantan.
No hay vuelta atrás.

Al ritmo de una mágica letra
que difunde sus virales versos,
caen, uno a uno, los pensamientos.
La canción resuena en el cerebro,
todo blancas, negras y corcheas.

De pronto, las vibraciones cesan.
Al momento regresa la calma.
Unas chispas que se desvanecen;
un silencio que apenas se aclara;
un hechizo que alcanza su meta.

La casa parece respirar,
ajena al rumbo de la tormenta;
más tarde, desde la cama al techo,
dos ojos cansados la proyectan:
estribillos y puentes sin par.

Las paredes duermen como nunca:
un terciopelo sin alterarse.
Sin embargo, la canción persiste
y besa con tesón irritante,
sus labios fríos como la luna.

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Pablo Fernández de Salas

Un viento que pase (elegía)

Hay cierta magia en la luz de las farolas. La imagen de una calle solitaria, un parque abandonado o incluso la silueta de un árbol casi desnudo adquieren un tinte especial, melancólico y seductor a un tiempo. No transmite los mismos sentimientos el reflejo de ese resplandor afligido sobre las hojas de los árboles, sobre todo en otoño, que la claridad de un día soleado o incluso la monotonía de un cielo plomizo. El anaranjado resplandor de la farola convierte la escena en una obra de arte muy especial, pintando con su claroscuro una escena centrada en unos cuantos elementos solitarios. Esa magia, junto a las desventuras de los tiempos modernos, ha sido la que ha alimentado los versos del siguiente poema.

Un viento que pase

Miro a la oscuridad
aterciopelada que campa tras la ventana.
Y esa oscuridad,
como un solo ojo, me devuelve la mirada.

Mirada, ¡ay!, de esquivar imposible,
que engulle la única luz visible.

Suspiros de farola;
hojas de un árbol con su brillo roto
lanzando embrujos sobre los despojos;

un fantasma de otoño:
el reflejo de llantos amarillos
en espera de caer en sollozos.

El alma de unos ojos
que antes observaban un mundo verde,
ahora cubierto de cobres y rojos.

El tiempo echará de menos tu risa;
los días extrañarán tus viajes;
la noche, el chocar de tus bebidas,
y la humanidad, ponerse tu traje.

Tiembla la luz difusa,
acuoso espectro en las hojas del árbol,
como tiembla el ojo que la oscuridad captura.

Ahora que ya te has ido
mencionan tu nombre bocas y lenguas.
¿Para qué honrar al vivo
si puede esperarse hasta que se muera?

La oscuridad me tiene
preso de su locura,
atrapadas cordura
y confianza en sus dientes.

La oscuridad aprieta
hasta que ilusión sangra,
optimismo se espanta
y el ánimo se agrieta.

Vuela, esperanza, vuela,
y escapa de sus fauces.
Encuentra a Libertad, ruega que vuelva,
y que este virus sea un viento que pase.

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Pablo Fernández de Salas

Ondas gravitatorias

La conexión entre la masa de un cuerpo y la esencia misma del espacio-tiempo puede dar lugar a fenómenos inusuales. Estos eventos se propagan por la compleja red del universo, salvando distancias difíciles de imaginar, como difícil de imaginar es la naturaleza misma de los sucesos. Aparentemente en calma, la matriz del espacio-tiempo contiene los susurros de extraordinarios lances ya pasados; murmullos que transitan desapercibidos, atravesando tiempo y espacio.

Hace apenas cinco años que la humanidad aprendió a escuchar estos susurros, encontrando así un nuevo método para investigar los secretos del universo. Secretos que involucran, por ejemplo, la última danza de dos amantes que se aproximan lentamente durante un cuidado cortejo, para, finalmente, sacrificarse dando a luz a un nuevo agujero negro.

Ondas gravitatorias

Hay un rumor en el aire
que habla de tiempos pasados,
distancias inconcebibles
y amores insospechados;
de eventos sin parangón;
de hechos extraordinarios;
de pasiones desatadas
en un violento espectáculo.

Hay un rumor en el aire
que resuena en las cavernas,
en el polvo del desierto
y en las venas de la ciencia.
Un rumor que se propaga
del Universo en su esencia,
sobre el tapiz de su alma,
y hace que tiemble la Tierra.

