Paz veraniega

 

El atardecer sorprende
como lo hizo la mañana,
índigo herido de muerte
con una herida escarlata.
Las horas pasan sin verme,
pero su espíritu ataca;
los dientes del reloj muerden
y con los años desgarran.
Entre las olas del mar
se esconde mi juventud,
la que endulzaba su sal
con la amistad y su luz;
y mi niñez, que se esfuma
en el romper de las olas,
entre burbujas de espuma
me recuerda sus cabriolas.
Pero hoy la tarde llega
sin premura ni tardanza;
puntual, como se espera
para quien la paz abraza.
La vida bate sus aguas
sin importarle el remero,
y sopla vientos que braman
coplas según sus deseos.
Hoy el mar luce tranquilo;
más sabio, pero aún un crío,
y el aire templa su brío
a las puertas del estío.

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Pablo Fernández de Salas

 

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