El poeta a la rosa

Con el buen tiempo las flores se estimulan, y su estado de ánimo se transmite a través de su tersura y sus colores. Puede que entre las flores haya sido la rosa la más admirada por los poetas, o puede que los poetas hayamos sido objeto de admiración de las rosas y hayamos caído presa de sus hechizos. Lo cierto es que hay algo especial en los rosales, un aire de misterio, una luz que atrae nuestra curiosidad. Quién sabe, tal vez bebamos de la misma agua. En cualquier caso, su secreto está bien guardado por sus espinas. Pero ¿qué oposición pueden suponer las espinas frente a estos días soleados de mayo?

El poeta a la rosa

Si te imaginas los versos
cayendo como el relente,
posándose suavemente
en tus pétalos abiertos;
entonces, ¡ay, rosa mía!,
humedécete en los labios,
en las caricias y encantos
de nuestra amada poesía.

Si al respirar te emocionas
y su pasión te enrojece,
y su tacto te estremece,
no te ocultes, ¡ay, mi rosa!
Que tus espinas enhiestas
se reblandecen al roce
del poeta, rojo broche
brillando en cendal de estrellas.

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Pablo Fernández de Salas

 

El viento de las palabras

Hoy se celebra el Día Internacional del Libro. Un día en el que las historias cobran vida, los árboles murmullan coplas entre ellos, la hierba se agita, los pájaros prestan atención y las olas del mar se encrespan con furia empujadas por el viento de las palabras.

Escuchemos su sonido…

El viento de las palabras

Caen la tarde y sus horas mansas
cuando cálamo y papel se besan.
A su conjuro, el aire brama
y, cargado de mágica fuerza,
el viento se aleja.

Sobre el papel, pluma descuidada
vertiendo de los cuentos su esencia;
una sombra que crece y que empaña
cubriendo la realidad de niebla.
El viento se aleja.

Abstraída desde la terraza,
ajena al frío, la mente vuela.
La mano despereza su pausa
y, junto al aire, dejar se lleva.
El viento se aleja.

Trina el ruiseñor desde su rama
exhibiendo sus notas más bellas.
Entre sus plumas el viento indaga.
Duda el ruiseñor… su canto cesa.
El viento se aleja.

Abren sus ojos blancas pestañas,
blancas y rosas, rosas y tiernas.
Terso es el fruto que el viento alcanza,
besa y provoca… cae la cereza.
El viento se aleja.

Vuela el viento sobre espuma blanca
insuflando su orgullo a las velas.
Un cañón retumba cuando pasa,
lo distrae el susurro… y yerra.
El viento se aleja.

Dunas de arena que al sol avanzan
cuando sus granos revolotean.
Cae la noche y los granos callan,
sin vida, como células muertas.
El viento se aleja.

Entre caballeros y piratas;
sobre castillos y fortalezas;
en la intimidad del sol de plata;
por desiertos, mares y arboledas…
el viento se aleja.

La noche está pronta, la luz vaga,
el calor reclaman las estrellas
e incluso el viento de las palabras
pierde el ímpetu que lo sustenta.
El viento se aleja.

Tiembla una mano, tiembla y cabalga
sobre el papel en su pluma negra.
El aire se agita en la terraza.
La mano para. Las hojas vuelan.
El viento se aleja.

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Pablo Fernández de Salas

 

Nota sobre el poema: estos versos han sido compuestos originalmente para una entrada, también publicada hoy, en el blog palabrasparahacertiempo.

Florecer del cerezo

En estas últimas semanas no todo ha sido malas noticias. La llegada de la primavera empieza a notarse en los campos, donde ahora predomina el verde moteado de intensos colores aunque debamos verlos a través de una ventana, ya sea real o virtual.

Cuando las primeras flores se abren, la naturaleza ensaya sus primeras notas, escribe sus primeros versos y tantea las primeras líneas de un dibujo que promete ser una bella composición.

Tal vez lo único perturbador sea pensar en la similitud que hay entre el inicio y el final de las cosas. La apertura de una flor no solo indica un comienzo, sino una conclusión tras un largo proceso.

¿Qué simboliza, pues, la apertura de una flor? ¿El principio de la vida misma o justo ese instante cuando esta termina?

