20 de marzo de 2020

Este año, el árbol de la primavera trae brotes y flores enfermas. Muchos son los eventos que ya han sufrido a consecuencia de la COVID-19, y solo el tiempo dirá cuántos más se han de unir a la lista de bajas. De haber tenido este año una agenda normal, ayer, por ejemplo, se hubiera celebrado el día culmen de las fallas en València, con la quema de los gigantescos monumentos que habrían adornado las calles en los días precedentes. Pero, desafortunadamente, desde el punto de vista de la historia vivimos tiempos interesantes.

20 de marzo de 2020

El sol despierta en la mañana fresca,
de primavera pintando el paisaje.
Gomas rodando en concurrida calle,
botas raspando la inclinada acera.
Desde mi ventana, la vida acecha
con el verde manto de su ramaje,
con pinceladas de flores vivaces
y con la juventud más pizpireta.
En la mañana fresca, día ochenta,
desde mi ventana despierta el sol;
sin ese olor de las hogueras muertas,
sacrificios del levante español;
con el fantasma de una primavera
que se proyecta desde mi interior.

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Pablo Fernández de Salas

Liberación

Es bien sabido que aquel que no se consuela es porque no quiere. Por recurrir a la famosa metáfora del vaso: incluso un recipiente sin líquido sigue estando lleno de posibilidades, donde cabe imaginar todo tipo de bebidas, hasta el más exquisito de los cócteles. Tal vez este no haya sido el invierno más blanco que he conocido y puede que haya extrañado la nieve; quizás tampoco disfrute del viento callejero y, en su lugar, me molesten sus fríos dientes; puede que la primavera no me ilumine con su color tanto como lo espero, e incluso es posible que me evada el aroma a azahar de los naranjos. Sin embargo, en lugar de escoger como refugio la resignación, ya puestos a elegir el filtro con el que observo mi mundo, prefiero imaginar que me libero de los problemas en lugar de conformarme y convivir con ellos.

Liberación

El viento besa mis manos con labios de hielo;
la primavera está pronta, pero aún es invierno.

En su aliento los ampos bailan su último vals,
revolotean y giran siguiendo el compás.
Con ellos me fundo, entre caricias heladas,
y mis miedos exudo mientras giran y bailan.

En su postrera danza les desvelo mi mal,
que agoniza y se esfuma entre los dedos del viento.
Y, así, forjo un sendero hacia mi libertad
que recorro sin prisas con pasitos de hielo.

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Pablo Fernández de Salas

La estampa de Mariaberget

Desde el mirador de Mariaberget (que traducido del sueco significa el monte de María), el centro histórico de Estocolmo se eleva lo justo sobre las aguas para no mojarse. Al frente y a la derecha de nuestra vista destaca la pequeña isla de Gamla Stan (cuya traducción es Ciudad Vieja), con sus bloques de pisos color pastel iluminados con los luceros de sus ventanas desprovistas de balcones, y rematados con tejados oscuros en ángulo. Sobre ellos se alzan vigilantes los pináculos de las iglesias. Un poco más alejadas de Gamla Stan, las coloridas luces del parque de atracciones Gröna Lund, en Djurgården, atraen las miradas hacia una isla donde la naturaleza y los museos se funden con elegancia. Más cerca de nosotros, ligeramente hacia la izquierda de nuestra imagen de frente, nos observa el ayuntamiento, asentado en una posición que también ofrece un panorama privilegiado. A pesar de que el reloj marca ya la madrugada, la iluminación de los transportes transita el puente que une las islas de Gamla Stan y Södermalm, donde se encuentra Mariaberget, como si fuese una procesión de luciérnagas. Y todo este conjunto de luces y destellos oscila reflejado en la superficie nocturna del agua.

Esta estampa, que da brillo a los ojos de nuestro observador, es el vivo retrato de la fotografía que sostiene en su mano, una fotografía que fue tomada desde el mirador hace ya cinco años y que ha vuelto a él tras desafortunadas circunstancias.

La estampa de Mariaberget

Con reflejos de ventanas,
en una noche sin luna
y desprovista de bruma,
relucen las aguas negras.
Destella con notas claras
sobre su espejo ondulado
un mundo distorsionado
de puentes e islas dispersas.

La noche marca las doce
en el reloj de las aguas;
el sol oculto en el norte,
sus manecillas mojadas,
y entre el arrullo de coches
Gamla Stan duerme arropada.

Desde el oeste le llega
un aliento que reclama,
al este, la mar salada,
pasando por Gröna Lund;
al noroeste coteja
el soplo de los alcaldes,
y ríen jóvenes aires
de Södermalm en el sur.

La noche es fría y sincera,
sincera sobre las aguas
que absorben en su acuarela
de ventanas dibujadas
los entresijos y penas
de las vidas refractadas.

