Al olvido

La memoria es una cualidad escurridiza: a veces etiqueta los recuerdos con tesón, dotándolos de un acceso fácil y natural, y otras veces los lanza a cualquier rincón, sin preocuparse por su futuro desorden y dejando en manos de la fortuna su emplazamiento. A veces dicha fortuna recupera parias de la memoria, que van a parar al cajón de los recuerdos perdidos y nos confunde como un calcetín disidente del cesto de la colada. Otras veces la propia memoria se encarga de poner orden en su desván. Pero hay veces en las que los recuerdos se pierden y nada sirve; veces en las que ni la memoria misma puede hacer algo por sus recuerdos. Son esas veces en las que el olvido decide aparecer, tocando con su irreversible mano recuerdos que se extinguen. Sin más. Como una vela sin cera. Como el sol al anochecer.

Al olvido

Hoy me acordé de ti,
del oro que atesoras,
del brillo de esas vidas,
de todos sus ahoras.
Hoy recordé tu saber infinito,
un mar que no evapora
el aliento sin pausa de sus ríos.
Hoy, hoy hice memoria,
y con ello frené tu hambre eterna
y el huir de mi historia.
Pero por mucho que ancle las risas,
los soles en la acera,
las amarguras que endulzan el alba;
por mucho que selle el brillo en la arena
por mucho que selle el brillo en la
arena
de los atardeceres del Atlántico
y reponga las velas
que engrisecen el aire del salón,
por mucho que rebobine las cintas
y vuelva a oler tantas lluvias en casa,
no hay esfuerzo que pare tu apetito.
Hora a hora, y semana a semana,
mis recuerdos irán a tu laguna,
hasta que un día despierte en tus brazos
y mi mundo sea un puzle por montar.
¡Ay, ojalá te olvidaras de mí
como yo de ti me he de olvidar!

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Pablo Fernández de Salas

Otro más

Cada vez son más las personas que me sorprenden por tener un lado oculto y terrible. Cada vez son más los hombres que guarecen al diablo y lo visten con las plumas de los ángeles. Cada vez la lista crece, y hay quien pudiera pensar que no es más que la consecuencia del avance indetenible de las estaciones, de la palpitación obstinada de los días. Pero cada vez que el reloj late estos pensamientos, cada vez que la humanidad se olvida de crecer su moral, otro más se une a las filas de los infames.

Otro más

Otro más presa de la negrura.
Otro más con espinas internas.
Otro más con óxido en las rejas
que encarcelan su doble moral.
Dime, tú que envías tus demonios
a enaltecerse en la resistencia,
tú que juegas a forzar las llaves
que otras almas al verte te cierran,
¿qué encuentras cuando rompes el sello?
¿Qué inexplicable gozo compensa
el daño del espejo y su grieta?

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Pablo Fernández de Salas

En el café

En la calle hace frío. Llueve ligeramente y la puerta al abrirse te envuelve de calor. Llegas al mostrador. Pides un café. Esperas mientras tu cuerpo se atempera. Localizas tu sitio. Pones el abrigo en la silla y recoges el pedido. Te sientas, cierras los ojos y te preparas para abrir los sentidos. Fuera la noche está cayendo, durmiendo los colores, que se resguardan contigo en el café. Con el aroma dulce y tostado en la nariz, abres los ojos.

En el café

Pintadas de azul
al fondo de las luces.
Colores enlatados.
Colores protagonistas.
Colores. Colores.
            Colores.
Sabores en el aire.
Conversaciones en los vasos.
Texturas contrapuestas.
Oídos atentos y desenfocados.
El rumor imaginario de la lluvia.
La lluvia real de nuestros pasos.
La galaxia bidimensional sobre la que escribo.
La galaxia bidimensional sobre la que
escribo.
Mil segundos.
Cien surtidos.
Diez abrazos encallados.

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Pablo Fernández de Salas

Ojos de cuervo

Libres. Algunos de nosotros tenemos el privilegio de ser libres. Pero ¿qué significa esa libertad de la que disfrutamos? Ciertamente no podemos hacer todo lo que nos apetezca, e incluso nuestros deseos han sido forjados desde la infancia por los continuos martillazos de la sociedad.

Pum, pum. No podemos amenazar a nuestro vecino que canta por las noches. Pum, pum. No podemos llegar tarde a un trabajo que tal vez no nos interesa tanto como debería. Pum, pum. Debemos salir vestidos a la calle. Pum.

El sentido común nos dice que las restricciones son necesarias. Para protegernos. Para vivir en sociedad. Después de todo, no podríamos ser puramente libres incluso en el más anárquico de los mundos. Ciertamente no podríamos disfrutar del concepto de un hogar seguro, o de unos alimentos accesibles con los que transformar la comida de una necesidad a un placer, si no fuera por la sociedad. Pero ser libres significa vivir encadenado a sus deberes tanto como a sus beneficios. Un privilegio, tal vez. Pero uno que no está exento de responsabilidades.

