El Fondo Cósmico de Microondas

¿Alguien recuerda los televisores analógicos? La tecnología ha avanzado mucho en los últimos años y cada día queda más lejana la imagen nevada de una pantalla sin señal. Miles de puntitos grises aparecían y desaparecían, totalmente descontrolados, mostrándonos una secuencia de caótico chisporroteo, una suerte de ruido silencioso que nos indicaba que el aparato estaba en funcionamiento, aunque no nos mostrara lo que queríamos. Curiosamente, una pequeña parte de ese ruido de fondo procede de la interacción del televisor con la luz más antigua del universo. En concreto, se estima que en torno a un uno por ciento de esa caótica imagen está producida por la captura, por parte de la antena, de fotones que han surcado el cosmos durante más de trece mil millones de años. Estas partículas tan antiguas constituyen lo que se conoce como el fondo cósmico de microondas.

El fondo cósmico de microondas

Corre y enciende la tele,
de esas antiguas con nieve,
y siéntate en el sofá;
deja que el Fondo te ciegue.

Imagínate en el campo
o flotando en el espacio,
contemplando las estrellas,
sus secretos, su pasado.

Sus mensajes luminosos
se desnudan en tus ojos,
ecos de un mundo ya extinto,
voces de sus sueños rotos.

Imagínate ese tiempo,
los eones transcurridos,
los incontables latidos
de sus corazones muertos.

Y ahora regresa al sofá,
a los muros de tu hogar,
al tic tac de tu reloj,
a su fiel seguridad.

Mira otra vez la pantalla,
su llovizna gris y blanca,
su inofensivo silencio,
su parsimonia enlatada;

esos fotones que emite,
esa imagen que repite,
un Fondo de Microondas
que es traducido al visible.

Esos suspiros difusos
son los recuerdos del mundo,
son los fósiles del tiempo:
sus secretos moribundos.

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Pablo Fernández de Salas

Nana de invierno

A seis de enero ya podemos decir que las festividades de Navidad han terminado. Sin embargo, el invierno boreal no hace mucho que ha comenzado a enfriar las calles tras su llegada, y todavía le queda un largo camino por recorrer. Pese a su gris entrada, con días tristes y nublados, las horas de luz van ganando terreno a la oscuridad mientras el invierno avanza. La temperatura puede no ser agradable, pero el sol empieza a dejarse ver con más frecuencia, apuntando a una alegre primavera.

Mientras tanto, no está de más una nana que ayude a dormir y que ahuyente los fantasmas de la noche.

Nana de invierno

A mitad de diciembre
Invierno asoma
con su pelo de nieve
sobre la loma.
Luz en las casas,
ornamentos que brillan
en las ventanas.

Con los sueños del mundo
Invierno juega,
su reflejo desnudo
sobre la acera.
Hielo y escarcha,
y farolas que alumbran
con sus miradas.

Acuarelas difusas
son los paisajes,
tan miope la luna
detrás del traje
de lana virgen
y color apagado
que el cielo viste.

Agotado y enfermo
el sol se esconde
y persigue su sueño
noche tras noche:
Praderas verdes,
amapolas y abejas;
pero ahora duerme.

Los vellones de lana
el cielo llora
cuando escucha la nana,
porque es la hora:
Invierno llega.
Mientras, el sol ansía
la primavera.

···

Adormecido pasa
el mes de enero,
entre hielo y escarcha
también febrero.
De plata el brillo,
la oscuridad se marcha
dejando el frío.

Con sus intensos dardos
a Invierno ahuyenta
la claridad de un astro
que ya despierta.
Su luz florece
en coloridos pétalos
que resplandecen.

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Pablo Fernández de Salas

 

Navidades de cartón

Hoy es un día cargado de ilusión, en especial, aunque no exclusivamente, para los más pequeños. Una ilusión que se refleja en las miradas mientras muchos regalos se entregan y abren, en un intercambio que sucede en multitud de hogares. Sin embargo, esos hogares no son siempre una casa o un lugar fijo. Para algunos puede ser esa cafetería donde se comparten las tardes con los amigos, o ese parque cuyos árboles crecen a la par que envejecen sus visitantes. Cuando una familia se muda, las paredes que la rodean cambian de forma, pero el hogar se mueve con ella, aunque a veces tardemos un tiempo en darnos cuenta de que lo ha hecho.

