Alas de esperanza

Hay distintas maneras de mirar hacia el futuro. Situados en el interior de nuestro presente, abrimos la ventana y observamos lo que hay más allá de las paredes que nos rodean. A veces el interior es agradable y solo vemos nubes negras en el horizonte; otras veces buscamos escaparnos de esas nubes, que descargan su fría lluvia sobre nosotros.

Sin duda, si medimos la esperanza a partir de la diferencia entre lo que entra y lo que sale por la ventana, la mejor es aquella que, más que traernos sol, aplaca un molesto aguacero. Y es que en esos casos no puede ser más esperado lo que el futuro nos reserva. Sin embargo, por muy gratificante que sea liberar la tensión que nos causan nuestras tormentas personales, sospecho que todos preferimos esa esperanza que, simplemente, nos trae un poco más de sol a un cuarto ya liberado de nubes negras.

Lo único malo es que, así como las predicciones del clima tienen un margen de error, lo que nuestra metafórica ventana nos muestra puede cambiar antes de formar parte de nuestras vidas. El deseo común, sea cual sea nuestro clima presente, de que lo que entre supere o pueda compararse con lo que ya tenemos; el cosquilleo que nos invade cuando tememos perder nuestro sol o cuando ansiamos su llegada; esa sensación, sin lugar a dudas, es la verdadera esperanza.

Alas de esperanza

Puedo observar el estanque tranquilo,
con sus translúcidas aguas de espejo;
las estelas de mi sol y su brillo;
el juguetón azul de nuestro cielo.

No quiera la luna olvidar sus rayos
cuando la noche predique su sueño,
y así, con su luz, trenzar un abrazo
capaz de fundir los astros del cielo.

La esperanza tañe su sonsonete
cuando la vista al presente vuelve.
Hoy el futuro parece cercano.

Mariposa que tranquila descansas
sobre la rosa, no muevas tus alas
y permite al futuro trazar su arco.

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Pablo Fernández de Salas

 

3.14159…

Todo el mundo conoce pi (π), la decimosexta letra del alfabeto griego que se asocia al número 3.14159…, correspondiente a la fracción entre la longitud de una circunferencia y su diámetro (eso sí, en geometría euclidiana). Y es que la fama le viene de lejos, pues ya hacia el siglo XIX antes de nuestra era los egipcios lo utilizaban, aunque lo hicieran con un valor aproximado y, por supuesto, sin asociación alguna con la aún inexistente letra griega.

Hoy en día se conocen millones y millones de cifras de pi con exactitud, y muchas más serán añadidas conforme la tecnología avance. Por cuestiones de espacio, a continuación solo muestro las primera 47 cifras:

3.1415926535897932384626433832795028841971693993…

Hay quien se inspira en la imagen de un lago. Hay quien prefiere la soledad de una casa vacía. En este caso, han sido las primeras 47 cifras de pi las que han agitado a las musas.

π

En griego
mi
nombre claman.
Me
piensan finito,
mas soy eterno y como el agua
fluyo,
dando media vuelta,
más otra media,
más otra:
en retorcidos
versos que sin rima avanzan,
pero con precisión se mueven
a través de una senda
de segmentos irregulares,
sin orden,
locos,
dementes,
infinitos e incansables.
Una cifra
que aparece en muchos
textos,
en solo una letra
condensada:
mi esencia,
mi alma,
mi sempiterno universo…
mi jaula.
Vivo
en un mundo que oscila,
y gracias a un mundo que oscila
pienso y existo.

Debo
a los números mi magia,
matemático conjuro
del poeta.
Y,
como toda historia que empieza,
pero final no tiene,
es
del poeta el turno
de apagar las luces y cerrar
los ojos,
como una serie interminable
que, al no converger, se trunca
de pronto.

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Pablo Fernández de Salas

Clímax

Breve. Intenso. Un final que se recrea a sí mismo desde un comienzo ya de por sí vertiginoso. El poeta desconoce el camino que lo ha llevado hasta la cima, pero ya no busca respuestas. Una cima que en realidad es su cima, pues nadie más la comparte. Tampoco le importa. Lo único que merece la pena son esos poemas que, verso a verso, estrofa a estrofa, lo han acompañado siempre; esos poemas que, hablando a través de sus dedos, han fundido su rima en un torrente que desemboca en el postrer aliento del poeta.

Clímax

En este agónico suspiro que me queda,
hoy escribo sin pesar mis últimas palabras.
Con furia roja sobre el mar azul ya se enfrentan
mis ojos a la parca. La pasión se desata.

De ónice el polvo en resueltas volutas se expande.
Son pedacitos del alma que empieza a escaparse.

El fuego consume la ira en vapores grises
que refulgen difractando el brillo de la vida,
vida que en un arrebato de poesía extinguen
los poemas de una pluma en corazón hundida.

