El cosmólogo


Rompe el silencio un chasquido,
un rápido tintineo
y la sombra de un zumbido.

Una luz inmaculada
pinta la pared de blanco,
de gris las mesas y bancos,
pero elude la pizarra:
un rostro desafiante
de intimidante mirada;
una negrura impactante:
la más oscura ventana.

Cinco dedos decididos
acechan sobre una caja.
Negra piel, claro objetivo:
la presa una tiza blanca.

Sin oponer resistencia,
la tiza vuela en el aire;
aquí y allá taconea;
la mano dirige el baile.

Figuras de polvo blanco
se forman con esta danza.
Símbolos que van cuajando
sobre la negra pizarra.

Sin música, pero a tiempo,
la mano dirige y baila,
con un silente concierto,
a ritmo de tiza blanca.

El universo se expande
y muestra toda su historia,
plasmada con blanca sangre
desde el Big Bang hasta ahora.
Los fotones primordiales,
sus más oscuros secretos,
mil y una realidades
en matemático verso.

La luz blanca está zumbando
mientras transcurren las horas.
Estrellas de tiza flotan
en su ventana al espacio.

La luz blanca está zumbando
y la tiza taconea.
De pronto, se rompe el ritmo
y solo el zumbido suena.

Cinco dedos satisfechos
regresan sobre la caja.
Ya poblado el universo,
liberan la tiza blanca.

De las sombras el zumbido.
La oscuridad del espacio.
La nitidez de un destino
plasmado con polvo blanco.

Unos pasos. Una pausa.
El universo se expande…
Las ecuaciones se apagan.

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Pablo Fernández de Salas


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