La noche es fría y sincera,
sincera como la estampa
donde la tinta vertiera
recuerdos en las palabras
hace cinco primaveras,
antes de que la heredara.

El tiempo muerde y corroe
Mariaberget y sus vistas,
los luceros y la linfa
de una época pasada.
Con los ecos de la noche
reverberando en su mente,
contempla un hombre el presente
apoyado en la baranda.

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Pablo Fernández de Salas

Canción de carnaval

La palabra carnaval tiene un significado único cuando hace referencia al carnaval gaditano. La pequeña ciudad andaluza es famosa por estas fiestas, en cuyo transcurso diversas agrupaciones cantan coplas que van desde la crítica hasta la alabanza más poética. Dichas coplas se presentan generalmente salpicadas con toques de humor, una característica muy conocida de la idiosincrasia gaditana.

Entre las agrupaciones podemos encontrar coros, con sus trepidantes tanguillos marchando al ritmo de un punteado de bandurrias; chirigotas, las reinas de la risa hecha canción; cuartetos, cargados de humorísticas parodias, y comparsas, con sus cautivadores pasodobles matizados con el brillo de las voces de los octavillas.

Otra particularidad del carnaval gaditano es su concurso de agrupaciones carnavalescas, que cada año se desarrolla, principalmente en febrero, sobre las tablas del escenario del Gran Teatro Falla, coincidiendo su final con el fin de semana en el que da comienzo el carnaval en la ciudad de Cádiz. Muchísimas agrupaciones (las llamadas ilegales) deciden no presentarse a dicho concurso y actuar solo en la calle, pero para quienes residimos fuera de la Tacita de Plata (como también se conoce a la ciudad), el concurso nos permite ese contacto con esta singular fiesta que la distancia nos dificulta.

Hoy quiero dedicar un pasodoble al carnaval gaditano. Por supuesto, podría cantarse con melodías y ritmos de infinitos colores, pero la inspiración original ha llegado gracias a la música que acompaña a la comparsa Los Listos, que participa este año en el concurso oficial de agrupaciones carnavalescas.

Pasodoble al carnaval gaditano

Y al subirse el telón,
ahora en estas fechas, llegado febrero,
de la imaginación
se alzan vendavales de letras y sueños.
Y se descubre el velo,
y se desgarra el tiempo.
Y la ciudad nos muestra
su secreta tez:
una luna lunera,
tacita de argéntea piel.
Pitos de caña, bombo y cuplé.
A ritmo de tres por cuatro,
lo mismo bailan reinas y reyes
que abogados y payasos
o lo que quiera cantar la gente.
Canta la gente.
Canta la gente
la canción
de una pasión
que se desborda al atardecer
en la orillita de la Caleta.
La canción
que es el antídoto a ese veneno
que el capitán te engarfia en las venas.
La canción que te condena.
Y es que al subirse el telón del Falla
las gargantas rugen
y vibran las tablas;
el teatro seduce
bañando la sala
con su tibia luz.
Un hechizo que atrapa emociones
y transmite su eco;
palabras y voces:
la sangre de un pueblo
que cuenta su verdad,
envuelto en su disfraz,
espantando su pesar en carnaval
cantando versos.

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Pablo Fernández de Salas

 

Llanto color amapola

La naturaleza muestra miles de encantos, de formas y estructuras. Miles de hermosas pinturas sobre el lienzo de la Madre Tierra. Pero cada una de estas pinturas ha sido dibujada por sus propios integrantes con crueles pinceles, durante un proceso de evolución competitiva cuya brutalidad ha perfeccionado las formas del cuadro.

Y los humanos, con todas sus consecuencias, hemos sido los mejores pintores.

Una de nuestras composiciones empieza con el nacimiento de una foca pía, con su manta de blanco pelo ocultándola de la aurora, en un campo de nieve que se mantiene a duras penas sobre las aguas cada vez más cálidas del océano Ártico.

Blanco eterno

Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.
Una bóveda de luces,
maravillas que relucen
sobre el nevado terreno.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

Mil colores y mil formas;
mil sonidos; mil aromas.
Todo nuevo, todo viejo,
ante dos ojos que admiran
con primerizo sosiego.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

Dos ventanas que se abren
hacia lo desconocido,
y una voz que las atrae
con cariñoso tañido.
Una mirada más sabia,
más adulta, más anciana:
unos ojos más despiertos.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

El viento no da descanso
con sus caricias de hielo.
Cría y madre, sin embargo,
ignoran su descontento.
Dos brunas perlas llorosas
perdidas en dos espejos:
dos tristes vistas acuosas
ante su propio reflejo.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

Sopla que resopla el viento
bajo el rostro de la aurora,
con su frente verde y roja.
Brama que brama el soplido
del corazón intranquilo
que late sobre las olas.

