Anuncios de primavera

Febrero se acerca a sus últimos días, pero aún quedan cuatro semanas por delante hasta que la primavera sea oficial. A través de los menguantes fríos del invierno, la época más florida del año anuncia su llegada. Los atardeceres retrasados, las nieves enfermas y la anticipación que ocupa las emociones de la gente son algunos de los síntomas. Sin embargo, el invierno se resiste. Algunas mañanas despiertan con el rostro cubierto con un velo gris, demasiado cansadas para oponerse, demasiado débiles para brillar. En la calle, bolsas de plástico muestran un sol inexistente, y plantas irreales florecen en los carteles publicitarios. Pronto, la auténtica primavera podrá coger fuerzas de un sol más altanero. Pronto, me digo, muy pronto. Aunque una voz juiciosa habla entre incómodos sueños: ¿llegará el día en que esas falsas primaveras sean las únicas que tengamos?

Anuncios de primavera

En el óleo del cielo
apenas se percibe tu presencia:
una mancha apagada,
el eco de una esperanza devuelta.
Esmeraldas marchitas en el suelo
son el vestigio de tu anterior paso;
gemas ahora sin lustre,
sus restos preservados
bajo los fríos besos
de la muerte de blanco.
El autobús rueda entre los guijarros.
Envuelta en su arrítmico castañeo,
una bandada de atuendos de invierno
adormece sus alas,
la vista perdida en frías pantallas.
Ramas desnudas guardando el camino;
hormigón, vidrio y ladrillo visto.
El autobús se para.
Busco en el cielo, pero aún te escondes.
Ursäkta. Me bajo en la desbandada.
Aves de corral que sus vidas vallan.
Un cuervo nos ignora desde un árbol,
un fresno que también te está esperando.
Ya a un paso de la entrada,
un último vistazo.
Ávidos de ti, mis ojos se engañan.
No es el verdor que infunden tus abrazos,
ni las gualdas pupilas de tus ojos,
sino el estéril fruto que sembramos
el que, temblando al viento,
resopla con su artificial aliento
mientras luce un reclamo con tu foto.

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Pablo Fernández de Salas

No hay nada como alzar el vuelo

La escena describe el despegue de un avión en un día frío, húmedo y nublado. Charcos helados cubren la pista, y la hierba a su alrededor está moteada con mechones de nieve. Dos capas de nubes oscurecen el cielo: la primera amenazando aguanieve, y la segunda, más alta, impidiendo que el sol se cuele entre aquellos huecos abiertos en la primera. Estas dos capas parecen ser una sola vistas desde el suelo, pero el avión las atravesará respectivamente.

En cuanto los motores se encienden, es como si el avión abriera los ojos, sintiera y observara un mundo cubierto de…

Despegue

El rugido pone a vibrar los cuerpos
y la bestia se mueve.
… grises y blancos; luces y reflejos…
Acelera enfurecida, salvaje,
buscando libertad.
… asfalto y hielo, borrón de cristales…
Alza su morro, su cuerpo, su cola,
y persigue su sueño.
… nube de emoción, niebla embotadora…
Más y más alto, descartando el miedo,
sorbiendo confianza.
… el vano de una puerta entre dos cielos…
Hasta que, por fin, rompe el cascarón
… trozos de nube bañándose al sol…
y alcanza su deseo.

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Pablo Fernández de Salas

Una fotografía en verso

Siempre he pensado que un poemario es como un álbum de fotos, una colección de instantáneas que nos enseñan imágenes pertenecientes al pasado, irrepetibles. Así como una boda es retratada en multitud álbumes, la escena que transmiten unos versos puede volver a darse, y una idea aparecer reescrita en otros poemas. Pero a todos nos gusta sacarnos una foto en ciertos lugares emblemáticos, o en ciertos momentos «para el recuerdo», porque, aunque podamos encontrar otras fotografías (posiblemente mejores) tomadas por otra gente, solo aquellas instantáneas que pertenecen a nuestra propia experiencia consiguen llevarnos hasta ese recuerdo que buscábamos capturar. De esta manera, cuando el bolígrafo se posa sobre el papel y vierte su tinta, está haciendo algo más que componer un poema: está dando forma a la fotografía de un momento único, de un recuerdo que pasa, durante ese mágico proceso, de la mente del poeta al blanco prometedor del papel.

Una fotografía en verso

El bolígrafo desgarra el papel
con cuchilla rodada, lentamente.
Azul brota la sangre del presente
y cicatriza sobre blanca piel.
En el futuro, desde un anaquel,
su marcado rostro, quieto, silente,
entre otros rostros guardado cruelmente,
será reliquia del pasado aquel.
Un futuro pasado que ahora nace
sangrando, único y especial;
tan indomable para quien lo cace
desde su nicho de madera y cal
como para la mano que hoy pace
hiriendo el papel, pues no hay otro igual.

