Vientos del pueblo

Fueron unos tiempos muy diferentes los que movieron a Miguel Hernández a esgrimir su poesía como bandera del pueblo español. Yo ni pretendo comparar ni querría que fuera comparable la situación actual con lo vivido en aquella época. Sin embargo, no dejo de preguntarme si estamos perdiendo, no solo a nivel peninsular sino (aún peor) mundialmente, lo que tanto costó conseguir a las generaciones que nos precedieron. El odio y la arrogancia no son caminos que lleven a un destino agradable, y cuando dejan de fluir las palabras suelen crecer los resentimientos. Espero no ver el día en que dichos resentimientos se hayan extendido tan salvajemente que la única solución sea una quema revolucionaria, porque, si la chispa brota, puede que el viento se levante y la ayude a propagarse sin control.

Vientos del pueblo

Vientos del pueblo se agitan
cuando acecha la tormenta.
Vientos que claman justicia
y en el pueblo reverberan.

Vientos de arena caliza
y de aromas de una tierra
que se siente perseguida
por el león y la hiena.

Unos vientos que ahora gruñen
y que muestran frías zarpas,
en largo invierno afiladas
y que por sí solas rugen.

Unos vientos que reclaman
menos parodia y más llanto,
más humanidad, quebranto,
y menos llenar las arcas
a base de payasadas,
falsas promesas y engaños.

Son vientos de muchas voces
y que no entienden de idiomas;
hablan euskera en el norte
y con acento en Cazorla,
pero entre ellos se entienden
como una bruja a su escoba,
como un soldado al teniente,
como una a otra persona.

Son vientos cuya frialdad
nace de las propias almas,
turba que se ha de azotar
para que surjan las ascuas,
pero si se atiza mal
difícilmente se calma.

Escuchen los mandamases
y a quien convenga estos vientos,
los murmullos y sus ecos,
la canción y sus compases.

Presten atención al aire
y a sus constantes sonidos,
que aunque parezca tranquilo
y sus veleros al paire,
si se agita, sopla el viento
y puede barrer las lomas,
arrancar lirios y rosas…
La única voz es del viento.
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Pablo Fernández de Salas

Aeropuertos

Se nos va una parte importante de nuestras vidas esperando, bien sea en la fila de un supermercado, bien a que llegue una fecha señalada, o bien antes de subir a un medio de transporte. Y, por supuesto, de entre las formas de viajar que más tiempo de espera requieren destaca volar en avión.

Más allá de la duración del vuelo, no sé cuántas horas habré esperado paciente y no tan pacientemente la llegada de la aeronave, o la cola para pasar el control de seguridad, o la que me permite despedirme de mi maleta hasta la llegada a mi último destino… Han sido tantos, tantos los minutos observando a la gente ir y venir por los pasillos, a los rezagados correr de un lado a otro tirando de pesadas maletas, a los aburridos contemplar sus pensamientos a través de una pared, e incluso a las tiendas abrir y cerrar sus puertas al público, tantos, en definitiva, los minutos atrapado en un aeropuerto, que apenas he tenido que buscar los versos para este poema. Básicamente se habían formado ya, ellos solos, entre los incontables ratos de espera.

Aeropuertos

Tic… Tac…
Habla el reloj.
Tic… Tac…
Suena su voz.

Las piernas que andan,
las caras que miran,
los brazos que oscilan,
los cuerpos que pasan.

Un fluido de personas
que se adhiere a los asientos.
Sus partículas se posan
y se excitan al momento.

Tic… Tac…
El minutero.
Tic… Tac…
Sin desenfreno.

Las risas que brillan,
las bocas que hablan,
las lenguas que callan,
los labios que inspiran.

Una lucha de mensajes
que se libra en las pantallas.
Voces de metal se baten,
así suenan sus espadas.

Tic… Tac…
Con ritmo fijo.
Tic… Tac…
Sordo y preciso.

Las colas que esperan,
las filas que avanzan,
las curvas que danzan,
las líneas que apenan.

Un murmullo de intereses
que se entrecruzan y mezclan.
Gente que espera a otra gente
para que se abran sus puertas.

Tic… Tac…
Discurre el tiempo.
Tic… Tac…
Rápido y lento.

Las horas que pasan,
las ruedas que giran,
los vientos que gritan,
las vidas que se alzan.