Ojos de cuervo

Un ojo fijo en la tierra
y en los destellos del agua,
en el sabor de la hierba
y en las tres nubes que pastan.
El otro ciego a las risas
de los viandantes que pasan,
absorta su inútil córnea en
los claroscuros del alma.
Un ojo de piel de oveja
regocijado en el viento
que azota con sus latidos
los fuertes grillos del tiempo.
El otro ve las cenizas
y entre sus plumas un cuervo,
y en su graznido se clavan
mis mismos dos ojos negros.

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Pablo Fernández de Salas

Recuerdos

Recuerdos. Esos subproductos que la vida nos compele a arrastrar. Esos desconocidos durante nuestros primeros años que sin embargo van, día a día, mes a mes, cobrando importancia conforme las noches recomponen nuestro cerebro. Esta sonrisa por aquí. Este avispero por allá. El ladrido de un perro a la avenida del olvido. El sabor de las manzanas al pasillo de las cosas interesantes. Por lo menos al principio los recuerdos son solo una capa de polvo invisible, unos folletos curiosos que releemos para mirar hacia el futuro. Por lo menos al principio. Pero al mismo tiempo que la experiencia nos va dando altura, crece la mole de los recuerdos, y, de pronto, ya no acudimos a ellos con el único propósito de fortalecer el siguiente paso, sino que empezamos a verlos como amigos cada vez más lejanos, como traumas todavía demasiado presentes, como una vida que está dejando de estar a nuestro alcance, a la espera de nuestros pies, y se está despidiendo de nosotros junto al inevitable avance de los motores del mundo.

Recuerdos

Los años mudan la piel
con la pasión del olvido,
y en mi retina el ayer
encuentra amargo cobijo.
Las arrugas de una actriz
son el espejo que ignoro,
y las luces olvidadas
el tiempo y su deterioro.
Mareas de aquellos años,
la pleamar seca en mis ojos,
y la succión de un presente
corinto como el otoño.
Las flores que antes raspaba
como quien da a una cerilla
la chispa que ahora me quema
por mucho brillo que emita.
Los cielos que antes lloraban
para atraer a mis ojos
e intercambiarles su azul
con dos desiertos lluviosos.
Aquellos años pasados
sin esperar el futuro,
aquellos años que aguardo
con cada luna al desnudo.
Con cada paso.
Con cada sueño.
Con cada vez que me abro,
página a página,
y me encuentro con las lágrimas
de aquellos ecos,
de aquellos tallos,
de aquellos tiernos momentos
de la corteza del árbol.

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Pablo Fernández de Salas

Insectos de turismo

Los insectos del verano queman la piel alborotados por el sol. Invisibles, pegajosos, machacones. Los mueven nuestros pasos. Los mueve nuestra propia cabezonería. Esa foto que no puede dejarse pasar. Ese viaje que no encuentra otro mejor momento. Ese estar, pero no estar. El cuerpo en la pose que alumbrará la pantalla. La mente a kilómetros de distancia, ramificadas sus emociones, digitalizadas sus neuronas. Y en el nodo blando y expuesto, los malditos insectos. Instrumentos insistentes. Inscripciones insolentes. Instituciones insurgentes. Insectos

Insectos

Insectos sobre la piel,
acallados en los breves descansos
en los que nos caza el sector servicios.
en los que nos caza el sector
servicios.
Insectos oculares
que sufren con interés
los clavos solares.
Insectos en nuestros pies,
que mueren de paso a paso
con autoinfligida desgana.
Insectos:
familiares del masoquista moderno,
del dominguero del verano,
de nuestro FOMO sin frenos.
Insectos que nos chupan nuestro sudor.
Insectos que nos chupan nuestro
sudor.
Insectos que consumen el buen juicio.
Insectos que consumen el buen
juicio.
Insectos titiriteros de las redes,
cuyos anzuelos invisibles
fotografían nuestros dientes.
Insectos:
sus mentes de colmena en nuestros cerebros.
sus mentes de colmena en nuestros
cerebros.
Posados. Sonrisas al acecho.
Insectos.
A la nube.
Insectos.

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Pablo Fernández de Salas

Al lago del verano

Hoy el verano es un estado mental que se refleja en los rizos de la laguna. Los pinos saludan al frente, hacinados en la roca que acomoda al agua y más allá a lo largo de su abrupta cima. La hierba guía a los aires para que limpien su sudor en la ribera. Y yo dejo que el tiempo mueva a los bañistas, que salpican lágrimas de sol para que reverberen entre las ventanas del pasado y las puertas del futuro.

Bad Söderbysjön

Ríe a mis pies la purpurina verde
de la mano de un aire veraniego.
Pendiente abajo encuentra mi sosiego
la actividad que esa otra gente pierde.
En fragmentos estelares se vierten
las partículas que alegran su juego,
chispas que saltan en líquido fuego
tensando el agua donde se divierten.
Más allá regresa al bosque la calma
y el idílico paisaje se queda
entre altos dedos y extendida palma
cual rocío en verano y su vereda,
como la niebla que condensa un alma
que al mundo pide vacar cuanto pueda.

