Neowise

 

En un soplo de brisa,
que estremece los árboles del parque,
muda su azul el cielo
hasta un zafiro oscurecido, negro
en el sur, veteado de diamantes,
y en el norte sangrante turmalina.
Hacia el este, balcones de riqueza
con vistas hacia la humilde pradera
que se extiende al oeste;
cabellos esmeralda
con mil canas de oro
que la noche tiñe de gris y plata.
Justo donde la pradera se funde
con la pompa y las casas,
dos bancos de madera
custodian una mesa
que está siendo ocupada
mientras el universo se descubre.
Tres ojos apuntan al noroeste;
dos vestidos de cielo,
en inquieto silencio,
y un tercero inmóvil y de iris negro
manteniendo sus párpados abiertos.
Tres ojos muy atentos
a la desnudez del perenne espacio
a la par que se perfilan los astros.
Un espacio inmortal e interminable;
unos astros de talante implacable.
En un soplo de brisa
la oscuridad se asienta,
los árboles tiritan
y los ojos observan.
En el norte, un resquicio escarlata:
luz del sol, sangre y fuego.
Ardiendo, al noroeste se escapa
una herida en el cielo.

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Pablo Fernández de Salas

 

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