Navidades de cartón

Con alegría resuenan
las voces de un villancico.
Las paredes son de cal,
en el monte un crucifijo
y en su melena perenne
los años muestran un nicho.

En este valle no nieva
aunque quieran los chiquillos.
En este valle no nieva,
no nieva pero hace frío.

Las ventanas condensadas
por dos alientos de niño
mientras abren sus regalos,
en un extraño destino,
bajo la sombra de un árbol
de juguetón colorido,
pero entre cajas marrones
de más sobrio contenido.

Navidades de cartón
y de aromas de mudanza:
en maletas la ilusión,
y una familia por casa.

En un patio de cemento,
un limón de gesto altivo
y ataviado con adornos
de jugosos amarillos,
a una colonia de hormigas
les proporciona cobijo.

El tiempo barre los días
y las historias que han sido,
y del limón solo quedan
briznas que azota el olvido.
Pero esas tardes aún viven
en los recuerdos de un niño,
entre las cajas marrones
y su arduo laberinto,
donde una infancia inmortal
rastrea el cofre perdido.

Con el paso de los años
muchos mapas se han rendido
a la mente exploradora,
a ese ojo inquisitivo,
pero, aunque el paisaje cambie,
el sentimiento es el mismo,
y avivan los mismos fuegos
corcheas de un villancico.
Hoy los acordes son suecos
y de canela sus ritmos,
y valencianos sus tonos,
y gaditanos sus himnos.
Puede que la canción cambie,
pero el sentir no es distinto.

Navidades de cartón
y de aromas de mudanza:
en maletas la ilusión,
y una familia por casa.

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Pablo Fernández de Salas

 

Copo de nieve

El invierno viene cargado de recuerdos, recuerdos que a veces se deslizan silenciosos en la noche y cubren las calles de blanco. El frío hace que se busquen unos a otros, procedentes de distintas mentes que palpitan entre sueños. Pero no todas las mentes descansan tranquilas, ni todas lo hacen en compañía. Este es un pedacito de hielo por suerte ya fundido: apenas el fantasma de un recuerdo de una vez que me sentí como se siente un copo de nieve.

Copo de nieve

Solitario fantasma,
casi invisible nace.
Con un manto de paz y fría calma
en silencio pío abriga las calles.
Etéreo su silencio,
traslúcido susurro
cuando posa su cristalino cuerpo
sobre expectante mundo.
Cuerpo pequeño, frágil, diminuto.
Mil esquinas. Mil huecos.
Y mil rincones llenos de secretos
refractados, ocultos.
De transparente esencia
y retorcida mente,
de apariencia inocente.
Se acumula en la noche
con mortal belleza, manto de gloria,
sábana mortuoria
inerte, casta, de prístino corte.
Mil hermanos tiene: ninguno igual.
Al amanecer me observan atentos.
En su mudez intuyo mi reflejo,
sin luz, rodeado de soledad.

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Pablo Fernández de Salas

 

Despedida del otoño

En Suecia, los árboles caducifolios han perdido ya casi toda su vestimenta. Se me antoja curioso pensar que es justo en la época más fría del año cuando más desnudos están. Pero los árboles son como un ave fénix que resurge de sus cenizas, siguiendo un ciclo tan duradero como su vida. No importa lo mucho que la luna quiera verlos desprovistos de sus ropajes, ni que la envidia de su verdor la llene cada casi treinta días; al final, los árboles recuperan su frondoso vestido en primavera.

Soneto de otoño

Con tonos de otoño brilla la luna,
tonos de otoño que en la savia vierte.
Cuando el abedul con el sol despierte
sentirá el veneno de su fortuna.

Verde su infancia junto a la laguna,
de rojo se tiñe: de rojo muerte.
Y, sin embargo, evita su suerte
mientras prepara su tumba y su cuna.

Es un ave fénix que abre sus alas
y en una nube de fuego se pierde.
De amarillo a rojo cambia sus galas

cuando otoño sangra e invierno muerde.
Tras unos meses a la funerala
vestirá de nuevo un plumaje verde.
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Pablo Fernández de Salas

El café de las siete

Empieza a hacer frío en el exterior y apetece sentarse a leer una buena historia. Una bebida caliente, imaginemos que es un café, reposa sobre la pequeña mesa al lado del sillón. Una lámpara ilumina las páginas y compite con su luz contra las llamas de la chimenea. Todo un matiz de tonos anaranjados transmiten calidez a la sala.

