Un microscopio de 27 kilómetros

El mundo está construido a partir de pequeños átomos: un puñado de núcleos que interactúan entre sí envueltos en un aura de fuerzas fundamentales. Así como para ver las vetas de una hoja podemos armarnos con una lupa, para sumergirnos en el mundo microscópico hacen falta instrumentos más avanzados, que crecen tanto en complejidad como en tamaño conforme redefinimos la frontera de lo pequeño y nos centramos en escalas cada vez más reducidas.

El interior de los átomos no es accesible a un microscopio cualquiera, y poder detectar de alguna forma las piezas indivisibles que componen el mundo (las llamadas partículas elementales o partículas fundamentales) requiere instrumentos muy, muy grandes. Además, «ver» estas partículas no es sencillo. Algunas viven confinadas en el interior de otras piezas muy importantes (pero no fundamentales), como los quarks que forman parte de los protones. Para poder sacar a estas partículas de su entorno es necesario tomar medidas drásticas: hay que romper el recipiente que las contiene. Por eso los grandes aceleradores de partículas (destinados a insuflar energía a los objetos que acelera hasta hacerlos moverse a velocidades extremadamente cercanas a la de la luz) funcionan como gigantescos microscopios que nos permiten estudiar las piezas que forman el mundo.

A día de hoy, el acelerador de partículas más grande que existe es el Gran Colisionador de Hadrones (LHC por sus siglas en inglés), con un circuito de veintisiete kilómetros en el que los protones se aceleran hasta un 99.99999% de la velocidad de la luz. Dos haces de protones ultra acelerados, que circulan en sentidos opuestos, se hacen colisionar en varios puntos estratégicos del circuito, donde unos detectores tan descomunales como el acelerador capturan los fragmentos desprendidos en las colisiones. El estudio de estas trizas hace posible contrastar las predicciones de los modelos teóricos (como, por ejemplo, la existencia del famoso bosón de Higgs) y nos ayuda a entender un poco mejor el mundo que nos acoge. ¡Quién sabe la de misterios que podremos resolver gracias a estos enormes microscopios!

Acelerador de partículas

El universo esconde
entre los átomos
sus secretos más íntimos
y sus escándalos.
Los encapsula
en balas de energía
muy diminutas.
¡Ay, acelerador,
enorme microscopio
de lo pequeño,
que estalle en tu interior
el albor misterioso
del universo!

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Pablo Fernández de Salas

 

Nota sobre el poema: Estos versos fueron seleccionados entre los diez ganadores de un concurso de micropoesía científica a cargo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Enlace al anuncio de los ganadores.

Nota sobre los aceleradores de partículas: Si os sentís cómodos escuchando inglés, la doctora en física Laura Barranco Navarro nos habla en el siguiente vídeo sobre el Gran Colisionador de Hadrones y cómo este nos ayuda a entender el universo: http://video.albanova.se/ALBANOVA20211104/video.mp4. La charla empieza en el minuto 2, tras una introducción en sueco e inglés de parte del presentador.

Vientos de otoño

La ciudad amanece tarde y se acuesta temprano, con los ojos enrojecidos y dispuestos a cerrar sus párpados para dormir durante el invierno. El bosque comparte el cansancio y se desprende de sus sueños de primavera —ya maduros después de un largo verano—, cuyos fragmentos describen en el aire una errática travesía antes de pararse en el suelo. Tan solo el capricho de los vientos de otoño puede volver a avivar sus almas, hasta que el invierno los calme para siempre y los convierta en abono de los sueños de la próxima primavera.

Vientos de otoño

Ya soplan los vientos de otoño,
ya marcha en las calles mojadas
su ejército de mariposas
de alas ocres y limonadas.

La ciudad emprende el camino
hacia los sueños del invierno,
llevando un pijama tejido,
del verano, con sus recuerdos.

El cansancio adormece el aire
y entorna los ojos del cielo,
cuya juventud palidece
entre nubes en blanco y negro.

El alma del bosque se aleja,
desprendiendo sus esperanzas
caducas, forzada a un retiro
de horas muertas y noches largas;
mil retales de su pasado
mariposeando en las calles,
al capricho de pardos vientos
que presagios de invierno traen.

Ya vuelan los sueños de otoño;
ya toman las calles mojadas
sus suspiros, sus tonos sordos.
Ya apaga sus velas el bosque
con los bostezos de Estocolmo.