Flor de cerezo

La nota rompe el silencio
con las ondas de un «te quiero»,
como una gota de agua
y la estela de su beso.
Otra nota se desnuda,
dejando caer su atuendo
sobre el espacio infinito
de los ecos del silencio.
Poco a poco, nota a nota,
la armonía va surgiendo.
Tañidas con parsimonia,
sus hojas se van abriendo.

La rima prende el poema
con la voz de una promesa,
como una primera cita
que se despide a la espera.
Otra rima la persigue,
sacudiendo sus pavesas
con el mismo abrir de ojos
y el mismo sol que la observa.
Poco a poco, rima a rima,
la poesía se despierta.
De metáforas henchida,
sus versos se desperezan.

El trazo bautiza el lienzo
con la sombra de un secreto,
cual tinta de cerradura
en piel de portón añejo.
Otro trazo se dibuja,
derramando su misterio
con acuarelas mojadas
en los suspiros de un beso.
Poco a poco, trazo a trazo,
la pintura va creciendo;
su intimidad aflorando
y sus formas definiendo.

El cuark vibra en el vacío
siendo la nada su nido,
como esa muda palabra
o ese grito sin sonido.
Otro par de cuarks lo imitan
desafiando al destino,
con la eternidad pendiente
de su corazón en vilo.
Poco a poco, cuark a cuark
y en diminutos latidos,
brotan ánimas de paz,
núcleos de sabor dormido.

Nota a nota, rima a rima,
trazo a trazo, cuark a cuark.
Como una tierna caricia
que llega sin avisar,
el cerezo abre sus labios
frente a la risa del mar:
límpidos, tímidos pétalos
que sonríen por igual.
Nota a nota, rima a rima,
trazo a trazo, cuark a cuark.
En un bostezo la vida
desemboca en su final.

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Pablo Fernández de Salas

Desacoplo

El Universo empezó siendo una sopa densa y abrasadora, donde vieran la luz por primera vez las partículas elementales que hoy en día nos dan forma. Algunas de ellas no aguantaron la opresión de la multitud y se refugiaron en su inherente falta de interacción para, poco a poco, aislarse del mundo en un confinamiento tan perfecto que no logramos romperlo en la actualidad.

Conforme el Universo se expandía en los albores del tiempo, las propias partículas que lideraban la expansión (principalmente fotones y neutrinos) sufrían a consecuencia de la misma, perdiendo energía, enfriándose. Los fotones consiguieron sobrevivir cientos de miles de años, pero los neutrinos, por naturaleza tímidos e introvertidos, vieron el mundo crecer a su alrededor a un ritmo mucho mayor del que fueron capaces de seguir.

Hasta que se desacoplaron, comenzando un viaje en solitario que duraría para siempre.

Este poema trata sobre el desacoplo de los neutrinos más antiguos del Universo, llamados reliquia, que se formaron cuando el Universo tenía apenas unos segundos de vida y que suponemos siguen entre nosotros en la actualidad, presentes a lo largo y ancho del cosmos, pero imposibles de detectar debido a su baja energía y su casi inexistente capacidad de interacción.

Pero este poema también habla sobre la timidez y la soledad, sobre los neutrinos reliquia de cuerpo humano, esas personas superadas por una sociedad de la que quisieran formar parte, pero de la cual se distancian sin un ancla que las frene, rota ya su voluntad…

Desacoplo

Y, sin más, estuve ahí,
rodeado de mis congéneres,
entre estallidos crueles de «piérdete»
y espontáneos latigazos de «quiéreme».
Todos juzgando, mas ninguno fue célebre.
Sí, yo estuve ahí.

Y me sofocó el contacto,
el continuo trajín a tino
con sus saludos, gritos, pitidos,
risas, reproches, consejos y avisos.
Sin causa, sin intención, sin compromiso;
mas siempre en contacto.

Y tanto pudo el agobio,
la presión de muros sin linde,
la frialdad de rejas invisibles,
el fantasma de acosos imposibles…
que empequeñecí, sintiéndome inservible.
¡Fue tanto el agobio!

Y deseé que acabara.
Proyectando mis pensamientos,
deshilaché las hebras del tiempo,
contribuyendo a expandir su sustento.
La vorágine destempló nuestros cuerpos.
Quise que acabara.

Y se me escapó el control.
Con la expansión desenfrenada
y mi apatía fuerte y lozana,
me abandoné a la pasión de las aguas,
cuya impetuosidad mis fuerzas drenaba,
perdido el control.

