Olas de vida

 

Suave, la canción lleva
del viento la nana al mar.
Las olas van al compás
meciendo su duermevela.
Nacidas en la inocencia,
sueñan con cualquier orilla;
ora abajo… ora arriba…
en un vaivén sin regencia.
Aún se hallan muy lejos,
sin vislumbrar su destino,
tan solo reflejos finos
en su azul cutis de espejo.
Tan tiernas se van formando,
con ondas de coqueteo,
las curvas, sus redondeos,
en un suave entramado.
De pronto un impulso eterno,
incombustible su llama.
Con un subidón de ego
nuestras pequeñas se alzan.
Explosión de vida y fuego,
un remolino de plata.
Asombro, pasión y vértigo
con el subir de las aguas.
Con un destello de luz
y en un suspiro de tiempo,
las olas van sin remedio
vistiendo su juventud.
Desde aquel soplo y su arrullo,
que dio vida al balanceo,
cada una en su deseo,
se han liberado del mundo.
Mas, ni el albor es eterno,
ni tan clemente es el mar,
y en cuchillada mortal
la madurez hiende el viento.
Con furia las olas lloran
y se retuercen a un tiempo.
La caída es brusca y ronca,
estruendoso su lamento.
Veloces sobre la orilla
recuperan la cordura;
más sabias, viejas y astutas,
y soportando la herida.
Hacia el final del viaje,
las olas se ralentizan,
lamiendo la nívea riba,
aplacando su oleaje.
Un vaporoso suspiro
y detienen su andadura.
Senil, al mar su retiro,
luciendo canas de espuma.

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Pablo Fernández de Salas

 

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