El cometa Neowise

Temidos y venerados en la antigüedad, los cometas pueden ofrecer una vista espectacular en el cielo. Apenas una mota de hielo y roca para las escalas astrofísicas, los cometas desarrollan sus colas al acercarse al sol. Los materiales que forman los cometas se encuentran congelados durante su trayectoria espacial, pero el calor procedente de nuestra estrella provoca un desprendimiento de gas y polvo que da lugar a las famosas colas.

Durante el mes de julio hemos podido disfrutar del paso del cometa C/2020 F3, también conocido como Neowise en honor al telescopio espacial por el que ha sido descubierto. Visible desde el hemisferio norte, no ha sido fácil observarlo desde Estocolmo, donde los largos días de verano dan poco margen a la oscuridad. Aun así, con el recuerdo del sol todavía brillando sobre el horizonte, hay quien ha logrado ver el paso del cometa con su melena azotada por el viento solar.

Neowise

En un soplo de brisa,
que estremece los árboles del parque,
muda su azul el cielo
hasta un zafiro oscurecido, negro
en el sur, veteado de diamantes,
y en el norte sangrante turmalina.
Hacia el este, balcones de riqueza
con vistas hacia la humilde pradera
que se extiende al oeste;
cabellos esmeralda
con mil canas de oro
que la noche tiñe de gris y plata.
Justo donde la pradera se funde
con la pompa y las casas,
dos bancos de madera
custodian una mesa
que está siendo ocupada
mientras el universo se descubre.
Tres ojos apuntan al noroeste;
dos vestidos de cielo,
en inquieto silencio,
y un tercero inmóvil y de iris negro
manteniendo sus párpados abiertos.
Tres ojos muy atentos
a la desnudez del perenne espacio
a la par que se perfilan los astros.
Un espacio inmortal e interminable;
unos astros de talante implacable.
En un soplo de brisa
la oscuridad se asienta,
los árboles tiritan
y los ojos observan.
En el norte, un resquicio escarlata:
luz del sol, sangre y fuego.
Ardiendo, al noroeste se escapa
una herida en el cielo.

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Pablo Fernández de Salas

 

Lenguaje de signos

La comunicación es una parte fundamental de nuestras vidas. Ser capaces de expresar lo que sentimos, lo que queremos, lo que hemos hecho… Sin comunicación, aislados de cualquier contacto con otros seres humanos, las personas nos convertimos en grises sombras de lo que podemos ser. No digo que no exista quien prefiera la soledad, pero en general somos más felices cuando podemos compartir nuestras vivencias y ser una parte activa de la conversación. Desafortunadamente, no todos disponemos de las mismas herramientas para comunicarnos, y a veces la vida misma nos priva de alguna sin ofrecernos la posibilidad de elegir. Pero eso no impide que exprimamos nuestros recursos y exploremos nuevas vías de expresión.

El medio de comunicación más habitual es la palabra, y su forma más común el habla a través de nuestras voces, reforzadas, tal vez, por los gestos de nuestras manos. Unos gestos que en ocasiones conforman en solitario las palabras. Unas palabras silentes que toman protagonismo cuando los sonidos sobran, pero las manos bastan.

Sobran los sonidos

Qué agradable es el silencio
que anda lleno de palabras;
qué agradables son sus besos,
qué agradable su mirada,
cuando se sienten sin miedo,
cuando se observa de gana.

Qué agradables esos gestos
de dos manos desatadas;
ese armónico paseo
de aquí a allá, sube y baja,
mientras describen un cuerpo,
mientras dibujan un alma.

Qué agradables son los dedos
tamizando la alborada
desde un cuartito pequeño
alumbrado por el alba,
por las ramas de un almendro
y una risa fuerte y clara.

Qué agradables son los versos
que componen con su danza.
Qué agradable es ese encuentro
que transcriben mientras bailan
para dos ojos atentos
a la mudez de su labia.

Afuera, varios jilgueros
la banda sonora cantan
para esa dicción sin eco,
sobre el almendro y su grada.

Dentro, dos perlas de cielo
escuchan con la mirada
el susurro en movimiento
de una voz viva y callada.

Las manos mueven los dedos,
una boca acostumbrada
a pronunciar en silencio
lo imposible a su garganta.

Las manos mueven los dedos
como danzarinas ramas,
ramas que imitan su aliento
alertas tras la ventana.