Y entonces me quedé solo.
En lo que dura un pestañeo
creció mi desdicha, sin remedio.
Vi mi esperanza inalcanzable, lejos.
Y, junto a ella, desapareció el miedo.
Y me quedé solo.

Y así avanza mi destino:
deambulando por el vacío
sin nada que me guíe. Perdido.
Solo. Un neutrino muerto de frío
que confecciona versos para sí mismo.
¡Ah… cruel mi destino!

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Pablo Fernández de Salas

 

20 de marzo de 2020

Este año, el árbol de la primavera trae brotes y flores enfermas. Muchos son los eventos que ya han sufrido a consecuencia de la COVID-19, y solo el tiempo dirá cuántos más se han de unir a la lista de bajas. De haber tenido este año una agenda normal, ayer, por ejemplo, se hubiera celebrado el día culmen de las fallas en València, con la quema de los gigantescos monumentos que habrían adornado las calles en los días precedentes. Pero, desafortunadamente, desde el punto de vista de la historia vivimos tiempos interesantes.

20 de marzo de 2020

El sol despierta en la mañana fresca,
de primavera pintando el paisaje.
Gomas rodando en concurrida calle,
botas raspando la inclinada acera.
Desde mi ventana, la vida acecha
con el verde manto de su ramaje,
con pinceladas de flores vivaces
y con la juventud más pizpireta.
En la mañana fresca, día ochenta,
desde mi ventana despierta el sol;
sin ese olor de las hogueras muertas,
sacrificios del levante español;
con el fantasma de una primavera
que se proyecta desde mi interior.

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Pablo Fernández de Salas

Liberación

Es bien sabido que aquel que no se consuela es porque no quiere. Por recurrir a la famosa metáfora del vaso: incluso un recipiente sin líquido sigue estando lleno de posibilidades, donde cabe imaginar todo tipo de bebidas, hasta el más exquisito de los cócteles. Tal vez este no haya sido el invierno más blanco que he conocido y puede que haya extrañado la nieve; quizás tampoco disfrute del viento callejero y, en su lugar, me molesten sus fríos dientes; puede que la primavera no me ilumine con su color tanto como lo espero, e incluso es posible que me evada el aroma a azahar de los naranjos. Sin embargo, en lugar de escoger como refugio la resignación, ya puestos a elegir el filtro con el que observo mi mundo, prefiero imaginar que me libero de los problemas en lugar de conformarme y convivir con ellos.

Liberación

El viento besa mis manos con labios de hielo;
la primavera está pronta, pero aún es invierno.

En su aliento los ampos bailan su último vals,
revolotean y giran siguiendo el compás.
Con ellos me fundo, entre caricias heladas,
y mis miedos exudo mientras giran y bailan.

En su postrera danza les desvelo mi mal,
que agoniza y se esfuma entre los dedos del viento.
Y, así, forjo un sendero hacia mi libertad
que recorro sin prisas con pasitos de hielo.

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Pablo Fernández de Salas

La estampa de Mariaberget

Desde el mirador de Mariaberget (que traducido del sueco significa el monte de María), el centro histórico de Estocolmo se eleva lo justo sobre las aguas para no mojarse. Al frente y a la derecha de nuestra vista destaca la pequeña isla de Gamla Stan (cuya traducción es Ciudad Vieja), con sus bloques de pisos color pastel iluminados con los luceros de sus ventanas desprovistas de balcones, y rematados con tejados oscuros en ángulo. Sobre ellos se alzan vigilantes los pináculos de las iglesias. Un poco más alejadas de Gamla Stan, las coloridas luces del parque de atracciones Gröna Lund, en Djurgården, atraen las miradas hacia una isla donde la naturaleza y los museos se funden con elegancia. Más cerca de nosotros, ligeramente hacia la izquierda de nuestra imagen de frente, nos observa el ayuntamiento, asentado en una posición que también ofrece un panorama privilegiado. A pesar de que el reloj marca ya la madrugada, la iluminación de los transportes transita el puente que une las islas de Gamla Stan y Södermalm, donde se encuentra Mariaberget, como si fuese una procesión de luciérnagas. Y todo este conjunto de luces y destellos oscila reflejado en la superficie nocturna del agua.

Esta estampa, que da brillo a los ojos de nuestro observador, es el vivo retrato de la fotografía que sostiene en su mano, una fotografía que fue tomada desde el mirador hace ya cinco años y que ha vuelto a él tras desafortunadas circunstancias.

