Si te imaginas los versos
cayendo como el relente,
posándose suavemente
en tus pétalos abiertos;
entonces, ¡ay, rosa mía!,
humedécete en los labios,
en las caricias y encantos
de nuestra amada poesía.
Si al respirar te emocionas
y su pasión te enrojece,
y su tacto te estremece,
no te ocultes, ¡ay, mi rosa!
Que tus espinas enhiestas
se reblandecen al roce
del poeta, rojo broche
brillando en cendal de estrellas.
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Pablo Fernández de Salas
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