Un viento que pase (elegía)

Hay cierta magia en la luz de las farolas. La imagen de una calle solitaria, un parque abandonado o incluso la silueta de un árbol casi desnudo adquieren un tinte especial, melancólico y seductor a un tiempo. No transmite los mismos sentimientos el reflejo de ese resplandor afligido sobre las hojas de los árboles, sobre todo en otoño, que la claridad de un día soleado o incluso la monotonía de un cielo plomizo. El anaranjado resplandor de la farola convierte la escena en una obra de arte muy especial, pintando con su claroscuro una escena centrada en unos cuantos elementos solitarios. Esa magia, junto a las desventuras de los tiempos modernos, ha sido la que ha alimentado los versos del siguiente poema.

Un viento que pase

Miro a la oscuridad
aterciopelada que campa tras la ventana.
Y esa oscuridad,
como un solo ojo, me devuelve la mirada.

Mirada, ¡ay!, de esquivar imposible,
que engulle la única luz visible.

Suspiros de farola;
hojas de un árbol con su brillo roto
lanzando embrujos sobre los despojos;

un fantasma de otoño:
el reflejo de llantos amarillos
en espera de caer en sollozos.

El alma de unos ojos
que antes observaban un mundo verde,
ahora cubierto de cobres y rojos.

El tiempo echará de menos tu risa;
los días extrañarán tus viajes;
la noche, el chocar de tus bebidas,
y la humanidad, ponerse tu traje.

Tiembla la luz difusa,
acuoso espectro en las hojas del árbol,
como tiembla el ojo que la oscuridad captura.

Ahora que ya te has ido
mencionan tu nombre bocas y lenguas.
¿Para qué honrar al vivo
si puede esperarse hasta que se muera?

La oscuridad me tiene
preso de su locura,
atrapadas cordura
y confianza en sus dientes.

La oscuridad aprieta
hasta que ilusión sangra,
optimismo se espanta
y el ánimo se agrieta.

Vuela, esperanza, vuela,
y escapa de sus fauces.
Encuentra a Libertad, ruega que vuelva,
y que este virus sea un viento que pase.

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Pablo Fernández de Salas

Ondas gravitatorias

La conexión entre la masa de un cuerpo y la esencia misma del espacio-tiempo puede dar lugar a fenómenos inusuales. Estos eventos se propagan por la compleja red del universo, salvando distancias difíciles de imaginar, como difícil de imaginar es la naturaleza misma de los sucesos. Aparentemente en calma, la matriz del espacio-tiempo contiene los susurros de extraordinarios lances ya pasados; murmullos que transitan desapercibidos, atravesando tiempo y espacio.

Hace apenas cinco años que la humanidad aprendió a escuchar estos susurros, encontrando así un nuevo método para investigar los secretos del universo. Secretos que involucran, por ejemplo, la última danza de dos amantes que se aproximan lentamente durante un cuidado cortejo, para, finalmente, sacrificarse dando a luz a un nuevo agujero negro.

Ondas gravitatorias

Hay un rumor en el aire
que habla de tiempos pasados,
distancias inconcebibles
y amores insospechados;
de eventos sin parangón;
de hechos extraordinarios;
de pasiones desatadas
en un violento espectáculo.

Hay un rumor en el aire
que resuena en las cavernas,
en el polvo del desierto
y en las venas de la ciencia.
Un rumor que se propaga
del Universo en su esencia,
sobre el tapiz de su alma,
y hace que tiemble la Tierra.

Es el rumor de la muerte
y el rumor de un nacimiento;
rumor que vibra en las lentes
de largos brazos abiertos.
El rumor de dos estrellas
tras un extenso cortejo;
el rumor de su contacto
y el rumor del postrer beso.

Es el rumor de la vida
que en su seno se ha gestado,
de esa negrura infinita
que nos deja anonadados.
El rumor de un solo ojo,
de una brecha en el espacio;
el rumor de su apertura
y el rumor del primer llanto.