Las manos mueven los dedos
y orquestan con sus palabras
la risa de un compañero
para el que las manos bastan.

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Pablo Fernández de Salas

 

La hombría de la ciencia

Esta es solo una pequeña gota para ilustrar un problema de pasado presente y futuro incierto. No hace falta que os lo muestre con palabras de más, pero no quisiera presentarlo con rimas de menos. Vivimos una realidad desequilibrada, en la que la balanza que pesa los méritos y la valía de las personas tiene en cuenta su procedencia, el color de su piel, su sexo; una realidad que se construye sobre unas bases ya torcidas y unos cimientos tan arraigados como parciales.

Afortunadamente, las personas parecemos evolucionar hacia una sociedad mejor con el paso de los años. Pero este avance no consiste solo en creer que está sucediendo. Nuestra es la capacidad de cambiar el mundo. Nuestra es la obligación de hacerlo. Esta no es más que una pequeña gota que espera caer sobre las aguas del cambio.

La hombría de la ciencia

A hombros de gigantes dicen que avanza,
hombros de unos pocos privilegiados
que, faltos de necesidad, antaño
pudieron jugar a hacer ciencia en casa.

Luego se extendió hasta humildes moradas
donde otros gigantes también se alzaron.
Pasito a pasito, se coronaron;
de la ciencia el cauce se hinchió de agua.

A día de hoy parpadea otra chispa,
buscando mezclarse en fragosas llamas.
Tan solo han prendido las que más brillan.

La ciencia espera, su presencia clama.
Algún día no harán falta heroínas
para hombros tener de varón y dama.

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Pablo Fernández de Salas

El corsario Barbarroja

El mar atrae a las personas en cuanto las temperaturas comienzan a ser agradables. Y no solo el mar, sino también los ríos, los lagos menores y los grandes océanos; la promesa de un chapuzón refrescante es lo que cuenta. También nos gusta pasar el tiempo contemplando su paisaje, con la mente en otros asuntos mecida por el arrullo de las olas.

Pero playas y mares no han sido siempre tan seguros como lo son hoy en día. Hubo una época en la que esa invitación de pasar un rato agradable que nos ofrecen hubiera llegado manchada con la amenaza de la piratería. Las personas dependemos del agua, no solo por la pesca y el beneficio del propio líquido, sino por la ventaja que supone de cara al comercio. Y de eso eran muy conscientes los piratas, que asaltaban barcos mercantes para hacerse tanto con su cargamento como con los tripulantes o incluso con los navíos.

Sin embargo, no todos los atacantes actuaban por cuenta propia; algunos se embarcaban en actos de piratería con la venia de sus naciones, que veían en ellos la posibilidad de perjudicar a los países enemigos. Quienes actuaban de esta manera recibían el nombre de corsarios, y algunos llegaron a ostentar cargos y títulos muy importantes. Entre los nombres de los corsarios más conocidos destaca el de Jeireddín Barbarroja, quien mantuvo en jaque las costas del Mediterráneo, durante la primera mitad del siglo XVI, bajo el auspicio del Imperio otomano.

Ave de costa

Ave de costa, negra mirada;
ave de costa que miedo inspira;
ave de costa, costa maldita;
ave de costa de rojas barbas.

Ave de costa que su ala asoma
cuando vibran los versos,
cuando riman las notas.
Ave de costa que al pueblo azota,
rojas sus barbas; ave de costa.

Ave de costa en navío bravo,
libres los vientos a su costado;
ave de costa que altiva vuela;
ave de costa, costa que tiembla.

Ave de costa turca otomana,
ave de costa antaño romana,
ave de costa en aguas foráneas,
ave de costa mediterránea.

Ave de costa que al pairo sufre,
pero medra en la niebla
y las noches sin lustre.
Ave de costa de media luna,
sin cruz que asome entre sus plumas.

Ave de costa temida y fiera,
que en fugaz zambullida
esclaviza a sus presas.
Ave de costa; llantos y lágrimas.
Ave de costa; ruegos y dádivas.

Ave de costa de vida eterna;
ave de costa, mirada negra;
ave de costa que el viento lleva;
ave de costa tras su leyenda.

Ave de costa que alza su voz;
ave de costa e insurrección;
ave de costa, roja pasión.
Ave de costa hecha canción.