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Pablo Fernández de Salas

El poder de la imaginación

La inocencia es un estado que no suele durarnos mucho. La vida nos abraza, en un momento u otro, y nos somete a pruebas que difícilmente pasamos sin enraizarnos un poco más en el suelo. La sociedad nos guía; nuestro entorno nos educa, y una gran parte de quienes acabamos siendo se lo debemos a nuestras primeras familias, tanto consanguíneas como sociales. A veces es difícil apartarse del camino; a veces es difícil buscar nuestros propios pasos. Sea como sea, nunca dejamos de aprender; nunca dejamos de adaptarnos y de remodelar lo que nos define. No obstante, todos tenemos una habitación interna aislada del mundo, una semilla que trata de vencer el instinto de echar raíces. En ella, la imaginación se desborda, alimentándose de sí misma. El tiempo apremia y el presente no deja de avanzar, perseguido por el pasado y precipitándose en las inconstantes brumas del futuro. Sin embargo, mientras los muros de esa habitación mantengan su resistencia, la imaginación podrá traspasarlos a su antojo, inmune a los efectos de sus incursiones gracias a ese poder superior que solo la imaginación puede imaginar.

El poder de la imaginación

Puedo imaginar las nubes
como pedacitos de blandos sueños,
el verano sin calores
e ir a la playa en invierno.
Imaginar un despertar liviano;
ser agua que en río fluye
dejando atrás el pasado.

El tiempo, a mi capricho:
camaleónica faz de emociones,
reflejo de mis sentidos.
Toque el viento mis canciones
mientras imagino un alma en la vida
y un dios que no sea justo
pues no hará falta justicia.

También puedo imaginar
que mi imaginación calla. Silencio.
Sordo el bramido del mar
y mudo el oído eterno.
Cerrar la cortina a la libertad.
Apagar el sol del cielo.
Borrar la orilla del mar.

Suena más dulce la flauta
que se embebece en sus propios segundos,
que la que dócil consagra
su tempo al ritmo del mundo.
Es más grato, más puro, su lamento;
más inocente si vibra
soplando su propio viento.

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Pablo Fernández de Salas

Rimas malnacidas

Enfrentarse a una página en blanco puede suponer un reto. Las posibilidades son tantas que no siempre sabemos cómo centrarnos en esas frases que nos interesan. Sus fantasmas aparecen sobre el papel, visiones de historias en potencia luchando por llamar nuestra atención. Irónicamente, esta ebullición de ideas nos causa más problemas que soluciones nos ofrece. Incluso cuando ya hemos escogido el argumento principal de nuestra historia, ¿cómo desarrollarlo? ¿Cuál de los infinitos desvíos que apuntan hacia la misma meta nos lleva por senderos más sorprendentes? Las tentaciones son demasiadas, las opciones excesivas, y la mente se bloquea para no quedar inundada por las posibilidades. A veces el azar decide por nosotros; otras veces un impulso incomprensible nos guía, y pocas son las ocasiones en las que el camino correcto está señalizado sin ambigüedad. No obstante, cuando recorremos el trayecto solemos encontrar rutas alternativas más atrayentes, y entonces nos dedicamos a explorar. Los frutos de esta exploración pueden ser esos tesoros únicos que no hubiéramos descubierto en el camino marcado, aunque la mayoría de las veces demos con joyas extravagantes cuyo valor no sabemos calcular. Estas joyas grotescas tienen un brillo propio, demasiado propio, de hecho, para encajar bien. Son rimas desafortunadas, ecos de una grandeza inexistente, de un futuro que no será y un pasado que nunca fue. Rimas que manchan la página en blanco, robándole oportunidades. Rimas que han llegado al mundo desorientadas, envueltas en la envidia de otras rimas que no lo consiguieron y la repulsa de aquellas demasiado afortunadas para sentir empatía. Rimas sin poema. Rimas malnacidas.

Rimas malnacidas

Es al ver tu mirada
cuando el miedo despierta,
el terror a esos ojos
de pupilas desiertas,
iris inexistente
y esclerótica eterna.
Tu superficie intacta,
campo de dudas.
Pares de versos cuánticos
entre tu bruma.
Rimas que saltan
desde una seguidilla,
mas no colapsan.
Sobre tu blanco cielo
titilan mil astros de tinta negra,
palabras azules y rojas letras…
que se disipan luego.
Un romance deja ver
sus cabellos de ocho metros
en una mata que crece
a la sombra de mis dedos,
mas como viene se va;
el viento barre sus pelos.
Si en esta nieve virgen
de tu mirada
busco dejar mi huella
con las palabras,
llegan las nubes
con celosas ventiscas
y me las cubren.
Estrofas como parches
que se solapan
van dejando en tu piel
sus feas marcas,
cicatrices de trovas
que mal encajan.
Rara belleza
la de las notas muertas,
la de tachones grises,
la de huérfanas letras.
Solemne vista
la que tu miedo inspira:
epitafios en verso
y un cementerio
de rimas malnacidas.