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Pablo Fernández de Salas

Invitación al abuelo

Cuatro primos: dos pares de hermanos distanciados en edad de manera intercalada. Un abuelo común que emigró a Alemania, de donde se trajo de vuelta a España, además de unos cuantos años más de vida y toda una experiencia para el recuerdo, a una esposa y a tres hijos. Dos de los primos comparten un paseo por la tarde con la pareja de ancianos, quienes reviven su pasado más joven al pasar por delante de la iglesia en la que se casaron, disfrutando de sus dos nietos mayores durante una visita de vacaciones a Alemania.

Años más tarde, la escena se repite en la mente del menor de los dos primos que estuvieron en el viaje, mientras el mayor descansa en su casa, ya casado. El que recuerda el momento lo hace desayunando en una ciudad estadounidense, y su prometida lo espera a miles de kilómetros de distancia, en Suecia, mientras el resto de su familia continúa con su vida en España.

Es febrero, la semana previa a los carnavales, y la musiquita del pasodoble de la comparsa Los carnívales se mezcla con el recuerdo de aquel paseo. Poco después, una mano vuela sobre las promesas de un papel pensando que ya es hora de componer una nueva letra: sabiendo que ya es hora de redactar esa debida carta.

Invitación al abuelo

Hace mucho que tendría
que haber moldeado la tinta
para dar forma a esta carta.
Temiendo no estar a tiempo
de almacenar el recuerdo,
ahora lo hago en la distancia.

Caía una lluvia fina,
paseando, aquel día,
por la tudesca ciudad,
y fue pasando una iglesia
cuando, de forma discreta,
nos preguntaste sin más.

Yo entonces desconocía
la importancia del lugar
y no supe dar respuesta.
Tú sonreíste al compás
del misterio que creabas
en unos pequeños mozos.
La vida cambia las tornas:
uno ya tiene su propia historia
y falta el otro,
más los dos pequeños pillos
que nos persiguen al loro.

Dando pasos al futuro
repetimos el pasado.
Lejos de lo que conozco,
veo a través de tus ojos
aunque yo no esté emigrando.

La familia a diez mil millas,
otras tantas separada:
la distancia así la siento
diga lo que diga el mapa.

Nos volveremos a ver
y podrás deleitarnos con tu historia otra vez.
Ojalá tu memoria se intente portar bien
guardando lo que te anuncio en la carta.

No queda mucho, qué va;
apenas unos meses y otra historia tendrás.
Abuelo, aguanta un poco esa mente de cristal
que otro nieto se te casa.

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Pablo Fernández de Salas

Aroma a bollitos de canela

El olfato puede hacernos viajar a través del tiempo, trasladando nuestra mente a vivencias pasadas que de otra forma permanecerían sumergidas en nuestros recuerdos. En mi caso, el aroma a canela de un bollo recién calentado, mezclado con el del café, me lleva de vuelta a los viajes en metro para ir a trabajar, cuando el desplazamiento diario era parte de la rutina.

Hoy, 4 de octubre, se celebra en Suecia el día nacional del bollo de canela, y su olor ha vuelto a llevarme a través de los meses hasta esas mañanas frescas del pasado febrero, poco antes de que cierto virus decidiera parar el mundo.

Aroma a bollitos de canela

Un olor me despierta en la mañana
cuando, dormido, penetro en su boca;
un guijarro más en tallada roca;
venas de hierro hasta la tramontana.

Un olor dulce que aviva mi gana
desde el momento en que mi nariz toca.
Pliegues de harina y azúcar no poca.
Aroma a pasión y emoción cercana.

Olor de una jornada matutina,
de vida tranquila y felicidad.
Olor a canela y sabores cuerdos.

Olor a trabajo, olor a rutina,
olor al vaivén de la realidad…
Olor que ahora vive de los recuerdos.

