Reflexiones y hojas caducas

En los árboles caducos, las hojas vienen y van, cortas sus vidas e igualmente cortas sus preocupaciones. Me pregunto si, por las noches, las ramas les contarán historias de otras hojas de épocas pasadas, de años en los que también hubo una primavera, un verano provechoso, y el inevitable tardío que las librará del invierno. Poco saben las hojas que han de morir consumidas por el fuego del otoño; poco saben de los cambios que, prácticamente invisibles, varían año tras año las condiciones de su entorno. Grano a grano, la montaña crece. Y un día, cuando el precario equilibrio lleve ya un tiempo apuntalando tensiones, el viento rozará los puntales, la Tierra sacudirá su antigua piel y, tras unos años de inquietud adolescente, solo quedará una exuvia agrietada para recordar nuestro ahora: un fósil climático enterrado en las corrientes de la nueva realidad.

A una hoja de primavera

Tú que vienes al mundo
al nacer la primavera,
tú que conoces al sol
cuando despierta.
Tú que lo adorarás con pasión,
y con pasión quemarás tus hebras por él,
agotando el verde inmaculado de tu rostro,
agotando el verde inmaculado de tu
rostro,
imitando el tono de su piel.
Tú que darás la vida por sus rayos
y lo seguirás, ya cansado,
a su lecho más allá del horizonte.
Tú, que el invierno desconoces,
nacida de la primavera,
señora del verano,
¿cómo será vivir como tú?
¿Cómo será alcanzar
tu destino en un chispazo,
dormir entre verdades imposibles,
ignorar el derrumbe de las montañas?
Tú, que llegas en la bonanza,
¿cómo se siente saberse irresponsable
del porvenir del que vendrá mañana?

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Pablo Fernández de Salas

Al tempo del colibrí

Teniendo a tu disposición tantas posibilidades, es imposible elegir solo una, o dos, o tres. Flap, flap, flap, un poco de aquí y un poco de allá. Empezadas tienes las flores, y por acabadas las das en cuanto te llega el aroma de una, dos y tres más. Flap, flap, flap. Esta parece interesante, esta otra dulce de más. ¿Y esta? Diferente a las otras. ¿Y esta? Como las demás. Esta ya la conoces, y esta está por probar. Con este ritmo que llevas, yo me pregunto: ¿de cuál te vas a acordar?

Al tempo del colibrí

Tú que mueves tus alas
pa’ que nadie las vea.
Tú que libas sin pausa
y a mil flores te acercas.
Dime tú qué recuerdas.
Los vientos exfoliando tus memorias
al ritmo que las creas;
las hojas de un otoño acelerado
sin tiempo de encallarse en las aceras.
¿Y el sabor de las flores?
Un cocktail. Una fuente. Metralleta.
Flap, flap, flap a la vida
tus plumas coloridas.
Geranios. Heliconias.
Hibiscos y begonias.
Álamo tulipán. Un aretillo.
Y de postre un ave del paraíso.
Pa’ que nadie te vea
tus alas aleteas.
Tú que libas nuevas flores a miles,
dime, ¡oh, dime que yo lo comprenda!
Dime ¿tú qué recuerdas?

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Pablo Fernández de Salas

El transferible puente entre generaciones

Quizás fuéramos la decepción de nuestros padres, como posiblemente ellos lo fueron de nuestros abuelos. Los millennials. Los primeros en disfrutar la era digital desde pequeños. Las personas en proyecto que en su día, hace ya sus años, querían correr más allá de lo esperable en el ser humano. Quienes vieron nacer internet a una edad demasiado temprana para entenderlo. Los adultos de la inteligencia artificial. Las tortugas de los nuevos tiempos. Los que ahora llaman a la razón a los nuevos brotes, más apresurados si cabe, más ansiosos por llenarse de conocimiento. A un ritmo vertiginoso, sin pausa, sin filtro, sin rumbo aparente, sin esperas. Ahora. Ya. ¿Qué muro ni qué hostias? ¡Ya!

Mientras recordamos las paradas que debimos tomar. Mientras recapacitamos sobre nuestras propias decisiones sin experiencia. Mientras rumiamos sobre la necesidad de comprender, refunfuñando sobre un mundo más ágil y muy nuevo, gruñones como acuñados miembros de cada generación que ve tomar posesión del mundo a la siguiente, no olvidemos nuestro pasado. No nos precipitemos como sentimos que se precipitan los jóvenes. Y, aunque nos duela ver el prado lleno de hierbas expuestas a la sinrazón, ofrezcamos la sombra de nuestras copas con nuestra adulta calma, en la distancia, sin ahogarlos en la oscuridad, y respetando el lento relevo de los mayores.