Ahora que estamos cómodamente aclimatados no cuesta mucho imaginarnos una escena similar. Transcurre en un alborotado café de ambientación más bien barroca, donde un personaje un tanto peculiar ocupa su habitual mesa. Los clientes dialogan, estudian o leen, todos disfrutando del calor de una humeante taza y transmitiendo a su vez ese calor al ambiente. Mientras tanto, nuestro protagonista espera…

El café de las siete

Mientras la tarde se viste de negro
al ritmo lento que marca la lluvia,
disuena un chapoteo
y el gemido de una puerta parduzca.
Una ola de voces
invade por un momento la calle,
detenida al instante
por un nuevo lamento de los goznes.
Siguiendo los pasos de los que entran,
otros dos pies casi a flote se cuelan;
piden café y a la mesa se sientan,
en la esquina de siempre,
donde nadie se acerca.

El local es barroco,
con mil cuadros de cera,
mil bordados y adornos,
en las mesas mil velas,
y mil almas que acuden
a aliviarle la pena.
No obstante, ninguna observa su mesa,
en la esquina de siempre,
donde nunca se acercan.

A tan solo dos sillas del lugar,
una pareja estudia concentrada,
otra observa el móvil en un sofá
y una tercera habla, bebe y calla;
todas con su aún humeante taza.
Su café, sin embargo, se retrasa.
Las manecillas del reloj se mueven
y las mil velas consumen su cera.
Los cafés van y vienen
sin que una taza aterrice en su mesa,
en la esquina de siempre,
donde nadie se acerca.

Poco a poco, las mil voces se apagan,
los cafés se retiran
y la gente se marcha
llenando el local de sillas vacías.
En su pared, los cuadros
lo observan todo, desde los bordados
sin gente hasta los quietos adornos.
Pero ninguno mira
hacia la rota esquina,
las tablas quemadas, negras las sillas,
donde él, como siempre,
espera su café desde las siete,
en la vetusta y chamuscada mesa,
en su esquina de siempre,
donde solo él se sienta.

El último camarero se marcha
dejando el local carente de vida.
Envuelto en la oscuridad, él suspira
y espera tener más suerte mañana.
Tampoco le han traído hoy su bebida.
Sin rastro del café, ni de su cita,
se levanta y abandona la mesa
de la esquina de siempre,
donde nadie se acerca.

Al cruzar, la puerta se ha despedido
con un triste lamento de bisagras,
pues también fue de aquel fuego testigo.
Sus piernas flotan sobre la calzada.
En la fría lluvia, sin alejarse,
él espera a que otra noche pase.
Al son de las gotas piensa en su amada.
Tal vez venga mañana,
a su esquina de siempre,
donde su alma la aguarda.
Sí, la verá sin falta
en su mesa a las siete,
donde siempre quedaban.

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Pablo Fernández de Salas

 

El sauce llorón

Hace poco más de dos años que escribí este poema. Recuerdo el momento a la perfección por lo inusual del ambiente. Me encontraba en el aeropuerto de Venecia, la media noche había quedado atrás hacía más de una hora y una niebla espesa estaba adueñándose de la noche. El vuelo se retrasaba, pero, por una vez, yo no estaba allí para viajar, sino porque esperaba la llegada de alguien. Y como suelo llevar una libreta y un bolígrafo encima, por si el aburrimiento me alcanza cuando menos lo busco, me dio por escribir.

La distancia hace que veamos ciertas cosas de manera distinta. Cuando tuvo lugar el referéndum del 23 de junio de 2016, donde los ciudadanos del Reino Unido decidieron desunirse de la Unión Europea, yo pasaba unos meses en Aquisgrán, una histórica ciudad alemana. Un año después, poco antes de esa noche en el aeropuerto veneciano, los acontecimientos de Cataluña del 1 de octubre de 2017 también me pillaron de estancia, esta vez en Ferrara, una encantadora ciudad italiana situada en la región de la Emilia-Romaña. Ni viví la tensión que se generó en España en ese momento, ni hubiera querido vivirla, pero no se puede cerrar la puerta a los fantasmas eternamente, pues así como en el Reino Unido la sociedad sigue dividida entre los que quieren marcharse y los que no, la inquietud en España sigue acechando más de dos años después.

