Profundas las raíces
del roble centenario,
imperturbables sus ramas complejas,
soportadas en sus propias madejas
lejos de lo ordinario.
Profundas y pensadas
las flores, las hojas llenas de inercia,
profundas y cansadas.
Quebradizos se antojan los retoños
que a su vera cimbrean,
aclimatándose, ganando otoños
sin la pausa de los años al tronco,
pero ajenos al correr de la hierba.
¡Qué aprisa maduran los tallos verdes!
¡Qué rápido se dibujan sus flores!
Las cuatro estaciones en primavera
tan comprimidas que olvidan las formas.
Aprender, se aprende de los vecinos,
y juzgar, se juzga a los milenarios.
La verdad al capricho de los vientos
que hacen eco del piar de los pájaros.
Qué raudas van las vidas
conectadas al sol,
expuestas a la lluvia,
ignorando el control.
Juntas pulsan sus fibras,
al unísono sienten,
y en desbandada en su primer otoño
secan, sufren y mueren.
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Pablo Fernández de Salas
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