Lejos quedan los cielos

 

Lejos quedan los cielos
en los que la noche baña sus ojos
pintados del calamar y su miedo.
Lejos el frío invierno.
Lejos la oscuridad
de aquella garganta eterna y sin fondo,
lejos la boca de la que escapamos.
Ahora, flotando en el inocente
azul del exterior,
perdemos la memoria.
Ahora se muestra el verde. Ahora.
Ahora olvidamos los grises dientes.
Al anochecer, o al amanecer,
sin dejar del todo el azul del mar,
nos cortejan sus labios.
Rojos, o como el fuego,
o rosas y escarlatas.
Unas horas que atizan el deseo.
Una carnosa trampa.
Con el paso de los días caeremos
entre los dos labios que se retraen,
cada vez más lejanos,
entre el orto y el alba.
Con el paso de los meses se irán,
devoradas por las terribles fauces,
las aguas de la vida.
Lejos. Lejos. Lejos quedan los cielos
dentro del leviatán.
Y, aunque han de volver a engullirnos,
ahora deslumbran sus labios, tiernos.
Tiernos sobre los dientes
que morderán en otoño con fuego.
Pero no ahora. Lejos.
Ahora se muestra el verde. Ahora.
Lejos quedan los cielos. Lejos. Lejos.

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Pablo Fernández de Salas

 

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