Opiniones hay tantas como personas en el mundo, y lo mismo aplica a los sentimientos, pero sabiendo como sabemos que todos somos pasajeros de la misma nave, que se mueve sin remedio a través de un infinito vacío, me cuesta concebir otra frontera que no sea la que nos impone la naturaleza. Por supuesto, hay políticas que nos son más afines que otras, y sociedades en cuyas aguas nos desenvolvemos mejor o peor, pero del mismo modo que no hay nada más bello que una amplia variedad de culturas, no existe mejor manera de apoyarlas que pudiendo conocerlas sin recibir ningún tipo de exclusión. Para ello, sin embargo, también es necesario que las distintas culturas se sientan igualmente admitidas por las demás. Todo depende de nosotros, ya que, al contrario de lo que le ocurre a la hoja caída de un árbol cuando es arrastrada por la corriente, los humanos seguimos teniendo capacidad de elección.

El sauce llorón

En la orillita del río
flota una hoja de sauce,
una hoja que en su avance
es inmune al hostil frío.

Al hostil frío es inmune
y a la humedad de las aguas,
que a Deltebre de Cantabria
van a morir cuando fluyen.

La hojita fletó en La Alfranca
y arribará a Mequinenza.
Allí un embalse la para
como un control de fronteras.

Si las nieves de Pidruecos
pueden bañarse en Castilla,
¿por qué a nuestra pobre hojilla
se le veda su trayecto?

Y es que la hojilla no entiende
del hombre y sus malandanzas,
que o nuevas fronteras quiere,
o reprime con matanzas.

Las aguas circulan libres,
libres circulan las aguas;
el alma del río vive
hasta que un muro la atrapa.

Flota una hoja en su cauce;
al hostil frío es inmune.
Sin embargo, llora el sauce
por la quietud que los une.

Llora el sauce, está triste,
pues nuevos muros se erigen.
Triste está el sauce y llora.
Llora el sauce. Llora. Llora…

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Pablo Fernández de Salas

 

La luz de los difuntos

El día de todos los santos está a la vuelta de la esquina. En Suecia, así como en otras partes del mundo, muchas velas se prenden para recordar a aquellos que ya no están con nosotros. Mientras unos celebran lo macabro con disfraces de Halloween, otros deambulan por cementerios que lucen una estampa más bien romántica. En Estocolmo, es común que los familiares se reúnan en Skogskyrkogården, un gran cementerio al sur de la ciudad, para observar cómo la temprana noche se enciende de estrellas de cera que iluminan el camino a los difuntos. La noche es fría y está llena de misterios, acentuados por el temblor de unas llamas que, así como recuerdan en silencio las vidas que han desaparecido, también alimentan nuestra imaginación…

Skogskyrkogården

El aire frío proyecta su calma
sobre las tumbas, mientras el azul
de las nubes se apaga.
Al fondo, una cruz
solitaria destaca entre las lápidas,
pliegos para los poemas de roca
que resumen las vidas
de los que aquí reposan.
En el silencioso bosque esparcidas,
mudas, estas tristes páginas brotan.
Mas hoy se las recuerda
tras doce meses de olvido. Las cuatro
marca el reloj y surgen las estrellas,
pequeñas llamas que nacen temblando,
confusas; tímidos astros de cera.
Al caer la noche la gente acude
llamada por las velas;
sombras que vagan, como lentas nubes,
temiendo entrecruzarse con aquellas
que gritan sin que nadie las escuche.
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Pablo Fernández de Salas

La Vía Láctea

Mirar al cielo en una noche de luna nueva es una experiencia muy diferente si se vive en la ciudad o en un ambiente de campo. Cuando las condiciones meteorológicas lo permiten y la contaminación lumínica es escasa, se puede disfrutar de un panorama sobrecogedor al observar el cielo nocturno. Con la ausencia de la luz solar, el universo se abre ante nosotros y nos muestra sus secretos, algunos más antiguos que la propia humanidad.

