Equinoccio

Hace poco hemos pasado el equinoccio de otoño (en el hemisferio norte), una época de transición en la que el día y la noche duran exactamente lo mismo. El cambio entre estaciones no es un cambio brusco, aunque tampoco se trata de un proceso suave y delicado. Conforme el sol cede su protagonismo a la luna, los días fríos se hacen más frecuentes y la naturaleza se prepara para el invierno. En los países nórdicos, donde el sol sufre más el cansancio tras el largo verano, el otoño se llena de días cortos y de sombras largas. Al mismo tiempo, los árboles presentan su propio anochecer y cubren el suelo con sábanas doradas.

Equinoccio

El sol bosteza al oeste
destellos de atardecer.
El aire descansa calmo;
sus ojos densos, cansados;
su cuerpo tenso y cargado;
su mente de sombra y miel.

Sombras de cuerpos delgados,
de troncos estilizados,
de pasos agigantados;
sombras de cobriza piel.

El sol bosteza al oeste
sobre los campos y bosques;
su fulgor se va apagando,
su pasión busca la noche.

La luna espía en el cielo,
pálida, llena de envidia.
En su rostro se adivina
el fantasma del invierno.

Una hoja se desprende,
acunada en su silencio.
El sol bosteza al oeste,
de atardecer sus destellos.

Agotado, enrojecido,
el cielo olvida su abril.
Ya anochece, muere el día,
y un lucero alumbra el fin
entre oxidados colores
(bajo una manta de añil)
que los árboles imitan
disponiéndose a dormir.

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Pablo Fernández de Salas

El cosmólogo

Qué impresionante sería poder describir la evolución del universo, desde su posible comienzo hasta su posible final, o desde un instante muy, muy lejano en el pasado hasta otro instante igualmente alejado hacia el futuro. Qué increíble sería concentrar en una región diminuta del espacio-tiempo la esencia misma del tiempo y del espacio. Qué maravilloso sería poder acceder a esa expresión matemática que, a pesar de su humilde apariencia, condense el pasado, el presente y el futuro de nuestro mundo. Qué inalcanzables sentimientos de alegría y gratitud pueden ir asociados a ese proceso de comprensión, desde que se entra en la sala y se toma la tiza, hasta que se devuelve al cajón, habiendo derramado su inesperada sabiduría en un pedazo de pared. Qué agradable es plantearse el porqué de las cosas e intentar contener las respuestas con un embrujo matemático. Qué apasionante es la labor del científico, tanto del profesional como del aficionado. Qué emocionante es la física. Qué bonita es la cosmología. Qué alucinante es, en definitiva, la investigación.

El cosmólogo

Rompe el silencio un chasquido,
un rápido tintineo
y la sombra de un zumbido.

Una luz inmaculada
pinta la pared de blanco,
de gris las mesas y bancos,
pero elude la pizarra:
un rostro desafiante
de intimidante mirada;
una negrura impactante:
la más oscura ventana.

Cinco dedos decididos
acechan sobre una caja.
Negra piel, claro objetivo:
la presa una tiza blanca.

Sin oponer resistencia,
la tiza vuela en el aire;
aquí y allá taconea;
la mano dirige el baile.

Figuras de polvo blanco
se forman con esta danza.
Símbolos que van cuajando
sobre la negra pizarra.

Sin música, pero a tiempo,
la mano dirige y baila,
con un silente concierto,
a ritmo de tiza blanca.

El universo se expande
y muestra toda su historia,
plasmada con blanca sangre
desde el Big Bang hasta ahora.
Los fotones primordiales,
sus más oscuros secretos,
mil y una realidades
en matemático verso.

La luz blanca está zumbando
mientras transcurren las horas.
Estrellas de tiza flotan
en su ventana al espacio.

La luz blanca está zumbando
y la tiza taconea.
De pronto, se rompe el ritmo
y solo el zumbido suena.

Cinco dedos satisfechos
regresan sobre la caja.
Ya poblado el universo,
liberan la tiza blanca.

De las sombras el zumbido.
La oscuridad del espacio.
La nitidez de un destino
plasmado con polvo blanco.

Unos pasos. Una pausa.
El universo se expande…
Las ecuaciones se apagan.