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Pablo Fernández de Salas

Equinoccio

Hace poco hemos pasado el equinoccio de otoño (en el hemisferio norte), una época de transición en la que el día y la noche duran exactamente lo mismo. El cambio entre estaciones no es un cambio brusco, aunque tampoco se trata de un proceso suave y delicado. Conforme el sol cede su protagonismo a la luna, los días fríos se hacen más frecuentes y la naturaleza se prepara para el invierno. En los países nórdicos, donde el sol sufre más el cansancio tras el largo verano, el otoño se llena de días cortos y de sombras largas. Al mismo tiempo, los árboles presentan su propio anochecer y cubren el suelo con sábanas doradas.

Equinoccio

El sol bosteza al oeste
destellos de atardecer.
El aire descansa calmo;
sus ojos densos, cansados;
su cuerpo tenso y cargado;
su mente de sombra y miel.

Sombras de cuerpos delgados,
de troncos estilizados,
de pasos agigantados;
sombras de cobriza piel.

El sol bosteza al oeste
sobre los campos y bosques;
su fulgor se va apagando,
su pasión busca la noche.

La luna espía en el cielo,
pálida, llena de envidia.
En su rostro se adivina
el fantasma del invierno.

Una hoja se desprende,
acunada en su silencio.
El sol bosteza al oeste,
de atardecer sus destellos.

Agotado, enrojecido,
el cielo olvida su abril.
Ya anochece, muere el día,
y un lucero alumbra el fin
entre oxidados colores
(bajo una manta de añil)
que los árboles imitan
disponiéndose a dormir.

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Pablo Fernández de Salas

El cosmólogo

Qué impresionante sería poder describir la evolución del universo, desde su posible comienzo hasta su posible final, o desde un instante muy, muy lejano en el pasado hasta otro instante igualmente alejado hacia el futuro. Qué increíble sería concentrar en una región diminuta del espacio-tiempo la esencia misma del tiempo y del espacio. Qué maravilloso sería poder acceder a esa expresión matemática que, a pesar de su humilde apariencia, condense el pasado, el presente y el futuro de nuestro mundo. Qué inalcanzables sentimientos de alegría y gratitud pueden ir asociados a ese proceso de comprensión, desde que se entra en la sala y se toma la tiza, hasta que se devuelve al cajón, habiendo derramado su inesperada sabiduría en un pedazo de pared. Qué agradable es plantearse el porqué de las cosas e intentar contener las respuestas con un embrujo matemático. Qué apasionante es la labor del científico, tanto del profesional como del aficionado. Qué emocionante es la física. Qué bonita es la cosmología. Qué alucinante es, en definitiva, la investigación.

El cosmólogo

Rompe el silencio un chasquido,
un rápido tintineo
y la sombra de un zumbido.

Una luz inmaculada
pinta la pared de blanco,
de gris las mesas y bancos,
pero elude la pizarra:
un rostro desafiante
de intimidante mirada;
una negrura impactante:
la más oscura ventana.

Cinco dedos decididos
acechan sobre una caja.
Negra piel, claro objetivo:
la presa una tiza blanca.

Sin oponer resistencia,
la tiza vuela en el aire;
aquí y allá taconea;
la mano dirige el baile.

Figuras de polvo blanco
se forman con esta danza.
Símbolos que van cuajando
sobre la negra pizarra.

Sin música, pero a tiempo,
la mano dirige y baila,
con un silente concierto,
a ritmo de tiza blanca.

El universo se expande
y muestra toda su historia,
plasmada con blanca sangre
desde el Big Bang hasta ahora.
Los fotones primordiales,
sus más oscuros secretos,
mil y una realidades
en matemático verso.

La luz blanca está zumbando
mientras transcurren las horas.
Estrellas de tiza flotan
en su ventana al espacio.

La luz blanca está zumbando
y la tiza taconea.
De pronto, se rompe el ritmo
y solo el zumbido suena.

Cinco dedos satisfechos
regresan sobre la caja.
Ya poblado el universo,
liberan la tiza blanca.

De las sombras el zumbido.
La oscuridad del espacio.
La nitidez de un destino
plasmado con polvo blanco.

Unos pasos. Una pausa.
El universo se expande…
Las ecuaciones se apagan.