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Pablo Fernández de Salas

Trabajo y resaca

A nadie le gusta la horrible sensación que supone levantarse con ese martilleo que duele como si las neuronas estuvieran haciendo reformas en nuestro cerebro, y que nos deja tan desorientados como al leer una frase demasiado larga cuando no se está prestando la suficiente atención. Un palpitar constante, un mareo repentino cuando giramos la cabeza en busca de agua y el deseo de cerrar los ojos y esperar a que pase la tormenta. Pero no es la bebida la única capaz de destrozar nuestra mente hasta ese extremo. A veces nos sumergimos tanto en una tarea que nos obcecamos y no somos capaces de reaccionar ante las señales de alarma que empiezan a aparecer, como por ejemplo que el reloj marque las dos de la madrugada cuando todavía no nos hemos levantado ni para preparar la cena.

Esta obsesión casi repentina por llegar hasta el fondo de un asunto es frecuente en algunos científicos. Podría pensarse que es el producto de su amor por su trabajo, pero dudo mucho que estos episodios sean saludables. Un buen científico tiene que saber encontrar el justo equilibrio entre su trabajo y otros aspectos de la vida, incluso si ello implica levantarse del escritorio, tras largas horas de dedicación, sin haber resuelto el problema. Después de todo, a nadie le apetece despertarse sin saber si las punzadas de dolor son el producto de una noche de fiesta o el resultado de un sobreesfuerzo innecesario.

Los parámetros de la resaca

Abre la puerta a los sonidos
que empañan la mirada ausente;
cualquier cosa es un sinsentido
para mi adormilada mente:
pensar no puede.

El recuerdo se filtra en gotas
que a ritmo lento se desprenden.
Poco a poco nacen y engordan;
se inflan, brillan y se mecen.
Caen… Y mueren.

Aroma a un café matutino,
el portátil, unos papeles.
Las llaves, el despacho, ruidos.
Ecuaciones, risas y gente.
Cerveza fuerte.

El trabajo embota su juicio,
la resaca asalta mi mente.
Burbujas de alcohol impreciso
que enturbian un bosquejo en ciernes.
Dolor latente.

La memoria es un laberinto
que se expande salvaje y crece.
Mil espinas, verjas con pinchos
y bocas que aferran sus dientes.
Y luego muerden.

Números que en la cama yacen,
botellín cuyo vapor duele.
Mi cerebro la escena barre
y tras la puerta el polvo extiende.
Cierra… Y duerme.

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Pablo Fernández de Salas

La vida en las aguas del tiempo

Planeamos, nos preparamos y organizamos. Diseñamos, calculamos y programamos nuestro siguiente paso. Con un ojo pendiente de nuestro pasado y el otro fijo en el futuro que esperamos conseguir, el presente se nos escapa, tornado invisible por nuestra propia voluntad. Después de todo, por mucho que insistamos en alcanzar una meta, por muy bueno que sea el navío en el que nos embarquemos, las aguas del tiempo pueden empujarnos hacia situaciones impredecibles. Entonces caemos, llevados por la corriente, confiando en sobrevivir hasta el siguiente remanso de tranquilidad; disfrutando, si se puede, del cosquilleo de la caída y la emoción de lo inesperado. Así es como la vida nos hace más fuertes. Así es como nos hace sentir vivos.

En las aguas del tiempo

Sube y baja con las olas del tiempo,
las tormentas que estallan
y los calmos momentos.
Sube y baja al compás de la marea,
a capricho del agua
cuando el tiempo trasiega.

La vida surge en pendientes agudas
y derrama su esencia
de laguna en laguna.
La vida nace en torrente y se amansa,
luego vuelve a caer
y de nuevo se aplaca.

Sube y baja sobre océano eterno.
Sube y baja mientras bate los remos.

Su mirada está fija,
el destino la aguarda,
mas el tiempo no fía
y moldea las aguas:
veleidoso, el estanque vacía
desde airada cascada.
Cae, succionada entre lluvia fina;
cae su espuma blanca.

La vida medra en pendientes agudas,
cuando cambian las aguas,
cuando el flujo transmuta.
Sube y baja con las olas del tiempo,
las tormentas que braman
y los tensos silencios.
Sube y baja sobre océano inmenso,
donde boga asustada,
donde extiende sus sueños.