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Pablo Fernández de Salas

El poder de un abrazo

Un abrazo es el mejor remedio posible para gran variedad de males, pero un remedio que no se aplica con la debida frecuencia. La calidez de dos cuerpos unidos durante un breve espacio temporal vence sobre el frío de muchas penas, y recarga la capacidad de sobrellevar males futuros. Un abrazo ofrece cohesión y un sentimiento de unidad sobre los individuos que lo practican, como una frase que solo toma sentido gracias al abrazo de todas sus palabras, o un poema que se deshace sin el abrazo de todos sus versos. Versos, por ejemplo, como los siguientes catorce endecasílabos que, por separado, no son nada, pero juntos se funden en un abrazo que da vida a un soneto.

Un abrazo

Un abrazo concentra el infinito,
funde los sentimientos agolpados,
aplaca nerviosismos apilados
y rompe tensiones de un sordo grito.
Un abrazo es el culmen de un delito
por el cual dos cuerpos son arrancados,
sus almas desnudas a ambos lados,
la sorpresa confusa frente al hito.
Un abrazo es un signo exclamativo,
es la emoción vertida en un momento,
es la explosión de nuestro ser más vivo,
el descarte de todo lo opulento,
un gesto de unión caro y expresivo;
es tu recuerdo a resguardo del viento.

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Pablo Fernández de Salas

Tic… tac…

La muerte siempre es dolorosa para quien se queda en el mundo de los vivos. No importa cuánto sepamos que es el orden natural de las cosas, un eslabón más en el ciclo de la vida, o incluso un alivio para alguien que ha estado sufriendo durante años. Perder a un ser querido siempre es doloroso. Sin embargo, el sol vuelve a salir por las mañanas y a ponerse por las tardes, y cada nuevo día añade una capa de niebla sobre el recuerdo, ese recuerdo que amamos y tememos a un tiempo.

Tic… tac…

El tiempo se balancea
en su columpio de plata,
meciendo la tierna noche
con sus manitas templadas.

Sonríe, mi niña, y ríe,
pues pronto llegará el alba.
Alegra el tibio rocío
que de tu rostro resbala.

El cielo de luto está,
con ropas de terciopelo,
lentejuelas de diamantes
y un largo vestido negro.

Mi vida, no llores más,
que ya está amainando el viento.
Podrás contemplar su rostro
en el lago del recuerdo.

Sus llamas se han apagado,
se ha evaporado la cera.
Nos uniremos al cielo
y encenderemos más velas.

No te preocupes por él,
muy pronto vendrá su estrella
y en un océano inmenso
irá a bañarse con ella.

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Pablo Fernández de Salas

Todo por tu culpa

Existe un tipo de dolor muy particular que nos acompaña mientras caminamos. Nos pone difícil pensar en otra cosa, desconectar de sus punzadas y volver a sentir esa aburrida —pero siempre querida y muy echada de menos cuando no está— sensación de que nada nos molesta. Incansable, el dolor insiste en llamar la atención a cada paso. Aquí estoy, no te olvides de mí. Recuérdame. Recuérdame. Recuérdame. Con cada paso más intenso, con cada paso más abierta la herida. No hace muchos años era común echar mano al alcohol para tratar esta fuente de problemas; hoy en día creo que hay métodos menos abrasivos.

Este es un poema sobre ese dolor especial, un poema que tiene ya muchos años; de aquella época, cada vez más lejana, en la que estaba entrando en mi adolescencia. Pero el objeto de esta poesía sigue persiguiéndome con frecuencia y, siempre que lo hace, me acuerdo de cuando escribí estos versos. Hay dolores que nunca pasan de moda.

Todo por tu culpa

¡Oh, dolor!
Tú que acosas mis entrañas
y remueves mi interior,
bajo la piel me arañas.

¡Oh, pasión!
Pasión con que me corroes
todo, lleno de ilusión
y de abrasador roce.

¡Oh, canción!
Melodía de un grito,
grito de una maldición,
maldición con su maldito.

¡Oh, ardor!
Causado por el alcohol,
líquido aún no curador
de mi herida, ¡alcohol!

¡Oh, cabrón!
De mi dedo del pie, ¡sal!,
y no centres tu atención
en hacerme sufrir más.

¡Oh, adiós!
No protejas más mi corte,
que, en lugar de eso, vos
me hacéis caminar más torpe.