La hierba entre los robles

Profundas las raíces
del roble centenario,
imperturbables sus ramas complejas,
soportadas en sus propias madejas
lejos de lo ordinario.
Profundas y pensadas
las flores, las hojas llenas de inercia,
profundas y cansadas.
Quebradizos se antojan los retoños
que a su vera cimbrean,
aclimatándose, ganando otoños
sin la pausa de los años al tronco,
pero ajenos al correr de la hierba.
¡Qué aprisa maduran los tallos verdes!
¡Qué rápido se dibujan sus flores!
Las cuatro estaciones en primavera
tan comprimidas que olvidan las formas.
Aprender, se aprende de los vecinos,
y juzgar, se juzga a los milenarios.
La verdad al capricho de los vientos
que hacen eco del piar de los pájaros.
Qué raudas van las vidas
conectadas al sol,
expuestas a la lluvia,
ignorando el control.
Juntas pulsan sus fibras,
al unísono sienten,
y en desbandada en su primer otoño
secan, sufren y mueren.

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Pablo Fernández de Salas

Fiordo

Muy abajo en la distante imagen que ofrece la ventanilla del avión veo cómo te alejas, las sombras y los destellos del sol, en rápido movimiento, sondeando tu superficie. Tan larga, tan profunda, tan amplia es tu historia que los días perdidos entre las cicatrices de tu vida no llegan ni a un suspiro de tu ancestral existencia. ¿Qué son un puñado de horas apretadas entre un martes y dos miércoles frente a decenas de centenares de siglos?

Nos volvamos a ver o no, gracias por dejarme tropezar en tu camino.

Fiordo

Tan profundas las cicatrices
que el tiempo ha dejado en tus playas.
Tan profundas las marcas.
Tan hondos los valles
excavados por las glaciaciones.
Tan calmados parecen, y parecieron sin duda,
Tan calmados parecen, y parecieron sin
duda,
mientras el paso de las eras
horadaba la roca con su espuma.
Azules tus mechones mojados,
canosas tus puntas afiladas,
preocupados tus surcos encantados
por el devenir de tu historia de hadas.
¿Cómo es sentir el ahora
devorando vidas humanas?
¿Cómo es vivir las edades de la humanidad
¿Cómo es vivir las edades de la
humanidad
cual años, o meses, o semanas?
El cosquilleo de nuestros pies en tus laderas,
El cosquilleo de nuestros pies en tus
laderas,
la comezón de nuestros túneles y carreteras.
la comezón de nuestros túneles y
carreteras.
Qué rápido debemos de cambiar tu paisaje
comparados con el latir de los glaciares.
comparados con el latir de los
glaciares.
Adiós. Ya te veo marchar en la distancia.
Adiós. Ya te veo marchar en la
distancia.
Adiós. Y, si nos volvemos a ver,
no reprobaré que no reconozcas mi mirada
no reprobaré que no reconozcas mi
mirada
cuando acostumbras ver en el cielo
cambiar el baile de las estrellas.

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Pablo Fernández de Salas

Aceptación

Despertarse con la tranquilidad de vivir en una sociedad civilizada es casi un milagro. Pero asumir que el adjetivo «civilizada» otorga propiedades ideales, casi divinas, a dicha sociedad, es una versión endémica del síndrome de Estocolmo. Siempre podemos ignorar los bordes de nuestro mundo, fingir que sus afiladas aristas solo apuntan hacia afuera, o ver las espinas y cadenas que no existen donde vivimos, pero que son el día a día de otras sociedades vecinas. Después de todo, es mejor escoger la ignorancia cuando es bien sabido que el conocimiento solo trae felicidad si se acompaña de una voluntad sólida (hay quien la calificaría como inhumana). No obstante, a veces es necesario ese conocimiento, tenerlo guardado, aunque sea, en un cajón discreto, pero accesible, y no haber perdido la llave. ¿Cómo si no vamos a aceptar por entero el mundo en el que vivimos?

Aceptación

Cómo escribirte desde el fango
de los pensamientos,
cómo nadar en la melaza
de los sentimientos.
Cómo romper esta membrana
que ha podrido el espacio-tiempo
donde te encontrabas.
Cómo, ¡ay!, decirte
que tu vida tendrá barreras:
las de tu ahora y tu pasado,
las de tu cuerpo ensangrentado,
las de las fronteras,
las de la sociedad que sueñas
y aquella que vives,
las que nacen en tu cabeza
y las que otros a ti te invisten.
Cómo enseñarte el cascarón
y hacer que lo veas.
Tu casa, tu cárcel, tu todo,
tu mundo prohibido.
¿Dónde está el martillo?
Cómo decirte que no existe,
que no se ha perdido.

