El sillón de cojín blando,
como blanda está la noche
con sus rojeces tapando
tras pasajero derroche,
se resiente.
Blandas también ven las rosas
con su arrugada mirada,
padeciendo, pese a hermosas,
melancolía avanzada,
la pendiente.
Esa pendiente que ahonda
los polos atormentados
en los que muere la sonda
que conectaba los hados
limpiamente.
Pero, ¡ay!, que ya se han ido,
abandonando a esta alma
a una resaca de calma
que no hay quien la haya querido
buenamente.
¡Ay, rumor sordo, vacío!
Sangre que a más sangre llama,
llanto que se autoreclama.
¡Sangre de este llanto frío
e indigente!
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Pablo Fernández de Salas
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