Los insectos del verano queman la piel alborotados por el sol. Invisibles, pegajosos, machacones. Los mueven nuestros pasos. Los mueve nuestra propia cabezonería. Esa foto que no puede dejarse pasar. Ese viaje que no encuentra otro mejor momento. Ese estar, pero no estar. El cuerpo en la pose que alumbrará la pantalla. La mente a kilómetros de distancia, ramificadas sus emociones, digitalizadas sus neuronas. Y en el nodo blando y expuesto, los malditos insectos. Instrumentos insistentes. Inscripciones insolentes. Instituciones insurgentes. Insectos