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Pablo Fernández de Salas

Envidia de un escarabajo

Hay días que se nos hacen muy cuesta arriba, pero en muchos casos es a causa de preocupaciones que, pensadas a posteriori, realmente no suponen ningún peligro para nuestro bienestar. Sin embargo, es difícil no caer en este tipo de sufrimientos banales cuando se dispone de la capacidad para envidiar y soñar. Por ejemplo, nadie necesita verdaderamente ser rico (un buen sueldo que nos permita adquirir las necesidades básicas con holgura sería más que suficiente), pero nadie, o casi nadie, diría que no a un poco más de dinero. Muchas ansiedades se habrían podido prevenir si nos limitáramos a disfrutar de lo que ya tenemos.

El poema que presento tiene ya sus años, puede que en torno a quince, lo que me sorprende y asusta al mismo tiempo, pero el paso de los años sigue sin haber borrado la pregunta que me llevó a escribirlo en su momento: ¿no seríamos más felices si tuviésemos la capacidad intelectual de, digamos, un escarabajo?

Escarabajito andante

Escarabajito andante
en el rojo macetero
del comprimido salón
de la casa de mi pueblo.
¡Quién tuviera tu simpleza!
Con preocupaciones, cero.
Tan solo buscar pareja,
procrear… y después muerto.
¿Qué buscas con tus patitas
en el aire este tan quieto?
¡Ah, ya sé!, las hojas finas
que van a ser tu alimento.
¡Ay, simpleza que te guía!
¡Cuánto buscas con esmero
las necesidades mínimas
de una vida sin complejos!
¡Y qué si tu vida es corta!
¡Qué más da si eres pequeño!
Lo importante es que tus días
saben bien contar el tiempo.
Naces libre en este mundo
pues a él estás sujeto:
a su antojo, a su vagar,
y vas surcando sin remos
las aguas del ancho mar
sin ver cómo están fluyendo.
Sin disgustarte en tu andar.
Sin preocupaciones, cero.

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Pablo Fernández de Salas

 

Los sonidos del verano

Extraño es este verano recibir, desde la silla de una terraza, el zumbido de los insectos durante la noche, o dejar que el arrullo de las olas nos adormezca sobre las dunas de una toalla. Extraño, al menos, para algunos, mientras que para otros el verano sigue siendo el mismo verano que han vivido siempre.

Las especiales circunstancias de este año hacen que los sonidos del verano cambien de matiz. Solo debemos asegurar que dicho cambio nos permita recuperar en el futuro nuestro pasado, aunque para ello debamos ceder a cambio un poco de nuestro presente.

Los sonidos del verano

Rompen las olas del mar
en una playa desierta.
Suspiros de arena y sal,
burbujas de agüita fresca.
Las gaviotas, al gritar,
a otras gaviotas molestan;
sus picos de par en par,
como una casa sin puertas.
Suena la mosca al pasar,
zumbando sobre la arena;
de boca en boca ella va
moviendo sus alas negras.

Un herrerillo en el campo
pregunta por sus amigos.
Solo responden los sapos
y unos frenéticos grillos.
Los cascabeles de un árbol
agita un viento tranquilo,
sin neumáticos girando
en polvoriento camino.
Pasa la mosca volando
con su insistente sonido,
sus alas negras zumbando
de boca en boca a buen ritmo.

Las gaviotas en la arena
siguen riendo y graznando,
sin sus mascarillas puestas
ni la distancia guardando.
El herrerillo ahora espera,
disfrutando de un helado.
Sus amigos corretean
entre coches aparcados.
Ni la playa está desierta,
ni están desiertos los campos.
La mosca vuela que vuela,
de boca en boca zumbando.

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Pablo Fernández de Salas

El cometa Neowise

Temidos y venerados en la antigüedad, los cometas pueden ofrecer una vista espectacular en el cielo. Apenas una mota de hielo y roca para las escalas astrofísicas, los cometas desarrollan sus colas al acercarse al sol. Los materiales que forman los cometas se encuentran congelados durante su trayectoria espacial, pero el calor procedente de nuestra estrella provoca un desprendimiento de gas y polvo que da lugar a las famosas colas.