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Pablo Fernández de Salas

Un manto de esperanza

El clima es un elemento dinámico, y siempre lo ha sido. La Tierra ha pasado por épocas de glaciación, épocas más calurosas que la actual, y épocas tan diferentes entre sí que podría sorprendernos lo resiliente que es la vida. Entre los factores que definen el clima, la actividad solar también juega su papel, así como la distancia entre el Sol y nuestro planeta, o la configuración geográfica de los continentes. Pero un agente que ha ganado cada vez más protagonismo en las últimas décadas ha sido la actividad humana. Mientras contemplo el verdor de la pradera y me siento a descansar entre las cuidadas columnas de manzanos de Rosendals, en Estocolmo, me doy cuenta de lo maravillosos que son estos rincones; templos naturales donde podemos evadirnos de nuestro propio barullo. Y ojalá estos templos sigan existiendo durante muchos, muchos años.

En la iglesia del jardín

En la iglesia del jardín,
entre columnas labradas
por los cinceles del tiempo
y bajo un techo esmeralda,
posa una diosa un manto
de reflejos de esperanza.
La lluvia reza a esta diosa
con frases de pura plata,
que el sol reviste de oro
para ensalzar las palabras.
La diosa escucha los rezos
y sopesa las plegarias;
por esta vez las atiende,
pero se muestra enfadada.
En la iglesia del jardín
sus visiones no son claras,
y a ese manto que ha posado
le augura malas pasadas:
mofas de plástico estéril
y blasfemias de hojalata.
En el humor de la diosa
la lluvia y el sol reparan,
y su enojo deteriora
sus dos susceptibles almas.
Como un par de adolescentes
que ven su altivez dañada,
un día la lluvia truena
y, al otro, el sol abrasa.
La diosa deja su enfado;
ahora está preocupada.
Si la iglesia del jardín
ve su futuro entre llamas,
de su místico esplendor
resistirán cuatro ramas.
Busca la diosa a quien rece
por que su templo no caiga,
mentes que puedan volar
y caminar a dos patas.
Mas solo encuentra al buscar
cisnes, gaviotas y garzas;
carboneros y jilgueros;
gorriones y barnaclas;
fochas, cuervos y rascones:
las aves de Escandinavia.
El manto posado está,
con reflejos de esperanza,
mas la diosa ha de esperar,
¡ay!, ¿qué futuro le aguarda?

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Pablo Fernández de Salas

Soneto de insomnio

Cuando el día se desvanece y el sol se acuesta, pero nuestro cerebro se atasca en un desagradable ralentí, los segundos dan paso a las horas en la densa atmósfera de la vigilia. Probamos un lado de la cama; el otro; una nueva postura que relaje nuestro cuerpo y, si puede ser, también la mente. Nos incorporamos para estirar la espalda; bebemos agua; vamos al baño; damos un paseo por las habitaciones dormidas, no sea que entre las sombras de la casa se encuentre la llave de nuestro descanso. Contemplamos la luna, las farolas, la calle deshabitada. Picamos algo; leemos, y nos atascamos en el mismo párrafo, que pasa como un fantasma ante nuestros ojos, sin ofrecernos más que un extra de minutos perdidos frente al sueño. Entonces nos damos por vencidos y, a veces, buscamos la complicidad de un trozo de papel y un poco de tinta con la que mancharlo.

Soneto de insomnio

Hoy el suspiro me sale del alma
como la luz de las estrellas sale,
esas gotas de sangre siderales
yendo del fuego hacia infinita nada.
Buscando a ese dios que la vida ensalma
sin demandar obsequios ni reales,
así mi cansancio ofrenda agua, sales
—no sea que funcione— y blanca palma.
Pero no hay dios que palabra pronuncie,
ni señal que su voluntad valide,
ni milagro que su presencia anuncie.
Tan solo silencio mientras decide
la noche, antes que el sueño renuncie,
si concede descanso a quien lo pide.