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Pablo Fernández de Salas

Un microscopio de 27 kilómetros

El mundo está construido a partir de pequeños átomos: un puñado de núcleos que interactúan entre sí envueltos en un aura de fuerzas fundamentales. Así como para ver las vetas de una hoja podemos armarnos con una lupa, para sumergirnos en el mundo microscópico hacen falta instrumentos más avanzados, que crecen tanto en complejidad como en tamaño conforme redefinimos la frontera de lo pequeño y nos centramos en escalas cada vez más reducidas.

El interior de los átomos no es accesible a un microscopio cualquiera, y poder detectar de alguna forma las piezas indivisibles que componen el mundo (las llamadas partículas elementales o partículas fundamentales) requiere instrumentos muy, muy grandes. Además, «ver» estas partículas no es sencillo. Algunas viven confinadas en el interior de otras piezas muy importantes (pero no fundamentales), como los quarks que forman parte de los protones. Para poder sacar a estas partículas de su entorno es necesario tomar medidas drásticas: hay que romper el recipiente que las contiene. Por eso los grandes aceleradores de partículas (destinados a insuflar energía a los objetos que acelera hasta hacerlos moverse a velocidades extremadamente cercanas a la de la luz) funcionan como gigantescos microscopios que nos permiten estudiar las piezas que forman el mundo.

A día de hoy, el acelerador de partículas más grande que existe es el Gran Colisionador de Hadrones (LHC por sus siglas en inglés), con un circuito de veintisiete kilómetros en el que los protones se aceleran hasta un 99.99999% de la velocidad de la luz. Dos haces de protones ultra acelerados, que circulan en sentidos opuestos, se hacen colisionar en varios puntos estratégicos del circuito, donde unos detectores tan descomunales como el acelerador capturan los fragmentos desprendidos en las colisiones. El estudio de estas trizas hace posible contrastar las predicciones de los modelos teóricos (como, por ejemplo, la existencia del famoso bosón de Higgs) y nos ayuda a entender un poco mejor el mundo que nos acoge. ¡Quién sabe la de misterios que podremos resolver gracias a estos enormes microscopios!

Acelerador de partículas

El universo esconde
entre los átomos
sus secretos más íntimos
y sus escándalos.
Los encapsula
en balas de energía
muy diminutas.
¡Ay, acelerador,
enorme microscopio
de lo pequeño,
que estalle en tu interior
el albor misterioso
del universo!

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Pablo Fernández de Salas

 

Nota sobre el poema: Estos versos fueron seleccionados entre los diez ganadores de un concurso de micropoesía científica a cargo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Enlace al anuncio de los ganadores.

Nota sobre los aceleradores de partículas: Si os sentís cómodos escuchando inglés, la doctora en física Laura Barranco Navarro nos habla en el siguiente vídeo sobre el Gran Colisionador de Hadrones y cómo este nos ayuda a entender el universo: http://video.albanova.se/ALBANOVA20211104/video.mp4. La charla empieza en el minuto 2, tras una introducción en sueco e inglés de parte del presentador.

Vientos de otoño

La ciudad amanece tarde y se acuesta temprano, con los ojos enrojecidos y dispuestos a cerrar sus párpados para dormir durante el invierno. El bosque comparte el cansancio y se desprende de sus sueños de primavera —ya maduros después de un largo verano—, cuyos fragmentos describen en el aire una errática travesía antes de pararse en el suelo. Tan solo el capricho de los vientos de otoño puede volver a avivar sus almas, hasta que el invierno los calme para siempre y los convierta en abono de los sueños de la próxima primavera.

Vientos de otoño

Ya soplan los vientos de otoño,
ya marcha en las calles mojadas
su ejército de mariposas
de alas ocres y limonadas.

La ciudad emprende el camino
hacia los sueños del invierno,
llevando un pijama tejido,
del verano, con sus recuerdos.

El cansancio adormece el aire
y entorna los ojos del cielo,
cuya juventud palidece
entre nubes en blanco y negro.

El alma del bosque se aleja,
desprendiendo sus esperanzas
caducas, forzada a un retiro
de horas muertas y noches largas;
mil retales de su pasado
mariposeando en las calles,
al capricho de pardos vientos
que presagios de invierno traen.

Ya vuelan los sueños de otoño;
ya toman las calles mojadas
sus suspiros, sus tonos sordos.
Ya apaga sus velas el bosque
con los bostezos de Estocolmo.