Durante el mes de julio hemos podido disfrutar del paso del cometa C/2020 F3, también conocido como Neowise en honor al telescopio espacial por el que ha sido descubierto. Visible desde el hemisferio norte, no ha sido fácil observarlo desde Estocolmo, donde los largos días de verano dan poco margen a la oscuridad. Aun así, con el recuerdo del sol todavía brillando sobre el horizonte, hay quien ha logrado ver el paso del cometa con su melena azotada por el viento solar.

Neowise

En un soplo de brisa,
que estremece los árboles del parque,
muda su azul el cielo
hasta un zafiro oscurecido, negro
en el sur, veteado de diamantes,
y en el norte sangrante turmalina.
Hacia el este, balcones de riqueza
con vistas hacia la humilde pradera
que se extiende al oeste;
cabellos esmeralda
con mil canas de oro
que la noche tiñe de gris y plata.
Justo donde la pradera se funde
con la pompa y las casas,
dos bancos de madera
custodian una mesa
que está siendo ocupada
mientras el universo se descubre.
Tres ojos apuntan al noroeste;
dos vestidos de cielo,
en inquieto silencio,
y un tercero inmóvil y de iris negro
manteniendo sus párpados abiertos.
Tres ojos muy atentos
a la desnudez del perenne espacio
a la par que se perfilan los astros.
Un espacio inmortal e interminable;
unos astros de talante implacable.
En un soplo de brisa
la oscuridad se asienta,
los árboles tiritan
y los ojos observan.
En el norte, un resquicio escarlata:
luz del sol, sangre y fuego.
Ardiendo, al noroeste se escapa
una herida en el cielo.

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Pablo Fernández de Salas

 

Lenguaje de signos

La comunicación es una parte fundamental de nuestras vidas. Ser capaces de expresar lo que sentimos, lo que queremos, lo que hemos hecho… Sin comunicación, aislados de cualquier contacto con otros seres humanos, las personas nos convertimos en grises sombras de lo que podemos ser. No digo que no exista quien prefiera la soledad, pero en general somos más felices cuando podemos compartir nuestras vivencias y ser una parte activa de la conversación. Desafortunadamente, no todos disponemos de las mismas herramientas para comunicarnos, y a veces la vida misma nos priva de alguna sin ofrecernos la posibilidad de elegir. Pero eso no impide que exprimamos nuestros recursos y exploremos nuevas vías de expresión.

El medio de comunicación más habitual es la palabra, y su forma más común el habla a través de nuestras voces, reforzadas, tal vez, por los gestos de nuestras manos. Unos gestos que en ocasiones conforman en solitario las palabras. Unas palabras silentes que toman protagonismo cuando los sonidos sobran, pero las manos bastan.

Sobran los sonidos

Qué agradable es el silencio
que anda lleno de palabras;
qué agradables son sus besos,
qué agradable su mirada,
cuando se sienten sin miedo,
cuando se observa de gana.

Qué agradables esos gestos
de dos manos desatadas;
ese armónico paseo
de aquí a allá, sube y baja,
mientras describen un cuerpo,
mientras dibujan un alma.

Qué agradables son los dedos
tamizando la alborada
desde un cuartito pequeño
alumbrado por el alba,
por las ramas de un almendro
y una risa fuerte y clara.

Qué agradables son los versos
que componen con su danza.
Qué agradable es ese encuentro
que transcriben mientras bailan
para dos ojos atentos
a la mudez de su labia.

Afuera, varios jilgueros
la banda sonora cantan
para esa dicción sin eco,
sobre el almendro y su grada.

Dentro, dos perlas de cielo
escuchan con la mirada
el susurro en movimiento
de una voz viva y callada.

Las manos mueven los dedos,
una boca acostumbrada
a pronunciar en silencio
lo imposible a su garganta.

Las manos mueven los dedos
como danzarinas ramas,
ramas que imitan su aliento
alertas tras la ventana.

Las manos mueven los dedos
y orquestan con sus palabras
la risa de un compañero
para el que las manos bastan.