Las estrellas parpadean envueltas en un manto oscuro, como si temblaran de frío. Pero la luz que nos llega abandonó su fuente hace mucho, mucho tiempo, entre poco más de cuatro años y unos once mil seiscientos años aproximadamente, según si procede de la estrella más cercana a la Tierra (Próxima Centauri) o de la más lejana que podemos ver a simple vista (Rho Cassiopeiae, situada en la constelación de Casiopea). Más difícil de localizar, pero aún no imposible de ver con el ojo humano desnudo, encontramos la galaxia Andrómeda, a nada menos que dos millones y medio de años luz de distancia (es decir, la imagen que apreciamos del gigante astrofísico ha viajado a través del espacio durante dos millones y medio de años antes de alcanzar el planeta Tierra).

Nosotros también vivimos en una galaxia, la Vía Láctea, un conjunto de cientos de miles de millones de estrellas entre las que se encuentran el Sol, Próxima Centauri y Rho Cassiopeiae arriba mencionadas. El disco estelar de nuestra galaxia es visible en el cielo nocturno como un pálido camino que divide el espacio. Pero, ¿cómo se verán sus estrellas, mientras se desangran emitiendo fotones, desde una distancia más lejana como la que nos separa de Andrómeda?

Vía Láctea

Del espacio en un punto
sin cabida en los mapas
surge un gigante hermoso
que en la negrura vaga.
La memoria difuminan los años
que este coloso carga.

Rodeado de oscuridad él baila
a través del vacío.
Los astros con su giro
al vuelo alzan su falda.
Gira, gira y repite mientras danza.

Un rostro en espiral
de mil pecas, y mil más, y mil veces
otras tantas. Burbujas de cristal.
En sus entrañas, peces
de fuego, de fuego, de fuego…
Al morir, explosiones de silencio.

Baila rodeado de oscuridad;
de oscuridad rodeado, él baila.
Su denso corazón late al bailar
y brilla con la sangre que derrama:
fotones excitados
que de su cuerpo escapan.

Escapan de su cuerpo
fotones excitados;
su corazón late, denso, cansado.
Hay algo que lo consume por dentro,
sin pausa, con voracidad eterna,
y lo distrae mientras baila y sueña.
Un instinto aún más íntimo y secreto;
más negro y más opaco;
que el halo de misterio
que acompaña sus pasos.

Rodeado de oscuridad él baila
surcando el infinito,
con el corazón cansado del ritmo.
Mas baila, baila y baila
con su manto de estrellas
blancas. Lechoso manto;
el mismo que la noche nos enseña
cuando añora el pasado;
cuando muestra su pena…
Cuando sangran los astros.

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Pablo Fernández de Salas

 

La desembocadura del verano

El otoño es una época de transición: tras un rápido nacimiento durante la primavera, el río anual se despide del verano mientras se adentra poco a poco en el mar del invierno. Cuando eso ocurra, el frío congelará las gotas, que esperarán pacientemente la llegada de un nuevo comienzo de ciclo. De momento, sin embargo, los campos se visten de cobre en otoño, dando un último toque de color antes de dar paso a los tonos blancos y negros que predominarán durante una larga noche, por lo menos en Suecia.

Y es que el invierno se caracteriza por esa falta de vida que da un toque fantasmal a las calles, que pasan a estar vigiladas por las figuras esqueléticas de unos árboles desnudos. Y no se me ocurre una mejor imagen para ilustrar la transición del otoño, el paso de un radiante verano hacia un apagado invierno, que esos segundos previos a la caída de la hoja de un árbol.

Hoja de otoño

Su anciana piel, con arrugas de tiempo,
bálsamo de octubre y hebras de oro,
reluce al sol poniente cual tesoro.
Su vida tiembla y vive en los recuerdos.

Recuerdos de un amanecer de ensueño,
de unos días que verdean su rostro,
de juventud sin desvelos de otoño,
y de un verano maduro y risueño.

El invierno asoma en el horizonte,
una sombra que se acerca silente,
pero ella no estará para entonces.

Ya entre sueños, al ocaso se duerme.
Sin despedirse el sol sueco se esconde
y el aire, con un beso, la desprende.

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Pablo Fernández de Salas