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Pablo Fernández de Salas

Al mar, desde la Punta del Boquerón

En las orillas del Atlántico que vigilan la provincia de Cádiz hay una espada de arena entre San Fernando y Chiclana. Su filo teñido de plata se quiebra al llegar a la punta, la esquirla de Sancti Petri siempre cautiva del mar. Siempre cautiva del mar para que el filo defienda sin necesidad de cortar sino yaciendo en la arena.

Los rumores del océano vibran junto a las olas, refiriendo a quien escuche sus profundas historias. Un batir de versos raudos impregnando la playa. Unas rimas de suspiros roncos que ahora suben… y ahora bajan…

Al mar, desde la Punta del Boquerón

La poesía es el nido donde el «tú» duerme,
esa estrella en la noche que te palpita;
esos aires que empiezan a moverse
allá donde solo la luna te mira
y que luego crecen y crecen
para restallar, al filo de tu inmensa garganta,
con tu lengua de espuma saltarina.
La poesía son las conchas que en tu playa sueñan
rescatar de la arena sus exiguas vidas,
y las huellas tridáctilas del chorlitejo en vela
que por el mundo lleva los colores de tu orilla.
Esos salados en flor
que esperan el rocío de tus despertares,
esos muros añejos
que desde Sancti Petri escuchan tus afanes.
La poesía es esa punta de tierra,
cual boquerón volando en tus entrañas,
que a besarte se lanza, predispuesta
a recibirte con cada marea
y a esperarte cuando tu humor se pausa.

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Pablo Fernández de Salas

Primavera

La misma ventana. Otro cielo. La misma hora. Otro espejo.

Hoy te he visto llegar, escondiéndote tras las nubes, entremezclando tu esencia en la furia del aire, un aire nuevo capaz de apartar a las estrellas. Tímidos tus ojos al bostezar la alborada, serios tus labios cuando dibujaron mi sonrisa.

Escóndete cuanto quieras, no hay prisa: sé que has venido para quedarte. Pero no esperes que te ignore ahora que sé que estás aquí. Durante unos meses seré esclavo de tus deseos, así como la tierra verá germinar tus antojos de colores. Disimula tus pasos, no importa. Te reconozco en el aire. Hoy te he visto llegar.

Primavera

La luz de la tarde en ráfagas llega
cuando el mundo sacude
las sábanas sobre nuestras cabezas.

Te oigo aparecer.
De puntillas me soplas tus deseos,
que repican con brío en las ventanas.
Los claroscuros de tu turbio pelo
maquillados de hojas que te delatan.
No ocultes tu querer,
que yo tampoco ocultaré mis celos
encallecidos de llorar tu falta.
No finjas que no has echado de menos
oír mi alma riendo en resonancia.
No mientas. No esta vez.

El influjo de tus rayos dorados
hace que germinen las emociones.
Una ráfaga más.
El crujir de las nubes repicando
cuando el mundo se sacude la noche.

Azul. De blanco a celeste. Azul.
Tu cautela deshecha por tu luz.

Sabiendo que las sábanas se orean
precediendo tu paso,
busco —¡qué mal al escondite juegas!—
y a tu encuentro ya salgo.

La luz de la tarde en ráfagas suena.
Hoy al mundo tú acudes,
y yo corro a situarme a tu vera.

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Pablo Fernández de Salas

Más allá de los cristales

Las nubes pasan lentamente al otro lado de la ventana, entristeciendo el color de los árboles, pero alegrando sus esperanzas. Vistos desde un sexto piso, los troncos desnudos y los apagados pinos parecen simular a las nubes. Parches de algodón, ribetes de madera, brochazos cenicientos y ovillos de apretada clorofila. Al fondo algún tejado, y enfrente las mismas ventanas en el bloque que delimita el otro extremo del parque. Y mis ojos justo en medio de los dos horizontes: el que representa un pasado gris y augura un futuro turbulento, y el que muestra un presente alicaído tras el invierno.

Más allá de los cristales

Más allá de los cristales
que protegen el balcón
flotan rizos y retales
en un lienzo sin color.
Son augurios,
llantos que vendrán al mundo,
lágrimas que tus sentidos
acogerán cuando caigan
como mis ojos ya han visto
en un posible mañana.

Más allá de los cristales
hay espumas y algodones,
algunos verde plomizo
enganchados en bordones
de desnudos invernales.
Sus agujas
buscan el mar de presagios,
esperando,
deseando que se hunda.

Más allá de los cristales
imagino tu apatía,
tal vez copia de la mía,
paseando en los canales
que entre los troncos se abren
y desde abajo me espían.
El futuro,
un plano fino, delgado,
separando con su mano
los dos mundos:
un ahora
sobre el que trotan mis ojos,
de cemento, aguja y tronco,
y un pasado
bajo el que temo alcanzar
su callada voluntad.

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Pablo Fernández de Salas