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Pablo Fernández de Salas

 

Centellea, centellea

Hace ya un año que escribí la primera entrada de este blog, un proyecto con el que sigo tan ilusionado como al principio. Por supuesto, quisiera agradecer la visita a todos los que se han pasado por aquí, y espero que hayáis disfrutado con la lectura de estos versos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

En la primera entrada (podéis visitarla aquí), donde explicaba el nombre de este blog, presenté un poema sobre los neutrinos, unas partículas elementales cuyo estudio no deja de fascinarme. Es por eso que me parece adecuado cerrar el primer año de vida del blog con otro poema dedicado a ellos.

La versión original de Centellea, centellea, nombre del poema que presento, la escribí para un concurso organizado por el experimento IceCube, el pasado mes de abril, en el que seleccionaron semanalmente los mejores poemas sobre astrofísica y los difundieron a través de sus redes sociales. Por supuesto, esto implicaba que el poema debía ser escrito en inglés. La composición que yo presenté, un soneto titulado Twinkle twinkle, vio la luz el 24 de abril (aquí tenéis un enlace al tweet original).

El poema cuenta la historia de un neutrino de origen incierto, del que se sospecha que puede venir del interior de una estrella, tal vez de una supernova. Sin embargo, el propio neutrino cree haber nacido en un ambiente más convulso. Por eso, tras dejar a su muerte una traza de luz Cherenkov en un telescopio de neutrinos como IceCube, el propio neutrino pregunta a los científicos si son capaces de discernir su procedencia. Los que hayan oído hablar de IceCube y conozcan las energías a las que el experimento es sensible, intuirán que es muy difícil que este neutrino provenga de una supernova, dado que el espectro de energías de este tipo de neutrinos es demasiado pequeño.

Para que podáis disfrutar mejor de los pensamientos de nuestra pequeña partícula, además de la anterior explicación de Twinkle twinkle, he querido arriesgarme a traducir el poema. Por supuesto, hay elementos que cambian con respecto a la verión original, pero considero que son cambios necesarios en beneficio de la rima.

Centellea, centellea

Nacido en soledad, en soledad muerto.
Apenas dos chispas, todo lo que he visto:
condiciones extremas entre el vacío.
Mi vida ha transcurrido del fuego al hielo.
Empezó con presión; presión, sangre y fuego.
Todo quemaba y giraba sin sentido,
lo que quiera que sea lo que haya sido.
Alguien me dijo: «de una estrella un segmento».
Pero yo creo que fue, de un «bang», algo más,
lo que me sacó del infierno al espacio,
hasta que sentí un frío golpe frontal
y desaparecí en luminoso trazo…
Dime tú, científico, sabio y veraz:
¿ves en la luz de Cherenkov mi pasado?

Enlace al soneto original, en inglés: Twinkle twinkle.

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Pablo Fernández de Salas

 

El poeta a la rosa

Con el buen tiempo las flores se estimulan, y su estado de ánimo se transmite a través de su tersura y sus colores. Puede que entre las flores haya sido la rosa la más admirada por los poetas, o puede que los poetas hayamos sido objeto de admiración de las rosas y hayamos caído presa de sus hechizos. Lo cierto es que hay algo especial en los rosales, un aire de misterio, una luz que atrae nuestra curiosidad. Quién sabe, tal vez bebamos de la misma agua. En cualquier caso, su secreto está bien guardado por sus espinas. Pero ¿qué oposición pueden suponer las espinas frente a estos días soleados de mayo?

El poeta a la rosa

Si te imaginas los versos
cayendo como el relente,
posándose suavemente
en tus pétalos abiertos;
entonces, ¡ay, rosa mía!,
humedécete en los labios,
en las caricias y encantos
de nuestra amada poesía.

Si al respirar te emocionas
y su pasión te enrojece,
y su tacto te estremece,
no te ocultes, ¡ay, mi rosa!
Que tus espinas enhiestas
se reblandecen al roce
del poeta, rojo broche
brillando en cendal de estrellas.

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Pablo Fernández de Salas

 

El viento de las palabras

Hoy se celebra el Día Internacional del Libro. Un día en el que las historias cobran vida, los árboles murmullan coplas entre ellos, la hierba se agita, los pájaros prestan atención y las olas del mar se encrespan con furia empujadas por el viento de las palabras.

Escuchemos su sonido…

El viento de las palabras

Caen la tarde y sus horas mansas
cuando cálamo y papel se besan.
A su conjuro, el aire brama
y, cargado de mágica fuerza,
el viento se aleja.