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Pablo Fernández de Salas

Trascendencia

Digitalizar nunca ha sido tan fácil. Producir contenido a partir de lo digitalizado está al alcance de cualquiera. Es innegable las ventajas que trae consigo poder acceder a un texto, traducirlo a otro idioma, pedir que te lo lean o incluso razonar sobre su contenido con un compañero digital.

Pero ¿qué hay de esa historia sutil, secundaria, oculta y a la vez tan expuesta al ojo inquisidor? ¿Qué hay de la historia que tiene que contar el propio libro? Su historia, su propia historia. Esos arañazos en la cubierta. Esas líneas garabateadas por la exploración artística de los niños. Esa arena emigrante de la playa. Esa nota al pie. Esa dedicatoria de una mano ya perdida. Esa mancha de café.

¿Aprenderemos a digitalizar un libro viejo?

A un libro viejo

Tú que has visto las manos de unos padres.
Tú que has visto las manos de unos
padres.
Tú que has visto a una pareja llorar.
Tú que has vivido esperando en mil estantes
Tú que has vivido esperando en mil
estantes
y, antes de eso, mucho antes,
sentiste el viento retozar.

Tú que incubas tus ideas, tus historias,
a la espera de otro intérprete más.
Tú que guardas tus secretos sin candado,
accesibles, expuestos, a mano.
Secretos que gritan tras tus calladas palabras,
Secretos que gritan tras tus calladas
palabras,
y secretos que espían desde el borde de tus páginas.
y secretos que espían desde el borde de
tus páginas.

Tú que gimes de placer, a tu edad,
con la caricia de unos dedos curiosos.
Tú que exhibes con orgullo las improntas
que la historia, tu verdadera historia,
ha dejado en tu lomo.

Tú que eres portador de mente y cuerpo,
y que prestas con orgullo tu homilía
a la dicción de quienes te pregonan
y a las enmiendas de quienes te visitan.

Dime, letrado organismo de erudita mente,
Dime, letrado organismo de erudita
mente,
¿cómo se siente al trascender a las nubes,
¿cómo se siente al trascender a las
nubes,
al abandonar tu ser más propio, individual, inmanente,
al abandonar tu ser más propio,
individual, inmanente,
y volcar al cielo tus ideas, exentas del placer de tenerte?
y volcar al cielo tus ideas, exentas
del placer de tenerte?
¡Dime, ay, ¿cómo se siente?!

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Pablo Fernández de Salas

La escape room de nuestras vidas

Cuando estudiaba bachillerato, él ya sabía que los grandes exámenes aún estaban por llegar. Estaba decidido a hacer una carrera universitaria, e indudablemente eso suponía enfrentarse a duras pruebas en las que demostrar su valía.

Después, tras obtener su título, supo que tenía que opositar. O hacer entrevistas para conseguir su primer trabajo. O incluso ambas cosas a la vez. Sea como fuere, le esperaba otro reto, otra puerta que abrir, otra cerradura que superar.

Más adelante, ya bien establecido en su primer puesto como asalariado, disfrutó de un breve momento de estabilidad. Pero no tardó mucho en tener la impresión de que las pruebas no habían terminado. Había esperado poder parar y quedarse como estaba, apalancarse, pero la vida era demasiado costosa para mantener su adusta rutina. También empezaba a entender algo que no había aprendido en el colegio: nunca se deja de estudiar. Puede que los exámenes ya no le esperaran en forma de tests cronometrados, pero el avance continuo de la sociedad, y la lucha por mantenerse en el lado bueno de esa difusa línea que define a los elegidos que la mantienen, lo obligaban a estar al corriente. Un nuevo idioma. Una nueva tecnología. Una nueva identidad.

Actualmente, asentado en la madurez, se dedica a recordar a aquel adolescente temeroso de los grandes exámenes. Qué equivocado había estado. Qué poco sabía que los retos que definen una vida no dejan de aparecer. Puerta tras puerta, cerradura tras cerradura. Un cambio de piso. Una nueva pareja. La muerte de un familiar. ¿Cómo será enfrentarse a las pruebas futuras? ¿Qué desafíos harán que los de ahora parezcan problemas sin importancia?