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Pablo Fernández de Salas

 

El gato de Schrödinger

¿Quién no ha oído hablar del gato de Schrödinger? Al igual que las brujas, los físicos parecemos tener una extraña obsesión con los gatos. Y no es para menos, estos independientes felinos nos recuerdan lo difícil que es domar la naturaleza. Pero insistimos e insistimos, y desechamos y creamos más y más teorías respaldadas por los datos y las observaciones de un siempre creciente número de experimentos. Así, del mismo modo que buscamos el cariño de estos animales, nos empecinamos en nuestra resolución, con el objetivo último de desvelar los secretos del Universo.

Pero hay veces que el Universo nos dice «basta» y nuestras teorías nos comunican que no pueden predecirlo todo. Así sucede en el mundo de lo más pequeño, ese mundo donde lo microscópico se antoja gigantesco y la naturaleza incierta de la cuántica toma las riendas. Quizás algún día alguien llegue más allá; mientras tanto, hay cuestiones por las que calentarse la cabeza suele ser solo cosa de físicos. O de brujas.

El gato de Schrödinger

Flotando en la inmensa nada
viaja la onda a su suerte.
En lid eterna a sus hombros
forcejean Vida y Muerte.
Un pulso de esencia errante,
fruto de la nada ausente,
una luz desesperada
de esperanza creciente.

Así lo es todo y no es nada,
cual paradoja rebelde.

El hombre busca su sino
por sendero inexistente;
a más conocer del mundo
es menos lo que se entiende.
Vivo o muerto, qué más da;
el gato goza inocente.

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Pablo Fernández de Salas

 

Romance en la montaña

A veces los pensamientos nos llevan a lugares extraños envueltos en situaciones incómodas. De fondo, alguien diserta sobre un tema que no nos interesa, sin conseguir captar nuestra atención. Y la idea surge: ¿y si el viento estuviese obsesionado con la montaña? ¿Y si lo dominara un amor enfermizo? El sol luce sus encantos sin conocer el acoso del viento, pero su amor no puede ser correspondido. La montaña crece en la noche, embrujada por su luz, pero la luna está demasiado lejos.

Romance en la montaña

Cuando el viento a la montaña
le acaricia su follaje,
intentando alzar su falda
y el rumor de su ramaje,
el sol, juguetón, calienta,
cual paciente buen amante,
con luz de mirada intensa
y pasión de largo alcance.
Sopla que te sopla y canta,
silva que te silva en clave;
vuela el viento en la montaña
susurrando obscenidades.
Mientras, la montaña duerme
y sueña ajena a sus males
con un mundo en blanco y negro;
gris y perla; niebla y mate.
El sol alumbra y calienta
y pinta tonos rojizos,
amapolas de praderas,
de flor un árbol vestido.
Da pinceladas de verde
y excita azules en lirios,
y recorre las laderas
con unos trazos corintos.
Mas de la montaña el sueño
no es de color tan vivo,
sino sombras tonos plata
y etéreo como un suspiro.
Un platónico fantasma
de desvestir despacito,
de vergonzosa mirada,
mas diligente y preciso.

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Pablo Fernández de Salas

 

Más allá de las nubes

Volar ha sido un sueño para la humanidad desde tiempos inmemoriales. Probablemente los primeros homínidos ya observaban las aves con envidia. ¿Qué pensarían si nos vieran atravesar las nubes en aparatos de metal y más rápido que ningún animal conocido? Tal vez se sorprendieran. O tal vez no. Quizás solo nos mirasen con gesto indiferente antes de afirmar, como si estuviéramos haciendo algo equivocado: «no bate las alas». Supongo que nunca lo sabremos. De lo que sí podemos estar seguros es de que no se imaginarían lo que se siente al contemplar el paisaje avanzando con rapidez desde tal altura, un manto de nubes intentando cubrir los secretos desvelados del suelo, tan rico de ropajes y a la vez tan desnudo visto desde la distancia. Quien haya volado desde Estocolmo hacia el sur de Europa reconocerá algunos matices en la pintura que abajo presento.

Más allá de las nubes

Quiero pintar un cuadro con las palabras,
de tintes garzos, grises de sutil plata.
De un sorbo, en negro té mi pluma empapo.
La vista prendida canta;
mis dedos bailan al traducir el canto.

Arriba, clavado entre trazos celestes,
brilla el sol. Mil espejos lo imitan entre
las islas, justo en la zona que separa,
cual tul flamenco de pliegue
indefinido, el mar de las montañas.

Los colores mutan su indómito rostro
y en tenue niebla palidecen los tonos.
El son del baile oscila, cambiando el traje;
las nubes forman un corro,
ovejas pastando en el paisaje roto.