Un intercambio de almas
que se produce en un soplo.
Vuelos que suben y bajan
en las arterias del globo.

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Pablo Fernández de Salas

El último visitante

Cuando se marchita una rosa, es ella quien la acaricia; cuando cae la última gota, es ella quien la recoge; cuando el sol se pone en el horizonte, es ella quien lo recibe; cuando el alma de un fotón primordial se enfría ante un espacio cada vez más vacío, es ella quien lo espera. Un esqueleto de mirada hueca y palabras sin lengua. Unas falanges de una mano simbólica que a una guadaña se aferran.

El último visitante

En el silencio del cuarto
un tenue soplo se escucha:
el estremecer amargo
de una cortina parduzca.

Otras veces se ha encontrado
a este oscuro visitante;
se acerca al pobre camastro
donde el cuerpo inmóvil yace.

Sin destellos ni sonidos,
¡ay!… realiza su trabajo.
La cortina siente el frío
que en silencio va cuajando.

El visitante se marcha.
La cortina se estremece.
Y del cuerpo, ya sin alma,
el calor desaparece.

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Pablo Fernández de Salas

Somos poemas

Carne y hueso; cuerpo y alma; un puñado de células que conviven apretadas; una mente atrapada en una cárcel cuyo exterior solo conoce a través de cinco limitados sentidos; una máquina sin manual de instrucciones, pero con mil y un instintos que le sirven de guía; el resultado azaroso de las leyes de la naturaleza; el centro del mundo, o de nuestro ego, o simplemente de nada; polvo de estrellas; arte de magia… Todo eso somos, somos sentimientos, como la alegría, somos palabras al viento… y somos poesía.

Somos poemas

Somos poemas que, a la deriva,
surcan el infinito;
poemas conscientes, poemas vivos.

Poemas a lomos de otro poema
más grande, más completo,
azul y verde; orondo y perfecto;
un poema que canta
siguiendo la batuta de otros versos
más radiantes, más áureos, más etéreos.

Somos poemas de un libro sin fin,
de una historia de comienzos inciertos
y de amores eternos.

Somos poemas compuestos de estrofas
de carbono, nitrógeno,
oxígeno, hidrógeno…;
donde los protones y los neutrones,
junto a los electrones,
conforman nuestros versos,
y los neutrinos son la sutil rima
que a veces se confunde:
liberada, decadente, sin lustre.

Somos poemas, poemas de tiempo;
irrepetibles y únicos;
poemas que aún se siguen escribiendo.

Poemas de pasiones,
de esperanzas, de sueños
y todo un enjambre de sentimientos.

Somos poemas de una sociedad,
de historias que entrecruzan sus caminos
y cuentos que avanzan en soledad.
Poemas, tal vez, dignos de alabanzas,
si sus estrofas no pueblan los versos
de engañifas y estafas.

Poemas curiosos, con inquietudes;
poemas que sufren vicisitudes;
poemas cuerdos y poemas locos.

Somos poemas, sí, poemas somos,
jugando a ser poetas
de los versos nuestros y los de otros.
Poemas que pueden cambiar sus pies
y declamar sonetos a su antojo;
mas solo poemas, después de todo.

Poemas que luchamos nuestros días,
pintando sus colores,
y lloramos las noches.

Poemas que, ¡ay, sin rima nacemos
y vivimos en prosa
para morir en verso!

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Pablo Fernández de Salas

Y el mar de fondo

El verano es para muchos sinónimo de vacaciones, de cenas al aire libre, de sombrilla y arena blanca; de días con la familia, de viajes con los amigos, de encuentros inesperados; de despertarse cuando apetece, de vivir sin saber la hora o el día de la semana, de siestas en la playa… El verano, además, es esa aventura en la que te zambulles, esa arena que acuna tu cuerpo con la nana del mar en la orilla, la imaginación en un universo imposible y la brisa en los dedos al pasar de página… Y el mar de fondo.

El mar de fondo

La brisa mece las hojas
al abrigo de una nana.
Húmedo, su aliento moja.
Lengua salada.

Las manos sujetan firmes
una áspera ventana;
saltando en su superficie,
unas palabras.

Palabras que el cielo mira
y a las olas cotillea;
palabras que el viento imita
sobre la arena.

En una playa tumbado,
una playa que me observa,
mis dedos cambian de marco
hacia otra escena.