Los portazos de la vida

Que cuando una se cierra
otra puerta se abre
pudiera verse como incuestionable.
Pero es precisamente la cuestión
que se cuestionen tan altas verdades
que, la verdad sea dicha,
verdaderamente no han de ser tales.
Tal vez sea que en efecto
siempre ha de haber una puerta cerrada,
siendo pues la cuestión
que, cuando una se abra,
ya espere al fondo otra puerta sellada.
Y ya hablemos de puertas o ventanas,
o de un empleo, idioma o mudanza,
digo que la cuestión incuestionable
que yo hoy me cuestiono
es la facilidad con que la vida
nos juzga, nos examina, nos pone
pruebas en cada esquina.
Puertas…… ventanas…… cerraduras varias
Puertas…… ventanas…… cerraduras
varias
que, cuando una se abre,
otra ya nos estanca.

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Pablo Fernández de Salas

Al olvido

La memoria es una cualidad escurridiza: a veces etiqueta los recuerdos con tesón, dotándolos de un acceso fácil y natural, y otras veces los lanza a cualquier rincón, sin preocuparse por su futuro desorden y dejando en manos de la fortuna su emplazamiento. A veces dicha fortuna recupera parias de la memoria, que van a parar al cajón de los recuerdos perdidos y nos confunde como un calcetín disidente del cesto de la colada. Otras veces la propia memoria se encarga de poner orden en su desván. Pero hay veces en las que los recuerdos se pierden y nada sirve; veces en las que ni la memoria misma puede hacer algo por sus recuerdos. Son esas veces en las que el olvido decide aparecer, tocando con su irreversible mano recuerdos que se extinguen. Sin más. Como una vela sin cera. Como el sol al anochecer.

Al olvido

Hoy me acordé de ti,
del oro que atesoras,
del brillo de esas vidas,
de todos sus ahoras.
Hoy recordé tu saber infinito,
un mar que no evapora
el aliento sin pausa de sus ríos.
Hoy, hoy hice memoria,
y con ello frené tu hambre eterna
y el huir de mi historia.
Pero por mucho que ancle las risas,
los soles en la acera,
las amarguras que endulzan el alba;
por mucho que selle el brillo en la arena
por mucho que selle el brillo en la
arena
de los atardeceres del Atlántico
y reponga las velas
que engrisecen el aire del salón,
por mucho que rebobine las cintas
y vuelva a oler tantas lluvias en casa,
no hay esfuerzo que pare tu apetito.
Hora a hora, y semana a semana,
mis recuerdos irán a tu laguna,
hasta que un día despierte en tus brazos
y mi mundo sea un puzle por montar.
¡Ay, ojalá te olvidaras de mí
como yo de ti me he de olvidar!

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Pablo Fernández de Salas

Otro más

Cada vez son más las personas que me sorprenden por tener un lado oculto y terrible. Cada vez son más los hombres que guarecen al diablo y lo visten con las plumas de los ángeles. Cada vez la lista crece, y hay quien pudiera pensar que no es más que la consecuencia del avance indetenible de las estaciones, de la palpitación obstinada de los días. Pero cada vez que el reloj late estos pensamientos, cada vez que la humanidad se olvida de crecer su moral, otro más se une a las filas de los infames.

Otro más

Otro más presa de la negrura.
Otro más con espinas internas.
Otro más con óxido en las rejas
que encarcelan su doble moral.
Dime, tú que envías tus demonios
a enaltecerse en la resistencia,
tú que juegas a forzar las llaves
que otras almas al verte te cierran,
¿qué encuentras cuando rompes el sello?
¿Qué inexplicable gozo compensa
el daño del espejo y su grieta?

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Pablo Fernández de Salas

En el café

En la calle hace frío. Llueve ligeramente y la puerta al abrirse te envuelve de calor. Llegas al mostrador. Pides un café. Esperas mientras tu cuerpo se atempera. Localizas tu sitio. Pones el abrigo en la silla y recoges el pedido. Te sientas, cierras los ojos y te preparas para abrir los sentidos. Fuera la noche está cayendo, durmiendo los colores, que se resguardan contigo en el café. Con el aroma dulce y tostado en la nariz, abres los ojos.

En el café

Pintadas de azul
al fondo de las luces.
Colores enlatados.
Colores protagonistas.
Colores. Colores.
            Colores.
Sabores en el aire.
Conversaciones en los vasos.
Texturas contrapuestas.
Oídos atentos y desenfocados.
El rumor imaginario de la lluvia.
La lluvia real de nuestros pasos.
La galaxia bidimensional sobre la que escribo.
La galaxia bidimensional sobre la que
escribo.
Mil segundos.
Cien surtidos.
Diez abrazos encallados.

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Pablo Fernández de Salas