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Pablo Fernández de Salas

Islas de fantasía

Aprovechando la tranquilidad que ofrece el verano, mi cuerpo descansa sobre el tapete natural de una isla. Es una isla pequeña justo al comienzo del archipiélago de Estocolmo, pero las caricias que el mar le dedica son tan afectuosas como las que brinda al resto de sus hermanas. El tiempo acompaña. Mi imaginación sale a pasear por las calles, bordeando la costa, dejando a un lado las casas de madera tan típicas del país, con sus tonos granates, y desviándose para pasar por las zonas arboladas; siempre sin perder de vista el mar y las orillas de otras islas cercanas. Sin aviso previo, los personajes de la historia salen a escena y actúan para la imaginación. El escenario es propicio para un romance. Sin embargo, apenas se ha establecido el enredo cuando mi cuerpo reclama su imaginación perdida. Unas mariposas revolotean a mi lado, llevándose consigo la historia, que ahora es parte de la isla.

Fjäderholmarna

Las barcas se bambolean
sobre los mimos del agua,
que acaricia sus maderas
y a los patos que las guardan.
Las gaviotas, vigilantes,
patrullan el cielo azul,
atentas a los viandantes
que disfrutan de la luz.
Las rojas casas de bosque,
los árboles de esperanza,
el clima de estío norte
y su reflejo en las aguas;
el archipiélago brilla
bajo el hechizo del sol,
enamoradas sus hijas
desde Estocolmo a estribor.
Desde Estocolmo a estribor,
con la vista fija al norte;
verde y rojo su sabor;
oro y azul sus olores.

En la quietud de la tarde
dibujo con mis palabras,
cerca de barcos fantasmas,
lo que me ofrecen las calles.
Lo que me ofrecen las calles
que acaban besando el agua,
al amparo de las aves
y sus constantes alarmas.
Lo que me ofrecen las calles
entre arrugas empedradas,
con sus pieles ondulantes
llenas de pecas humanas.
Lo que me ofrecen las calles
y los terrenos que abarcan,
desde el verdor de los árboles
hasta la nube más blanca.
Lo que me ofrecen las calles
y sus venas encalladas,
tan cerca de amar los mares,
pero siempre en su calzada.

Unas mariposas juegan
libando de flor en flor;
verde, azul, blanco y violeta
en una foto sin voz.
Los sonidos se acomodan
entre sábanas de viento,
y los colores se posan
sobre las ramas del sueño.
Un, dos; un dos; los latidos.
Manecillas de un reloj.
Suspiros. Un, dos; un dos.
¿Qué ha pasado? Ya te has ido.

Un reflejo de alas blancas;
el rugir de unos motores;
las horas, que en paz descansan;
el viento, hojas y flores.

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Pablo Fernández de Salas

Volando hacia el amanecer

En los días más próximos al solsticio (ya pasado) de verano, el sol describe un arco muy curioso en las latitudes más elevadas. Sale muy cerca del norte, ligeramente hacia el este y poco después de la medianoche; luego se pasea hacia el sur, donde alcanza su mayor altura, y por último emprende un perezoso descenso que lo sitúa levemente hacia el oeste del horizonte septentrional, poco antes de la medianoche. Cuando las campanas que indican el cambio de día emiten su sonido imaginario, el sol descansa bajo el confín de la Tierra, pero su espíritu dormido tiñe de rojo el cielo boreal, avisando de su pronto regreso.

Hace ya unas semanas que escribí el siguiente poema, durante un vuelo tardío desde España hasta Estocolmo. Poco después de despegar, la noche se fue preparando en el este: el cielo apagaba su color y los humanos encendíamos nuestras bombillas sobre la Tierra. Sin embargo, la imagen que ofrecía el horizonte en las ventanillas que daban al oeste era muy distinta. Pese al transcurrir de las horas, los enrojecidos ojos del anochecer no acababan de conciliar el sueño, e, inquietos, miraban poco a poco hacia el norte. Al final, el avión llegó a su destino envuelto en un extraño fenómeno: el de un atardecer que se había ido transformando, vigilado desde las alturas, en un amanecer tempranero.