Un prado miran mis ojos,
embrujados por las letras.
El sol calienta mi rostro,
que lejos vuela.

La playa, el sol, la brisa,
y en mi mente unos jinetes
insensibles a una orilla
que jugar quiere.

Mil monturas que galopan
en praderas infinitas,
mientras suspiran las olas
desde la orilla.

Blanco el calor de la arena;
el agua y su grito bronco.
Caballos a la carrera,
y el mar de fondo.

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Pablo Fernández de Salas

 

Seis cuerdas y un alma

Es difícil dar con una persona a la que no le guste el sonido de una guitarra, ya sea el quejido flamenco de las españolas, el tañido preciso y vigoroso de las clásicas, el ritmo bohemio de las acústicas o el traqueteo acelerado y bronco de las eléctricas. Y, si me dejo tipos por describir, será porque las guitarras han evolucionado en formas cada vez más diversas.

En cualquier caso, la magia de este instrumento puede atrapar a las personas con una facilidad pasmosa, y es de los pocos artilugios musicales que se dejan tratar, con docilidad relativa, desde los primeros compases de un simple aficionado.

El alma de una guitarra

Las curvitas de su cuerpo
enamoran con locura
cuando vibran con su aliento
transmitiendo su dulzura.

Los suspiros que derrama
por su boquita entreabierta
himnotizan al que pasa
caminando por su vera.

La gente la quiere ver,
y oírla quiere la gente,
y tocarla, de poder,
y en un abrazo perderse.

Yo me muero por sus besos,
por su caricia en mis dedos,
por la pasión que la mueve,
¡ay!, cuando juega con ellos.

Sabe llorar cuando quiere
y reír si le conviene,
y, si descuidas tu afecto,
su soledad te conmueve.

Sentirla quiere la gente
y escuchar sus encantos,
con sus palabras de alerce
y su voz de palisandro.

Su piel cautiva, su brillo,
y te hechiza su mirada.
Su enhiesto mástil, erguido,
donde se entona su magia.

En el parque, en la calle,
en escenarios y plazas;
en un ambiente de fiesta;
en el sofá de tu casa,

o ante una hoguera en la noche:
no existe mejor compaña
que la del tañido alegre
del alma de una guitarra.

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Pablo Fernández de Salas

 

 

*Himnotizar: juego de palabras derivado de hipnotizar e himno.

Alas de esperanza

Hay distintas maneras de mirar hacia el futuro. Situados en el interior de nuestro presente, abrimos la ventana y observamos lo que hay más allá de las paredes que nos rodean. A veces el interior es agradable y solo vemos nubes negras en el horizonte; otras veces buscamos escaparnos de esas nubes, que descargan su fría lluvia sobre nosotros.

Sin duda, si medimos la esperanza a partir de la diferencia entre lo que entra y lo que sale por la ventana, la mejor es aquella que, más que traernos sol, aplaca un molesto aguacero. Y es que en esos casos no puede ser más esperado lo que el futuro nos reserva. Sin embargo, por muy gratificante que sea liberar la tensión que nos causan nuestras tormentas personales, sospecho que todos preferimos esa esperanza que, simplemente, nos trae un poco más de sol a un cuarto ya liberado de nubes negras.

Lo único malo es que, así como las predicciones del clima tienen un margen de error, lo que nuestra metafórica ventana nos muestra puede cambiar antes de formar parte de nuestras vidas. El deseo común, sea cual sea nuestro clima presente, de que lo que entre supere o pueda compararse con lo que ya tenemos; el cosquilleo que nos invade cuando tememos perder nuestro sol o cuando ansiamos su llegada; esa sensación, sin lugar a dudas, es la verdadera esperanza.

Alas de esperanza

Puedo observar el estanque tranquilo,
con sus translúcidas aguas de espejo;
las estelas de mi sol y su brillo;
el juguetón azul de nuestro cielo.

No quiera la luna olvidar sus rayos
cuando la noche predique su sueño,
y así, con su luz, trenzar un abrazo
capaz de fundir los astros del cielo.

La esperanza tañe su sonsonete
cuando la vista al presente vuelve.
Hoy el futuro parece cercano.

Mariposa que tranquila descansas
sobre la rosa, no muevas tus alas
y permite al futuro trazar su arco.