La estampa de Mariaberget

Con reflejos de ventanas,
en una noche sin luna
y desprovista de bruma,
relucen las aguas negras.
Destella con notas claras
sobre su espejo ondulado
un mundo distorsionado
de puentes e islas dispersas.

La noche marca las doce
en el reloj de las aguas;
el sol oculto en el norte,
sus manecillas mojadas,
y entre el arrullo de coches
Gamla Stan duerme arropada.

Desde el oeste le llega
un aliento que reclama,
al este, la mar salada,
pasando por Gröna Lund;
al noroeste coteja
el soplo de los alcaldes,
y ríen jóvenes aires
de Södermalm en el sur.

La noche es fría y sincera,
sincera sobre las aguas
que absorben en su acuarela
de ventanas dibujadas
los entresijos y penas
de las vidas refractadas.

La noche es fría y sincera,
sincera como la estampa
donde la tinta vertiera
recuerdos en las palabras
hace cinco primaveras,
antes de que la heredara.

El tiempo muerde y corroe
Mariaberget y sus vistas,
los luceros y la linfa
de una época pasada.
Con los ecos de la noche
reverberando en su mente,
contempla un hombre el presente
apoyado en la baranda.

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Pablo Fernández de Salas

Canción de carnaval

La palabra carnaval tiene un significado único cuando hace referencia al carnaval gaditano. La pequeña ciudad andaluza es famosa por estas fiestas, en cuyo transcurso diversas agrupaciones cantan coplas que van desde la crítica hasta la alabanza más poética. Dichas coplas se presentan generalmente salpicadas con toques de humor, una característica muy conocida de la idiosincrasia gaditana.

Entre las agrupaciones podemos encontrar coros, con sus trepidantes tanguillos marchando al ritmo de un punteado de bandurrias; chirigotas, las reinas de la risa hecha canción; cuartetos, cargados de humorísticas parodias, y comparsas, con sus cautivadores pasodobles matizados con el brillo de las voces de los octavillas.

Otra particularidad del carnaval gaditano es su concurso de agrupaciones carnavalescas, que cada año se desarrolla, principalmente en febrero, sobre las tablas del escenario del Gran Teatro Falla, coincidiendo su final con el fin de semana en el que da comienzo el carnaval en la ciudad de Cádiz. Muchísimas agrupaciones (las llamadas ilegales) deciden no presentarse a dicho concurso y actuar solo en la calle, pero para quienes residimos fuera de la Tacita de Plata (como también se conoce a la ciudad), el concurso nos permite ese contacto con esta singular fiesta que la distancia nos dificulta.

Hoy quiero dedicar un pasodoble al carnaval gaditano. Por supuesto, podría cantarse con melodías y ritmos de infinitos colores, pero la inspiración original ha llegado gracias a la música que acompaña a la comparsa Los Listos, que participa este año en el concurso oficial de agrupaciones carnavalescas.

Pasodoble al carnaval gaditano

Y al subirse el telón,
ahora en estas fechas, llegado febrero,
de la imaginación
se alzan vendavales de letras y sueños.
Y se descubre el velo,
y se desgarra el tiempo.
Y la ciudad nos muestra
su secreta tez:
una luna lunera,
tacita de argéntea piel.
Pitos de caña, bombo y cuplé.
A ritmo de tres por cuatro,
lo mismo bailan reinas y reyes
que abogados y payasos
o lo que quiera cantar la gente.
Canta la gente.
Canta la gente
la canción
de una pasión
que se desborda al atardecer
en la orillita de la Caleta.
La canción
que es el antídoto a ese veneno
que el capitán te engarfia en las venas.
La canción que te condena.
Y es que al subirse el telón del Falla
las gargantas rugen
y vibran las tablas;
el teatro seduce
bañando la sala
con su tibia luz.
Un hechizo que atrapa emociones
y transmite su eco;
palabras y voces:
la sangre de un pueblo
que cuenta su verdad,
envuelto en su disfraz,
espantando su pesar en carnaval
cantando versos.

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Pablo Fernández de Salas

 

Llanto color amapola

La naturaleza muestra miles de encantos, de formas y estructuras. Miles de hermosas pinturas sobre el lienzo de la Madre Tierra. Pero cada una de estas pinturas ha sido dibujada por sus propios integrantes con crueles pinceles, durante un proceso de evolución competitiva cuya brutalidad ha perfeccionado las formas del cuadro.