Volando hacia el amanecer

Estos versos no son más que un recuerdo
encorsetado a lomos de una silva,
entre sorbos amargos de gris rima
y volando a kilómetros del suelo.
El veintiséis de junio
cierra sus puertas camino de Suecia.
Es 2021,
The Cranberries reposa en mis orejas
y amortigua otros ruidos.
El futuro me espera;
incierto, latente, emocionado.
Hoy mi vida se encuentra
en un valle de caminos cerrados,
en marisma de anegados meandros,
en un sueño como un dios y un esclavo.
Las estrellas despiertan.
Las ciudades lucen sus lentejuelas.
Hacia el este me saluda la noche.
Mientras, tras la ventanilla al oeste
el día aún se pone.
Desde el cielo observo la encrucijada:
la voz de los extremos;
sus luchas, sus tensiones y sus celos.
Desde el cielo, mi vida se detiene;
la sangre en el oeste
y el reclamo de farolas al este.
El norte se me antoja despejado,
donde duerme la aurora.
En su velo deposito mi sueño.
Mi futuro. Mi ahora.

Los minutos pasan; la Tierra gira,
y el avión se desplaza con sudor de turbinas.
Poco a poco, los fuegos del destino
alcanzan la frontera boreal;
la medianoche a punto de sonar;
los motores buscando un respiro.
Ante mí, se aleja la oscuridad
y amanece un atardecer tardío.

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Pablo Fernández de Salas

Paz veraniega

Hace años que mis veranos no son tan largos y están tan desprovistos de responsabilidades como lo estaban en mi niñez, pero no dejan de ser periodos de relax. La paz fluye, llevándose las preocupaciones hacia lagos futuros, mientras mi vida se toma un respiro estacionada en la orilla. Aun así, me da por recordar. Entre las olas juega mi pasado, rebozado de arena blanca; un pasado al que es difícil regresar salvo por las vías de la memoria; un pasado tranquilo, de veranos interminables y donde las sorpresas, por lo general agradables, esperaban a la vuelta de cualquier esquina. Trazas de esa antigua paz flotan todavía en la brisa marina, y, cuando puedo, lleno mis pulmones absorbiendo su calma. Contengo un rato la respiración, aguantando el pasado, y luego lo expiro con pausa, para que su recuerdo flote en el presente antes de ser arrastrado por la brisa.

Paz veraniega

El atardecer sorprende
como lo hizo la mañana,
índigo herido de muerte
con una herida escarlata.
Las horas pasan sin verme,
pero su espíritu ataca;
los dientes del reloj muerden
y con los años desgarran.
Entre las olas del mar
se esconde mi juventud,
la que endulzaba su sal
con la amistad y su luz;
y mi niñez, que se esfuma
en el romper de las olas,
entre burbujas de espuma
me recuerda sus cabriolas.
Pero hoy la tarde llega
sin premura ni tardanza;
puntual, como se espera
para quien la paz abraza.
La vida bate sus aguas
sin importarle el remero,
y sopla vientos que braman
coplas según sus deseos.
Hoy el mar luce tranquilo;
más sabio, pero aún un crío,
y el aire templa su brío
a las puertas del estío.

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Pablo Fernández de Salas

El poder de las palabras

Las palabras son las que dan forma a nuestros pensamientos, las que encauzan nuestra relación con el mundo, las que permiten las conexiones entre personas. Las palabras pueden sublevar, amilanar, herir, enamorar… Las palabras son, como ellas mismas dirían por medio de su propia esencia, todopoderosas. Y, sin embargo, hay ocasiones en las que sentimos que las palabras nos fallan, que sus moldes están limitados y sus posibles combinaciones no sirven para expresar lo que queremos. Después de todo, puede que el poder de las palabras sea tan humano como nosotros mismos.

La palabra

La palabra construye maravillas
con sus lazos delgados;
atrapa el tiempo; encapsula relatos,
y exhibe mil y una fantasías.

La palabra es viva, exaltadora;
es entrometida, cautivadora,
apasionante, tranquilizadora,
apabullante, amenazadora,
revolucionaria y conservadora.

La palabra desliza
su aliento en recovecos de papel,
en los huecos misteriosos del aire,
en las visiones del tacto y la piel.

Juega; se contonea;
acecha silenciosa;
se burla, poderosa;
se encripta y manifiesta.

La palabra es infinita y eterna;
mudable y caprichosa;
su génesis; su muerte;
tan lógica como contradictoria.

Pero a la hora de pintar la vida
junto a ti, la palabra se fractura.
Sobrecogida calla, enmudece,
vencida e impotente;
superada, sin llegar a la altura,
incapaz de declamar nuestra rima.

Pues la palabra no es más que palabra,
con su miríada de facultades;
pero no es, como tú,
esa chispa que ahuyenta soledades
y enciende en el mundo el sueño y la magia.

Esa chispa que ilumina el camino,
desafía al destino
y al presente acompaña.

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Pablo Fernández de Salas