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Pablo Fernández de Salas

Envidia de un escarabajo

Hay días que se nos hacen muy cuesta arriba, pero en muchos casos es a causa de preocupaciones que, pensadas a posteriori, realmente no suponen ningún peligro para nuestro bienestar. Sin embargo, es difícil no caer en este tipo de sufrimientos banales cuando se dispone de la capacidad para envidiar y soñar. Por ejemplo, nadie necesita verdaderamente ser rico (un buen sueldo que nos permita adquirir las necesidades básicas con holgura sería más que suficiente), pero nadie, o casi nadie, diría que no a un poco más de dinero. Muchas ansiedades se habrían podido prevenir si nos limitáramos a disfrutar de lo que ya tenemos.

El poema que presento tiene ya sus años, puede que en torno a quince, lo que me sorprende y asusta al mismo tiempo, pero el paso de los años sigue sin haber borrado la pregunta que me llevó a escribirlo en su momento: ¿no seríamos más felices si tuviésemos la capacidad intelectual de, digamos, un escarabajo?

Escarabajito andante

Escarabajito andante
en el rojo macetero
del comprimido salón
de la casa de mi pueblo.
¡Quién tuviera tu simpleza!
Con preocupaciones, cero.
Tan solo buscar pareja,
procrear… y después muerto.
¿Qué buscas con tus patitas
en el aire este tan quieto?
¡Ah, ya sé!, las hojas finas
que van a ser tu alimento.
¡Ay, simpleza que te guía!
¡Cuánto buscas con esmero
las necesidades mínimas
de una vida sin complejos!
¡Y qué si tu vida es corta!
¡Qué más da si eres pequeño!
Lo importante es que tus días
saben bien contar el tiempo.
Naces libre en este mundo
pues a él estás sujeto:
a su antojo, a su vagar,
y vas surcando sin remos
las aguas del ancho mar
sin ver cómo están fluyendo.
Sin disgustarte en tu andar.
Sin preocupaciones, cero.

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Pablo Fernández de Salas

 

Los sonidos del verano

Extraño es este verano recibir, desde la silla de una terraza, el zumbido de los insectos durante la noche, o dejar que el arrullo de las olas nos adormezca sobre las dunas de una toalla. Extraño, al menos, para algunos, mientras que para otros el verano sigue siendo el mismo verano que han vivido siempre.

Las especiales circunstancias de este año hacen que los sonidos del verano cambien de matiz. Solo debemos asegurar que dicho cambio nos permita recuperar en el futuro nuestro pasado, aunque para ello debamos ceder a cambio un poco de nuestro presente.

Los sonidos del verano

Rompen las olas del mar
en una playa desierta.
Suspiros de arena y sal,
burbujas de agüita fresca.
Las gaviotas, al gritar,
a otras gaviotas molestan;
sus picos de par en par,
como una casa sin puertas.
Suena la mosca al pasar,
zumbando sobre la arena;
de boca en boca ella va
moviendo sus alas negras.

Un herrerillo en el campo
pregunta por sus amigos.
Solo responden los sapos
y unos frenéticos grillos.
Los cascabeles de un árbol
agita un viento tranquilo,
sin neumáticos girando
en polvoriento camino.
Pasa la mosca volando
con su insistente sonido,
sus alas negras zumbando
de boca en boca a buen ritmo.

Las gaviotas en la arena
siguen riendo y graznando,
sin sus mascarillas puestas
ni la distancia guardando.
El herrerillo ahora espera,
disfrutando de un helado.
Sus amigos corretean
entre coches aparcados.
Ni la playa está desierta,
ni están desiertos los campos.
La mosca vuela que vuela,
de boca en boca zumbando.

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Pablo Fernández de Salas

El cometa Neowise

Temidos y venerados en la antigüedad, los cometas pueden ofrecer una vista espectacular en el cielo. Apenas una mota de hielo y roca para las escalas astrofísicas, los cometas desarrollan sus colas al acercarse al sol. Los materiales que forman los cometas se encuentran congelados durante su trayectoria espacial, pero el calor procedente de nuestra estrella provoca un desprendimiento de gas y polvo que da lugar a las famosas colas.