Es el rumor de la muerte
y el rumor de un nacimiento;
rumor que vibra en las lentes
de largos brazos abiertos.
El rumor de dos estrellas
tras un extenso cortejo;
el rumor de su contacto
y el rumor del postrer beso.

Es el rumor de la vida
que en su seno se ha gestado,
de esa negrura infinita
que nos deja anonadados.
El rumor de un solo ojo,
de una brecha en el espacio;
el rumor de su apertura
y el rumor del primer llanto.

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Pablo Fernández de Salas

Invitación al abuelo

Cuatro primos: dos pares de hermanos distanciados en edad de manera intercalada. Un abuelo común que emigró a Alemania, de donde se trajo de vuelta a España, además de unos cuantos años más de vida y toda una experiencia para el recuerdo, a una esposa y a tres hijos. Dos de los primos comparten un paseo por la tarde con la pareja de ancianos, quienes reviven su pasado más joven al pasar por delante de la iglesia en la que se casaron, disfrutando de sus dos nietos mayores durante una visita de vacaciones a Alemania.

Años más tarde, la escena se repite en la mente del menor de los dos primos que estuvieron en el viaje, mientras el mayor descansa en su casa, ya casado. El que recuerda el momento lo hace desayunando en una ciudad estadounidense, y su prometida lo espera a miles de kilómetros de distancia, en Suecia, mientras el resto de su familia continúa con su vida en España.

Es febrero, la semana previa a los carnavales, y la musiquita del pasodoble de la comparsa Los carnívales se mezcla con el recuerdo de aquel paseo. Poco después, una mano vuela sobre las promesas de un papel pensando que ya es hora de componer una nueva letra: sabiendo que ya es hora de redactar esa debida carta.

Invitación al abuelo

Hace mucho que tendría
que haber moldeado la tinta
para dar forma a esta carta.
Temiendo no estar a tiempo
de almacenar el recuerdo,
ahora lo hago en la distancia.

Caía una lluvia fina,
paseando, aquel día,
por la tudesca ciudad,
y fue pasando una iglesia
cuando, de forma discreta,
nos preguntaste sin más.

Yo entonces desconocía
la importancia del lugar
y no supe dar respuesta.
Tú sonreíste al compás
del misterio que creabas
en unos pequeños mozos.
La vida cambia las tornas:
uno ya tiene su propia historia
y falta el otro,
más los dos pequeños pillos
que nos persiguen al loro.

Dando pasos al futuro
repetimos el pasado.
Lejos de lo que conozco,
veo a través de tus ojos
aunque yo no esté emigrando.

La familia a diez mil millas,
otras tantas separada:
la distancia así la siento
diga lo que diga el mapa.

Nos volveremos a ver
y podrás deleitarnos con tu historia otra vez.
Ojalá tu memoria se intente portar bien
guardando lo que te anuncio en la carta.

No queda mucho, qué va;
apenas unos meses y otra historia tendrás.
Abuelo, aguanta un poco esa mente de cristal
que otro nieto se te casa.

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Pablo Fernández de Salas

Aroma a bollitos de canela

El olfato puede hacernos viajar a través del tiempo, trasladando nuestra mente a vivencias pasadas que de otra forma permanecerían sumergidas en nuestros recuerdos. En mi caso, el aroma a canela de un bollo recién calentado, mezclado con el del café, me lleva de vuelta a los viajes en metro para ir a trabajar, cuando el desplazamiento diario era parte de la rutina.

Hoy, 4 de octubre, se celebra en Suecia el día nacional del bollo de canela, y su olor ha vuelto a llevarme a través de los meses hasta esas mañanas frescas del pasado febrero, poco antes de que cierto virus decidiera parar el mundo.

Aroma a bollitos de canela

Un olor me despierta en la mañana
cuando, dormido, penetro en su boca;
un guijarro más en tallada roca;
venas de hierro hasta la tramontana.

Un olor dulce que aviva mi gana
desde el momento en que mi nariz toca.
Pliegues de harina y azúcar no poca.
Aroma a pasión y emoción cercana.

Olor de una jornada matutina,
de vida tranquila y felicidad.
Olor a canela y sabores cuerdos.

Olor a trabajo, olor a rutina,
olor al vaivén de la realidad…
Olor que ahora vive de los recuerdos.