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Pablo Fernández de Salas

El poder de la imaginación

La inocencia es un estado que no suele durarnos mucho. La vida nos abraza, en un momento u otro, y nos somete a pruebas que difícilmente pasamos sin enraizarnos un poco más en el suelo. La sociedad nos guía; nuestro entorno nos educa, y una gran parte de quienes acabamos siendo se lo debemos a nuestras primeras familias, tanto consanguíneas como sociales. A veces es difícil apartarse del camino; a veces es difícil buscar nuestros propios pasos. Sea como sea, nunca dejamos de aprender; nunca dejamos de adaptarnos y de remodelar lo que nos define. No obstante, todos tenemos una habitación interna aislada del mundo, una semilla que trata de vencer el instinto de echar raíces. En ella, la imaginación se desborda, alimentándose de sí misma. El tiempo apremia y el presente no deja de avanzar, perseguido por el pasado y precipitándose en las inconstantes brumas del futuro. Sin embargo, mientras los muros de esa habitación mantengan su resistencia, la imaginación podrá traspasarlos a su antojo, inmune a los efectos de sus incursiones gracias a ese poder superior que solo la imaginación puede imaginar.

El poder de la imaginación

Puedo imaginar las nubes
como pedacitos de blandos sueños,
el verano sin calores
e ir a la playa en invierno.
Imaginar un despertar liviano;
ser agua que en río fluye
dejando atrás el pasado.

El tiempo, a mi capricho:
camaleónica faz de emociones,
reflejo de mis sentidos.
Toque el viento mis canciones
mientras imagino un alma en la vida
y un dios que no sea justo
pues no hará falta justicia.

También puedo imaginar
que mi imaginación calla. Silencio.
Sordo el bramido del mar
y mudo el oído eterno.
Cerrar la cortina a la libertad.
Apagar el sol del cielo.
Borrar la orilla del mar.

Suena más dulce la flauta
que se embebece en sus propios segundos,
que la que dócil consagra
su tempo al ritmo del mundo.
Es más grato, más puro, su lamento;
más inocente si vibra
soplando su propio viento.

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Pablo Fernández de Salas

Rimas malnacidas

Enfrentarse a una página en blanco puede suponer un reto. Las posibilidades son tantas que no siempre sabemos cómo centrarnos en esas frases que nos interesan. Sus fantasmas aparecen sobre el papel, visiones de historias en potencia luchando por llamar nuestra atención. Irónicamente, esta ebullición de ideas nos causa más problemas que soluciones nos ofrece. Incluso cuando ya hemos escogido el argumento principal de nuestra historia, ¿cómo desarrollarlo? ¿Cuál de los infinitos desvíos que apuntan hacia la misma meta nos lleva por senderos más sorprendentes? Las tentaciones son demasiadas, las opciones excesivas, y la mente se bloquea para no quedar inundada por las posibilidades. A veces el azar decide por nosotros; otras veces un impulso incomprensible nos guía, y pocas son las ocasiones en las que el camino correcto está señalizado sin ambigüedad. No obstante, cuando recorremos el trayecto solemos encontrar rutas alternativas más atrayentes, y entonces nos dedicamos a explorar. Los frutos de esta exploración pueden ser esos tesoros únicos que no hubiéramos descubierto en el camino marcado, aunque la mayoría de las veces demos con joyas extravagantes cuyo valor no sabemos calcular. Estas joyas grotescas tienen un brillo propio, demasiado propio, de hecho, para encajar bien. Son rimas desafortunadas, ecos de una grandeza inexistente, de un futuro que no será y un pasado que nunca fue. Rimas que manchan la página en blanco, robándole oportunidades. Rimas que han llegado al mundo desorientadas, envueltas en la envidia de otras rimas que no lo consiguieron y la repulsa de aquellas demasiado afortunadas para sentir empatía. Rimas sin poema. Rimas malnacidas.

Rimas malnacidas

Es al ver tu mirada
cuando el miedo despierta,
el terror a esos ojos
de pupilas desiertas,
iris inexistente
y esclerótica eterna.
Tu superficie intacta,
campo de dudas.
Pares de versos cuánticos
entre tu bruma.
Rimas que saltan
desde una seguidilla,
mas no colapsan.
Sobre tu blanco cielo
titilan mil astros de tinta negra,
palabras azules y rojas letras…
que se disipan luego.
Un romance deja ver
sus cabellos de ocho metros
en una mata que crece
a la sombra de mis dedos,
mas como viene se va;
el viento barre sus pelos.
Si en esta nieve virgen
de tu mirada
busco dejar mi huella
con las palabras,
llegan las nubes
con celosas ventiscas
y me las cubren.
Estrofas como parches
que se solapan
van dejando en tu piel
sus feas marcas,
cicatrices de trovas
que mal encajan.
Rara belleza
la de las notas muertas,
la de tachones grises,
la de huérfanas letras.
Solemne vista
la que tu miedo inspira:
epitafios en verso
y un cementerio
de rimas malnacidas.

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Pablo Fernández de Salas