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Pablo Fernández de Salas

 

La hombría de la ciencia

Esta es solo una pequeña gota para ilustrar un problema de pasado presente y futuro incierto. No hace falta que os lo muestre con palabras de más, pero no quisiera presentarlo con rimas de menos. Vivimos una realidad desequilibrada, en la que la balanza que pesa los méritos y la valía de las personas tiene en cuenta su procedencia, el color de su piel, su sexo; una realidad que se construye sobre unas bases ya torcidas y unos cimientos tan arraigados como parciales.

Afortunadamente, las personas parecemos evolucionar hacia una sociedad mejor con el paso de los años. Pero este avance no consiste solo en creer que está sucediendo. Nuestra es la capacidad de cambiar el mundo. Nuestra es la obligación de hacerlo. Esta no es más que una pequeña gota que espera caer sobre las aguas del cambio.

La hombría de la ciencia

A hombros de gigantes dicen que avanza,
hombros de unos pocos privilegiados
que, faltos de necesidad, antaño
pudieron jugar a hacer ciencia en casa.

Luego se extendió hasta humildes moradas
donde otros gigantes también se alzaron.
Pasito a pasito, se coronaron;
de la ciencia el cauce se hinchió de agua.

A día de hoy parpadea otra chispa,
buscando mezclarse en fragosas llamas.
Tan solo han prendido las que más brillan.

La ciencia espera, su presencia clama.
Algún día no harán falta heroínas
para hombros tener de varón y dama.

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Pablo Fernández de Salas

El corsario Barbarroja

El mar atrae a las personas en cuanto las temperaturas comienzan a ser agradables. Y no solo el mar, sino también los ríos, los lagos menores y los grandes océanos; la promesa de un chapuzón refrescante es lo que cuenta. También nos gusta pasar el tiempo contemplando su paisaje, con la mente en otros asuntos mecida por el arrullo de las olas.

Pero playas y mares no han sido siempre tan seguros como lo son hoy en día. Hubo una época en la que esa invitación de pasar un rato agradable que nos ofrecen hubiera llegado manchada con la amenaza de la piratería. Las personas dependemos del agua, no solo por la pesca y el beneficio del propio líquido, sino por la ventaja que supone de cara al comercio. Y de eso eran muy conscientes los piratas, que asaltaban barcos mercantes para hacerse tanto con su cargamento como con los tripulantes o incluso con los navíos.

Sin embargo, no todos los atacantes actuaban por cuenta propia; algunos se embarcaban en actos de piratería con la venia de sus naciones, que veían en ellos la posibilidad de perjudicar a los países enemigos. Quienes actuaban de esta manera recibían el nombre de corsarios, y algunos llegaron a ostentar cargos y títulos muy importantes. Entre los nombres de los corsarios más conocidos destaca el de Jeireddín Barbarroja, quien mantuvo en jaque las costas del Mediterráneo, durante la primera mitad del siglo XVI, bajo el auspicio del Imperio otomano.

Ave de costa

Ave de costa, negra mirada;
ave de costa que miedo inspira;
ave de costa, costa maldita;
ave de costa de rojas barbas.

Ave de costa que su ala asoma
cuando vibran los versos,
cuando riman las notas.
Ave de costa que al pueblo azota,
rojas sus barbas; ave de costa.

Ave de costa en navío bravo,
libres los vientos a su costado;
ave de costa que altiva vuela;
ave de costa, costa que tiembla.

Ave de costa turca otomana,
ave de costa antaño romana,
ave de costa en aguas foráneas,
ave de costa mediterránea.

Ave de costa que al pairo sufre,
pero medra en la niebla
y las noches sin lustre.
Ave de costa de media luna,
sin cruz que asome entre sus plumas.

Ave de costa temida y fiera,
que en fugaz zambullida
esclaviza a sus presas.
Ave de costa; llantos y lágrimas.
Ave de costa; ruegos y dádivas.

Ave de costa de vida eterna;
ave de costa, mirada negra;
ave de costa que el viento lleva;
ave de costa tras su leyenda.

Ave de costa que alza su voz;
ave de costa e insurrección;
ave de costa, roja pasión.
Ave de costa hecha canción.