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Pablo Fernández de Salas

Equinoccio

Hace poco hemos pasado el equinoccio de otoño (en el hemisferio norte), una época de transición en la que el día y la noche duran exactamente lo mismo. El cambio entre estaciones no es un cambio brusco, aunque tampoco se trata de un proceso suave y delicado. Conforme el sol cede su protagonismo a la luna, los días fríos se hacen más frecuentes y la naturaleza se prepara para el invierno. En los países nórdicos, donde el sol sufre más el cansancio tras el largo verano, el otoño se llena de días cortos y de sombras largas. Al mismo tiempo, los árboles presentan su propio anochecer y cubren el suelo con sábanas doradas.

Equinoccio

El sol bosteza al oeste
destellos de atardecer.
El aire descansa calmo;
sus ojos densos, cansados;
su cuerpo tenso y cargado;
su mente de sombra y miel.

Sombras de cuerpos delgados,
de troncos estilizados,
de pasos agigantados;
sombras de cobriza piel.

El sol bosteza al oeste
sobre los campos y bosques;
su fulgor se va apagando,
su pasión busca la noche.

La luna espía en el cielo,
pálida, llena de envidia.
En su rostro se adivina
el fantasma del invierno.

Una hoja se desprende,
acunada en su silencio.
El sol bosteza al oeste,
de atardecer sus destellos.

Agotado, enrojecido,
el cielo olvida su abril.
Ya anochece, muere el día,
y un lucero alumbra el fin
entre oxidados colores
(bajo una manta de añil)
que los árboles imitan
disponiéndose a dormir.

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Pablo Fernández de Salas

El cosmólogo

Qué impresionante sería poder describir la evolución del universo, desde su posible comienzo hasta su posible final, o desde un instante muy, muy lejano en el pasado hasta otro instante igualmente alejado hacia el futuro. Qué increíble sería concentrar en una región diminuta del espacio-tiempo la esencia misma del tiempo y del espacio. Qué maravilloso sería poder acceder a esa expresión matemática que, a pesar de su humilde apariencia, condense el pasado, el presente y el futuro de nuestro mundo. Qué inalcanzables sentimientos de alegría y gratitud pueden ir asociados a ese proceso de comprensión, desde que se entra en la sala y se toma la tiza, hasta que se devuelve al cajón, habiendo derramado su inesperada sabiduría en un pedazo de pared. Qué agradable es plantearse el porqué de las cosas e intentar contener las respuestas con un embrujo matemático. Qué apasionante es la labor del científico, tanto del profesional como del aficionado. Qué emocionante es la física. Qué bonita es la cosmología. Qué alucinante es, en definitiva, la investigación.

El cosmólogo

Rompe el silencio un chasquido,
un rápido tintineo
y la sombra de un zumbido.

Una luz inmaculada
pinta la pared de blanco,
de gris las mesas y bancos,
pero elude la pizarra:
un rostro desafiante
de intimidante mirada;
una negrura impactante:
la más oscura ventana.

Cinco dedos decididos
acechan sobre una caja.
Negra piel, claro objetivo:
la presa una tiza blanca.

Sin oponer resistencia,
la tiza vuela en el aire;
aquí y allá taconea;
la mano dirige el baile.

Figuras de polvo blanco
se forman con esta danza.
Símbolos que van cuajando
sobre la negra pizarra.

Sin música, pero a tiempo,
la mano dirige y baila,
con un silente concierto,
a ritmo de tiza blanca.

El universo se expande
y muestra toda su historia,
plasmada con blanca sangre
desde el Big Bang hasta ahora.
Los fotones primordiales,
sus más oscuros secretos,
mil y una realidades
en matemático verso.

La luz blanca está zumbando
mientras transcurren las horas.
Estrellas de tiza flotan
en su ventana al espacio.

La luz blanca está zumbando
y la tiza taconea.
De pronto, se rompe el ritmo
y solo el zumbido suena.

Cinco dedos satisfechos
regresan sobre la caja.
Ya poblado el universo,
liberan la tiza blanca.

De las sombras el zumbido.
La oscuridad del espacio.
La nitidez de un destino
plasmado con polvo blanco.

Unos pasos. Una pausa.
El universo se expande…
Las ecuaciones se apagan.

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Pablo Fernández de Salas