···

En otro hogar, mientras tanto,
irrumpe de un bebé el llanto.
Se ha protegido del frío
con gorro de piel teñido
como la aurora en el cielo.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

Con gorro de piel teñido
llora entre mantas de pelo.
Abre la puerta un destello:
rifle de metal bruñido
que ha de proteger al niño
de los dardos del invierno.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

···

Y el viento aumenta su enfado,
mas las dos focas son sordas,
sus miradas contemplando
cada una de la otra:
dos luceros afectivos,
dos lágrimas del destino
para este aciago febrero.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

Sopla que resopla el viento
sobre las nevadas lomas,
peinando sus blancas formas.
Grita que grita su aviso
con sus furiosos latidos,
espinas de níveas rosas.

De pronto se escucha un trueno.
Verde y rojo, rojo fuego.
Y un llanto escarlata brota
sobre la cuna de hielo,
llanto de un bebé que llora,
llanto que repite el viento;
llanto color amapola
en el nevado desierto.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

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Pablo Fernández de Salas

El Fondo Cósmico de Microondas

¿Alguien recuerda los televisores analógicos? La tecnología ha avanzado mucho en los últimos años y cada día queda más lejana la imagen nevada de una pantalla sin señal. Miles de puntitos grises aparecían y desaparecían, totalmente descontrolados, mostrándonos una secuencia de caótico chisporroteo, una suerte de ruido silencioso que nos indicaba que el aparato estaba en funcionamiento, aunque no nos mostrara lo que queríamos. Curiosamente, una pequeña parte de ese ruido de fondo procede de la interacción del televisor con la luz más antigua del universo. En concreto, se estima que en torno a un uno por ciento de esa caótica imagen está producida por la captura, por parte de la antena, de fotones que han surcado el cosmos durante más de trece mil millones de años. Estas partículas tan antiguas constituyen lo que se conoce como el fondo cósmico de microondas.

El fondo cósmico de microondas

Corre y enciende la tele,
de esas antiguas con nieve,
y siéntate en el sofá;
deja que el Fondo te ciegue.

Imagínate en el campo
o flotando en el espacio,
contemplando las estrellas,
sus secretos, su pasado.

Sus mensajes luminosos
se desnudan en tus ojos,
ecos de un mundo ya extinto,
voces de sus sueños rotos.

Imagínate ese tiempo,
los eones transcurridos,
los incontables latidos
de sus corazones muertos.

Y ahora regresa al sofá,
a los muros de tu hogar,
al tic tac de tu reloj,
a su fiel seguridad.

Mira otra vez la pantalla,
su llovizna gris y blanca,
su inofensivo silencio,
su parsimonia enlatada;

esos fotones que emite,
esa imagen que repite,
un Fondo de Microondas
que es traducido al visible.

Esos suspiros difusos
son los recuerdos del mundo,
son los fósiles del tiempo:
sus secretos moribundos.

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Pablo Fernández de Salas

Nana de invierno

A seis de enero ya podemos decir que las festividades de Navidad han terminado. Sin embargo, el invierno boreal no hace mucho que ha comenzado a enfriar las calles tras su llegada, y todavía le queda un largo camino por recorrer. Pese a su gris entrada, con días tristes y nublados, las horas de luz van ganando terreno a la oscuridad mientras el invierno avanza. La temperatura puede no ser agradable, pero el sol empieza a dejarse ver con más frecuencia, apuntando a una alegre primavera.

Mientras tanto, no está de más una nana que ayude a dormir y que ahuyente los fantasmas de la noche.

Nana de invierno

A mitad de diciembre
Invierno asoma
con su pelo de nieve
sobre la loma.
Luz en las casas,
ornamentos que brillan
en las ventanas.

Con los sueños del mundo
Invierno juega,
su reflejo desnudo
sobre la acera.
Hielo y escarcha,
y farolas que alumbran
con sus miradas.

Acuarelas difusas
son los paisajes,
tan miope la luna
detrás del traje
de lana virgen
y color apagado
que el cielo viste.

Agotado y enfermo
el sol se esconde
y persigue su sueño
noche tras noche:
Praderas verdes,
amapolas y abejas;
pero ahora duerme.

Los vellones de lana
el cielo llora
cuando escucha la nana,
porque es la hora:
Invierno llega.
Mientras, el sol ansía
la primavera.

···

Adormecido pasa
el mes de enero,
entre hielo y escarcha
también febrero.
De plata el brillo,
la oscuridad se marcha
dejando el frío.

Con sus intensos dardos
a Invierno ahuyenta
la claridad de un astro
que ya despierta.
Su luz florece
en coloridos pétalos
que resplandecen.

