Los claveles de mi patio
se han despertado deprisa.
Ni el rocío, ni la brisa
los han dejado dormir.
Las raíces, resentidas,
arrancadas de los tiestos,
forman filas en sus puestos
a la orden del colibrí,
que nunca duerme la siesta
con su incesante batir.
Hiel de romero las horas
que dan coces a mi paso
entre el café que las moja
y el que las labra después.
Mar de parterres desiertos
donde plantar las semillas
de las que nazcan claveles
para empezar otra vez.
Así en un ciclo sin fondo
bajo el granizo del tiempo,
a resguardo de la vida,
no sea que se contagie,
hasta secar los quehaceres
y que en las tascas de albero
las palomas limosneen
los frutos del girasol
y las arras de mi hacienda
a cambio de su calor.
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Pablo Fernández de Salas
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