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Pablo Fernández de Salas

 

3.14159…

Todo el mundo conoce pi (π), la decimosexta letra del alfabeto griego que se asocia al número 3.14159…, correspondiente a la fracción entre la longitud de una circunferencia y su diámetro (eso sí, en geometría euclidiana). Y es que la fama le viene de lejos, pues ya hacia el siglo XIX antes de nuestra era los egipcios lo utilizaban, aunque lo hicieran con un valor aproximado y, por supuesto, sin asociación alguna con la aún inexistente letra griega.

Hoy en día se conocen millones y millones de cifras de pi con exactitud, y muchas más serán añadidas conforme la tecnología avance. Por cuestiones de espacio, a continuación solo muestro las primera 47 cifras:

3.1415926535897932384626433832795028841971693993…

Hay quien se inspira en la imagen de un lago. Hay quien prefiere la soledad de una casa vacía. En este caso, han sido las primeras 47 cifras de pi las que han agitado a las musas.

π

En griego
mi
nombre claman.
Me
piensan finito,
mas soy eterno y como el agua
fluyo,
dando media vuelta,
más otra media,
más otra:
en retorcidos
versos que sin rima avanzan,
pero con precisión se mueven
a través de una senda
de segmentos irregulares,
sin orden,
locos,
dementes,
infinitos e incansables.
Una cifra
que aparece en muchos
textos,
en solo una letra
condensada:
mi esencia,
mi alma,
mi sempiterno universo…
mi jaula.
Vivo
en un mundo que oscila,
y gracias a un mundo que oscila
pienso y existo.

Debo
a los números mi magia,
matemático conjuro
del poeta.
Y,
como toda historia que empieza,
pero final no tiene,
es
del poeta el turno
de apagar las luces y cerrar
los ojos,
como una serie interminable
que, al no converger, se trunca
de pronto.

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Pablo Fernández de Salas

Clímax

Breve. Intenso. Un final que se recrea a sí mismo desde un comienzo ya de por sí vertiginoso. El poeta desconoce el camino que lo ha llevado hasta la cima, pero ya no busca respuestas. Una cima que en realidad es su cima, pues nadie más la comparte. Tampoco le importa. Lo único que merece la pena son esos poemas que, verso a verso, estrofa a estrofa, lo han acompañado siempre; esos poemas que, hablando a través de sus dedos, han fundido su rima en un torrente que desemboca en el postrer aliento del poeta.

Clímax

En este agónico suspiro que me queda,
hoy escribo sin pesar mis últimas palabras.
Con furia roja sobre el mar azul ya se enfrentan
mis ojos a la parca. La pasión se desata.

De ónice el polvo en resueltas volutas se expande.
Son pedacitos del alma que empieza a escaparse.

El fuego consume la ira en vapores grises
que refulgen difractando el brillo de la vida,
vida que en un arrebato de poesía extinguen
los poemas de una pluma en corazón hundida.

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Pablo Fernández de Salas

 

El gato de Schrödinger

¿Quién no ha oído hablar del gato de Schrödinger? Al igual que las brujas, los físicos parecemos tener una extraña obsesión con los gatos. Y no es para menos, estos independientes felinos nos recuerdan lo difícil que es domar la naturaleza. Pero insistimos e insistimos, y desechamos y creamos más y más teorías respaldadas por los datos y las observaciones de un siempre creciente número de experimentos. Así, del mismo modo que buscamos el cariño de estos animales, nos empecinamos en nuestra resolución, con el objetivo último de desvelar los secretos del Universo.

Pero hay veces que el Universo nos dice «basta» y nuestras teorías nos comunican que no pueden predecirlo todo. Así sucede en el mundo de lo más pequeño, ese mundo donde lo microscópico se antoja gigantesco y la naturaleza incierta de la cuántica toma las riendas. Quizás algún día alguien llegue más allá; mientras tanto, hay cuestiones por las que calentarse la cabeza suele ser solo cosa de físicos. O de brujas.

El gato de Schrödinger

Flotando en la inmensa nada
viaja la onda a su suerte.
En lid eterna a sus hombros
forcejean Vida y Muerte.
Un pulso de esencia errante,
fruto de la nada ausente,
una luz desesperada
de esperanza creciente.

Así lo es todo y no es nada,
cual paradoja rebelde.

El hombre busca su sino
por sendero inexistente;
a más conocer del mundo
es menos lo que se entiende.
Vivo o muerto, qué más da;
el gato goza inocente.

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Pablo Fernández de Salas