Y los humanos, con todas sus consecuencias, hemos sido los mejores pintores.

Una de nuestras composiciones empieza con el nacimiento de una foca pía, con su manta de blanco pelo ocultándola de la aurora, en un campo de nieve que se mantiene a duras penas sobre las aguas cada vez más cálidas del océano Ártico.

Blanco eterno

Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.
Una bóveda de luces,
maravillas que relucen
sobre el nevado terreno.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

Mil colores y mil formas;
mil sonidos; mil aromas.
Todo nuevo, todo viejo,
ante dos ojos que admiran
con primerizo sosiego.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

Dos ventanas que se abren
hacia lo desconocido,
y una voz que las atrae
con cariñoso tañido.
Una mirada más sabia,
más adulta, más anciana:
unos ojos más despiertos.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

El viento no da descanso
con sus caricias de hielo.
Cría y madre, sin embargo,
ignoran su descontento.
Dos brunas perlas llorosas
perdidas en dos espejos:
dos tristes vistas acuosas
ante su propio reflejo.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

Sopla que resopla el viento
bajo el rostro de la aurora,
con su frente verde y roja.
Brama que brama el soplido
del corazón intranquilo
que late sobre las olas.

···

En otro hogar, mientras tanto,
irrumpe de un bebé el llanto.
Se ha protegido del frío
con gorro de piel teñido
como la aurora en el cielo.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

Con gorro de piel teñido
llora entre mantas de pelo.
Abre la puerta un destello:
rifle de metal bruñido
que ha de proteger al niño
de los dardos del invierno.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

···

Y el viento aumenta su enfado,
mas las dos focas son sordas,
sus miradas contemplando
cada una de la otra:
dos luceros afectivos,
dos lágrimas del destino
para este aciago febrero.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

Sopla que resopla el viento
sobre las nevadas lomas,
peinando sus blancas formas.
Grita que grita su aviso
con sus furiosos latidos,
espinas de níveas rosas.

De pronto se escucha un trueno.
Verde y rojo, rojo fuego.
Y un llanto escarlata brota
sobre la cuna de hielo,
llanto de un bebé que llora,
llanto que repite el viento;
llanto color amapola
en el nevado desierto.
Verde, gris, azul y negro;
rojo y blanco, blanco eterno.

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Pablo Fernández de Salas

El Fondo Cósmico de Microondas

¿Alguien recuerda los televisores analógicos? La tecnología ha avanzado mucho en los últimos años y cada día queda más lejana la imagen nevada de una pantalla sin señal. Miles de puntitos grises aparecían y desaparecían, totalmente descontrolados, mostrándonos una secuencia de caótico chisporroteo, una suerte de ruido silencioso que nos indicaba que el aparato estaba en funcionamiento, aunque no nos mostrara lo que queríamos. Curiosamente, una pequeña parte de ese ruido de fondo procede de la interacción del televisor con la luz más antigua del universo. En concreto, se estima que en torno a un uno por ciento de esa caótica imagen está producida por la captura, por parte de la antena, de fotones que han surcado el cosmos durante más de trece mil millones de años. Estas partículas tan antiguas constituyen lo que se conoce como el fondo cósmico de microondas.

El fondo cósmico de microondas

Corre y enciende la tele,
de esas antiguas con nieve,
y siéntate en el sofá;
deja que el Fondo te ciegue.

Imagínate en el campo
o flotando en el espacio,
contemplando las estrellas,
sus secretos, su pasado.

Sus mensajes luminosos
se desnudan en tus ojos,
ecos de un mundo ya extinto,
voces de sus sueños rotos.

Imagínate ese tiempo,
los eones transcurridos,
los incontables latidos
de sus corazones muertos.

Y ahora regresa al sofá,
a los muros de tu hogar,
al tic tac de tu reloj,
a su fiel seguridad.

Mira otra vez la pantalla,
su llovizna gris y blanca,
su inofensivo silencio,
su parsimonia enlatada;

esos fotones que emite,
esa imagen que repite,
un Fondo de Microondas
que es traducido al visible.

Esos suspiros difusos
son los recuerdos del mundo,
son los fósiles del tiempo:
sus secretos moribundos.

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Pablo Fernández de Salas