Sobre el papel, pluma descuidada
vertiendo de los cuentos su esencia;
una sombra que crece y que empaña
cubriendo la realidad de niebla.
El viento se aleja.

Abstraída desde la terraza,
ajena al frío, la mente vuela.
La mano despereza su pausa
y, junto al aire, dejar se lleva.
El viento se aleja.

Trina el ruiseñor desde su rama
exhibiendo sus notas más bellas.
Entre sus plumas el viento indaga.
Duda el ruiseñor… su canto cesa.
El viento se aleja.

Abren sus ojos blancas pestañas,
blancas y rosas, rosas y tiernas.
Terso es el fruto que el viento alcanza,
besa y provoca… cae la cereza.
El viento se aleja.

Vuela el viento sobre espuma blanca
insuflando su orgullo a las velas.
Un cañón retumba cuando pasa,
lo distrae el susurro… y yerra.
El viento se aleja.

Dunas de arena que al sol avanzan
cuando sus granos revolotean.
Cae la noche y los granos callan,
sin vida, como células muertas.
El viento se aleja.

Entre caballeros y piratas;
sobre castillos y fortalezas;
en la intimidad del sol de plata;
por desiertos, mares y arboledas…
el viento se aleja.

La noche está pronta, la luz vaga,
el calor reclaman las estrellas
e incluso el viento de las palabras
pierde el ímpetu que lo sustenta.
El viento se aleja.

Tiembla una mano, tiembla y cabalga
sobre el papel en su pluma negra.
El aire se agita en la terraza.
La mano para. Las hojas vuelan.
El viento se aleja.

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Pablo Fernández de Salas

 

Nota sobre el poema: estos versos han sido compuestos originalmente para una entrada, también publicada hoy, en el blog palabrasparahacertiempo.

Florecer del cerezo

En estas últimas semanas no todo ha sido malas noticias. La llegada de la primavera empieza a notarse en los campos, donde ahora predomina el verde moteado de intensos colores aunque debamos verlos a través de una ventana, ya sea real o virtual.

Cuando las primeras flores se abren, la naturaleza ensaya sus primeras notas, escribe sus primeros versos y tantea las primeras líneas de un dibujo que promete ser una bella composición.

Tal vez lo único perturbador sea pensar en la similitud que hay entre el inicio y el final de las cosas. La apertura de una flor no solo indica un comienzo, sino una conclusión tras un largo proceso.

¿Qué simboliza, pues, la apertura de una flor? ¿El principio de la vida misma o justo ese instante cuando esta termina?

Flor de cerezo

La nota rompe el silencio
con las ondas de un «te quiero»,
como una gota de agua
y la estela de su beso.
Otra nota se desnuda,
dejando caer su atuendo
sobre el espacio infinito
de los ecos del silencio.
Poco a poco, nota a nota,
la armonía va surgiendo.
Tañidas con parsimonia,
sus hojas se van abriendo.

La rima prende el poema
con la voz de una promesa,
como una primera cita
que se despide a la espera.
Otra rima la persigue,
sacudiendo sus pavesas
con el mismo abrir de ojos
y el mismo sol que la observa.
Poco a poco, rima a rima,
la poesía se despierta.
De metáforas henchida,
sus versos se desperezan.

El trazo bautiza el lienzo
con la sombra de un secreto,
cual tinta de cerradura
en piel de portón añejo.
Otro trazo se dibuja,
derramando su misterio
con acuarelas mojadas
en los suspiros de un beso.
Poco a poco, trazo a trazo,
la pintura va creciendo;
su intimidad aflorando
y sus formas definiendo.

El cuark vibra en el vacío
siendo la nada su nido,
como esa muda palabra
o ese grito sin sonido.
Otro par de cuarks lo imitan
desafiando al destino,
con la eternidad pendiente
de su corazón en vilo.
Poco a poco, cuark a cuark
y en diminutos latidos,
brotan ánimas de paz,
núcleos de sabor dormido.

Nota a nota, rima a rima,
trazo a trazo, cuark a cuark.
Como una tierna caricia
que llega sin avisar,
el cerezo abre sus labios
frente a la risa del mar:
límpidos, tímidos pétalos
que sonríen por igual.
Nota a nota, rima a rima,
trazo a trazo, cuark a cuark.
En un bostezo la vida
desemboca en su final.

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Pablo Fernández de Salas