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Pablo Fernández de Salas

 

Navidades de cartón

Hoy es un día cargado de ilusión, en especial, aunque no exclusivamente, para los más pequeños. Una ilusión que se refleja en las miradas mientras muchos regalos se entregan y abren, en un intercambio que sucede en multitud de hogares. Sin embargo, esos hogares no son siempre una casa o un lugar fijo. Para algunos puede ser esa cafetería donde se comparten las tardes con los amigos, o ese parque cuyos árboles crecen a la par que envejecen sus visitantes. Cuando una familia se muda, las paredes que la rodean cambian de forma, pero el hogar se mueve con ella, aunque a veces tardemos un tiempo en darnos cuenta de que lo ha hecho.

Navidades de cartón

Con alegría resuenan
las voces de un villancico.
Las paredes son de cal,
en el monte un crucifijo
y en su melena perenne
los años muestran un nicho.

En este valle no nieva
aunque quieran los chiquillos.
En este valle no nieva,
no nieva pero hace frío.

Las ventanas condensadas
por dos alientos de niño
mientras abren sus regalos,
en un extraño destino,
bajo la sombra de un árbol
de juguetón colorido,
pero entre cajas marrones
de más sobrio contenido.

Navidades de cartón
y de aromas de mudanza:
en maletas la ilusión,
y una familia por casa.

En un patio de cemento,
un limón de gesto altivo
y ataviado con adornos
de jugosos amarillos,
a una colonia de hormigas
les proporciona cobijo.

El tiempo barre los días
y las historias que han sido,
y del limón solo quedan
briznas que azota el olvido.
Pero esas tardes aún viven
en los recuerdos de un niño,
entre las cajas marrones
y su arduo laberinto,
donde una infancia inmortal
rastrea el cofre perdido.

Con el paso de los años
muchos mapas se han rendido
a la mente exploradora,
a ese ojo inquisitivo,
pero, aunque el paisaje cambie,
el sentimiento es el mismo,
y avivan los mismos fuegos
corcheas de un villancico.
Hoy los acordes son suecos
y de canela sus ritmos,
y valencianos sus tonos,
y gaditanos sus himnos.
Puede que la canción cambie,
pero el sentir no es distinto.

Navidades de cartón
y de aromas de mudanza:
en maletas la ilusión,
y una familia por casa.

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Pablo Fernández de Salas

 

Copo de nieve

El invierno viene cargado de recuerdos, recuerdos que a veces se deslizan silenciosos en la noche y cubren las calles de blanco. El frío hace que se busquen unos a otros, procedentes de distintas mentes que palpitan entre sueños. Pero no todas las mentes descansan tranquilas, ni todas lo hacen en compañía. Este es un pedacito de hielo por suerte ya fundido: apenas el fantasma de un recuerdo de una vez que me sentí como se siente un copo de nieve.

Copo de nieve

Solitario fantasma,
casi invisible nace.
Con un manto de paz y fría calma
en silencio pío abriga las calles.
Etéreo su silencio,
traslúcido susurro
cuando posa su cristalino cuerpo
sobre expectante mundo.
Cuerpo pequeño, frágil, diminuto.
Mil esquinas. Mil huecos.
Y mil rincones llenos de secretos
refractados, ocultos.
De transparente esencia
y retorcida mente,
de apariencia inocente.
Se acumula en la noche
con mortal belleza, manto de gloria,
sábana mortuoria
inerte, casta, de prístino corte.
Mil hermanos tiene: ninguno igual.
Al amanecer me observan atentos.
En su mudez intuyo mi reflejo,
sin luz, rodeado de soledad.

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Pablo Fernández de Salas

 

Despedida del otoño

En Suecia, los árboles caducifolios han perdido ya casi toda su vestimenta. Se me antoja curioso pensar que es justo en la época más fría del año cuando más desnudos están. Pero los árboles son como un ave fénix que resurge de sus cenizas, siguiendo un ciclo tan duradero como su vida. No importa lo mucho que la luna quiera verlos desprovistos de sus ropajes, ni que la envidia de su verdor la llene cada casi treinta días; al final, los árboles recuperan su frondoso vestido en primavera.

Soneto de otoño

Con tonos de otoño brilla la luna,
tonos de otoño que en la savia vierte.
Cuando el abedul con el sol despierte
sentirá el veneno de su fortuna.

Verde su infancia junto a la laguna,
de rojo se tiñe: de rojo muerte.
Y, sin embargo, evita su suerte
mientras prepara su tumba y su cuna.

Es un ave fénix que abre sus alas
y en una nube de fuego se pierde.
De amarillo a rojo cambia sus galas

cuando otoño sangra e invierno muerde.
Tras unos meses a la funerala
vestirá de nuevo un plumaje verde.
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Pablo Fernández de Salas