Un sorbo azul y blanco, plata y zafiro;
dos lienzos que avanzan a distinto ritmo.
Los bosques se inundan de campos y casas;
sangra la herida de un río.
Manchado de culpa el mar huye, se espanta.

Los colores se acentúan de repente,
para, en un jirón de nubes, perderse.
Ahora el gris y el carbón lo embadurnan todo.
Sin pausa el avión desciende.
Aterriza. Y se apaga. Poco a poco.

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Pablo Fernández de Salas

 

Pequeños recuerdos

Cinco años pasé en Sevilla. Cinco años que encaré con ilusión y acabé con tristeza; un ojo mirando con entusiasmo hacia el futuro y el otro receloso de marcharse. Pero por muy pocas que fueran las veces que volví a casa durante esos cinco años, fueron muchas las que me acordé de mi familia. ¿O será que ahora me acuerdo de ellos y mi memoria ha mutado los recuerdos de antaño? Por suerte, la poesía es un regalo que me hago principalmente a mí mismo, y desde los polvorientos rincones de los días entre el primer y el segundo año que viví en Sevilla, he podido rescatar esta prueba de que, también entonces, me acordaba de mi familia.

Pequeños recuerdos

Aún recuerdo aquella luna
tan inmensa en aquel cielo,
aquellos ratitos libres
y aquel mundo tan perfecto.

Aún revivo aquellos días
cuando todo era tan bello,
esa alegre melodía,
aquellos hermosos sueños.

Nunca olvidaré en la vida
aquel amor, tanto afecto,
aquel abrazo furtivo,
esa nana, aquel «te quiero».

La gente madura y crece,
mas no olvida el sentimiento:
las horas junto a los padres
quienes por suerte tuvieron.

Nunca olvidaré mi hogar,
mi familia, esos momentos…
La tristeza nunca eclipsa
cuando uno aún es pequeño.

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Pablo Fernández de Salas

Partículas de poeta

Como mucha gente, mis aficiones son varias. Entre ellas cuento con dos grandes pasiones: la física y la escritura. A día de hoy la primera me da de comer, al tiempo que me divierte, y la segunda me permite alejarme de la primera cuando necesito un pequeño descanso. En este espacio virtual pretendo dar rienda suelta a la segunda de ellas, en forma de poesía, cuyos versos serán los equivalentes físicos a las partículas del mundo subatómico al que dedico mi carrera profesional.

Debo advertir, no obstante, que esta no será una web de ciencia. Aquí iré publicando, a intervalos irregulares pero con frecuencia, poemas de todo tipo. Me gusta dejar que la poesía me sorprenda, y solo pienso en qué escribir cuando ya he comenzado a hacerlo. Así pues, no prometo seguir una agenda determinada, y aunque intentaré no dejar huérfana ninguna de las áreas que empiece, no puedo predecir qué guiará mi pluma en el futuro. En este sentido, las leyes de la poesía escapan a mi entendimiento y no he descubierto unas ecuaciones que las describa.

Pero que no esté destinada a ser una web de ciencia no significa que no pueda rendir homenaje a aquello que me apasiona. De vez en cuando dejaré algún regalito con tintes científicos por aquí. Por este motivo, no he encontrado una mejor manera de empezar esta aventura que con un poema dedicado a los neutrinos, mis elusivos compañeros de viaje durante muchos años de física.

Neutrinos

En silencio, inadvertidos,
llegan al mundo y lo pueblan.
Les atrae la soledad;
nacen, suspiran por ella.
De uno en uno, poco a poco,
sin anunciar su presencia,
desde el comienzo de todo
vagan aislados y sueñan.
Motitas de soledad,
partículas de poeta.
Sin prisa en su deambular,
filósofos en su esencia.

Atraviesan el espacio,
las nubes, el sol, la tierra…
Sin detenerse ante nada,
sin que nada les detenga.
Se multiplican sin pausa,
con cada evento, sin meta;
en las estrellas y el mar;
en el aire y los planetas.
Cuando truena, cuando besas,
cuando el Universo piensa.
Motitas de soledad,
filósofos en su esencia.

Débilmente interactúan,
aunque no hacerlo quisieran,
y por eso se disfrazan
si sienten que les observan.
Vinagre, aceite y sal;
sabores de nuestra tierra.
Azúcar, canela y pan;
torrijas que te envenenan.
Oscilan, giran y oscilan,
en el baile que interpretan;
actores inesperados
de las radiaciones beta.

Hoy los físicos los buscan
prendados de su belleza;
fantasmitas singulares,
ni radiación ni materia;
portadores de la clave
que teorías abre y cierra.
Como a un amor enfermizo
los persiguen con sus tretas.
Pero ellos se resisten,
almas libres de cadenas;
sin prisa en su deambular,
partículas de poeta.

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Pablo Fernández de Salas