Durante el mes de julio hemos podido disfrutar del paso del cometa C/2020 F3, también conocido como Neowise en honor al telescopio espacial por el que ha sido descubierto. Visible desde el hemisferio norte, no ha sido fácil observarlo desde Estocolmo, donde los largos días de verano dan poco margen a la oscuridad. Aun así, con el recuerdo del sol todavía brillando sobre el horizonte, hay quien ha logrado ver el paso del cometa con su melena azotada por el viento solar.

Neowise

En un soplo de brisa,
que estremece los árboles del parque,
muda su azul el cielo
hasta un zafiro oscurecido, negro
en el sur, veteado de diamantes,
y en el norte sangrante turmalina.
Hacia el este, balcones de riqueza
con vistas hacia la humilde pradera
que se extiende al oeste;
cabellos esmeralda
con mil canas de oro
que la noche tiñe de gris y plata.
Justo donde la pradera se funde
con la pompa y las casas,
dos bancos de madera
custodian una mesa
que está siendo ocupada
mientras el universo se descubre.
Tres ojos apuntan al noroeste;
dos vestidos de cielo,
en inquieto silencio,
y un tercero inmóvil y de iris negro
manteniendo sus párpados abiertos.
Tres ojos muy atentos
a la desnudez del perenne espacio
a la par que se perfilan los astros.
Un espacio inmortal e interminable;
unos astros de talante implacable.
En un soplo de brisa
la oscuridad se asienta,
los árboles tiritan
y los ojos observan.
En el norte, un resquicio escarlata:
luz del sol, sangre y fuego.
Ardiendo, al noroeste se escapa
una herida en el cielo.

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Pablo Fernández de Salas

 

Lenguaje de signos

La comunicación es una parte fundamental de nuestras vidas. Ser capaces de expresar lo que sentimos, lo que queremos, lo que hemos hecho… Sin comunicación, aislados de cualquier contacto con otros seres humanos, las personas nos convertimos en grises sombras de lo que podemos ser. No digo que no exista quien prefiera la soledad, pero en general somos más felices cuando podemos compartir nuestras vivencias y ser una parte activa de la conversación. Desafortunadamente, no todos disponemos de las mismas herramientas para comunicarnos, y a veces la vida misma nos priva de alguna sin ofrecernos la posibilidad de elegir. Pero eso no impide que exprimamos nuestros recursos y exploremos nuevas vías de expresión.

El medio de comunicación más habitual es la palabra, y su forma más común el habla a través de nuestras voces, reforzadas, tal vez, por los gestos de nuestras manos. Unos gestos que en ocasiones conforman en solitario las palabras. Unas palabras silentes que toman protagonismo cuando los sonidos sobran, pero las manos bastan.

Sobran los sonidos

Qué agradable es el silencio
que anda lleno de palabras;
qué agradables son sus besos,
qué agradable su mirada,
cuando se sienten sin miedo,
cuando se observa de gana.

Qué agradables esos gestos
de dos manos desatadas;
ese armónico paseo
de aquí a allá, sube y baja,
mientras describen un cuerpo,
mientras dibujan un alma.

Qué agradables son los dedos
tamizando la alborada
desde un cuartito pequeño
alumbrado por el alba,
por las ramas de un almendro
y una risa fuerte y clara.

Qué agradables son los versos
que componen con su danza.
Qué agradable es ese encuentro
que transcriben mientras bailan
para dos ojos atentos
a la mudez de su labia.

Afuera, varios jilgueros
la banda sonora cantan
para esa dicción sin eco,
sobre el almendro y su grada.

Dentro, dos perlas de cielo
escuchan con la mirada
el susurro en movimiento
de una voz viva y callada.

Las manos mueven los dedos,
una boca acostumbrada
a pronunciar en silencio
lo imposible a su garganta.

Las manos mueven los dedos
como danzarinas ramas,
ramas que imitan su aliento
alertas tras la ventana.

Las manos mueven los dedos
y orquestan con sus palabras
la risa de un compañero
para el que las manos bastan.

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Pablo Fernández de Salas