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Pablo Fernández de Salas

Trabajo y resaca

A nadie le gusta la horrible sensación que supone levantarse con ese martilleo que duele como si las neuronas estuvieran haciendo reformas en nuestro cerebro, y que nos deja tan desorientados como al leer una frase demasiado larga cuando no se está prestando la suficiente atención. Un palpitar constante, un mareo repentino cuando giramos la cabeza en busca de agua y el deseo de cerrar los ojos y esperar a que pase la tormenta. Pero no es la bebida la única capaz de destrozar nuestra mente hasta ese extremo. A veces nos sumergimos tanto en una tarea que nos obcecamos y no somos capaces de reaccionar ante las señales de alarma que empiezan a aparecer, como por ejemplo que el reloj marque las dos de la madrugada cuando todavía no nos hemos levantado ni para preparar la cena.

Esta obsesión casi repentina por llegar hasta el fondo de un asunto es frecuente en algunos científicos. Podría pensarse que es el producto de su amor por su trabajo, pero dudo mucho que estos episodios sean saludables. Un buen científico tiene que saber encontrar el justo equilibrio entre su trabajo y otros aspectos de la vida, incluso si ello implica levantarse del escritorio, tras largas horas de dedicación, sin haber resuelto el problema. Después de todo, a nadie le apetece despertarse sin saber si las punzadas de dolor son el producto de una noche de fiesta o el resultado de un sobreesfuerzo innecesario.

Los parámetros de la resaca

Abre la puerta a los sonidos
que empañan la mirada ausente;
cualquier cosa es un sinsentido
para mi adormilada mente:
pensar no puede.

El recuerdo se filtra en gotas
que a ritmo lento se desprenden.
Poco a poco nacen y engordan;
se inflan, brillan y se mecen.
Caen… Y mueren.

Aroma a un café matutino,
el portátil, unos papeles.
Las llaves, el despacho, ruidos.
Ecuaciones, risas y gente.
Cerveza fuerte.

El trabajo embota su juicio,
la resaca asalta mi mente.
Burbujas de alcohol impreciso
que enturbian un bosquejo en ciernes.
Dolor latente.

La memoria es un laberinto
que se expande salvaje y crece.
Mil espinas, verjas con pinchos
y bocas que aferran sus dientes.
Y luego muerden.

Números que en la cama yacen,
botellín cuyo vapor duele.
Mi cerebro la escena barre
y tras la puerta el polvo extiende.
Cierra… Y duerme.

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Pablo Fernández de Salas

La vida en las aguas del tiempo

Planeamos, nos preparamos y organizamos. Diseñamos, calculamos y programamos nuestro siguiente paso. Con un ojo pendiente de nuestro pasado y el otro fijo en el futuro que esperamos conseguir, el presente se nos escapa, tornado invisible por nuestra propia voluntad. Después de todo, por mucho que insistamos en alcanzar una meta, por muy bueno que sea el navío en el que nos embarquemos, las aguas del tiempo pueden empujarnos hacia situaciones impredecibles. Entonces caemos, llevados por la corriente, confiando en sobrevivir hasta el siguiente remanso de tranquilidad; disfrutando, si se puede, del cosquilleo de la caída y la emoción de lo inesperado. Así es como la vida nos hace más fuertes. Así es como nos hace sentir vivos.

En las aguas del tiempo

Sube y baja con las olas del tiempo,
las tormentas que estallan
y los calmos momentos.
Sube y baja al compás de la marea,
a capricho del agua
cuando el tiempo trasiega.

La vida surge en pendientes agudas
y derrama su esencia
de laguna en laguna.
La vida nace en torrente y se amansa,
luego vuelve a caer
y de nuevo se aplaca.

Sube y baja sobre océano eterno.
Sube y baja mientras bate los remos.

Su mirada está fija,
el destino la aguarda,
mas el tiempo no fía
y moldea las aguas:
veleidoso, el estanque vacía
desde airada cascada.
Cae, succionada entre lluvia fina;
cae su espuma blanca.

La vida medra en pendientes agudas,
cuando cambian las aguas,
cuando el flujo transmuta.
Sube y baja con las olas del tiempo,
las tormentas que braman
y los tensos silencios.
Sube y baja sobre océano inmenso,
donde boga asustada,
donde extiende sus sueños.

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Pablo Fernández de Salas