En el mundo de la decoración casi todo es posible. Puede haber un mejor o peor diseño, una idea más o menos original, o uno u otro propósito. No obstante, incluso el desorden puede ser parte de un estilo de decoración que busca una premeditada falta de cuidado, en el que cada objeto está dispuesto de una manera que sugiere aleatoriedad, pero que puede tener mucho trasfondo. Con esto en mente, podría entender casi cualquier cosa que se motive desde un punto de vista decorativo. Casi cualquier cosa. Hay algunos detalles a los que, bien sea por mi amor a los libros, bien por mi preferencia a la funcionalidad, me cuesta encontrarles sentido. Por ejemplo, el hecho de situar los libros en una estantería con el lomo de cara a la pared.
De cara a la pared
No entiendo esta moda tan reciente
de tener los libros del revés,
sus rostros castigados al frente
de la pared, pálido el envés
que nos muestra su lívida entraña,
añejando contenida saña.
¿Cómo no van a estar muy furiosos
los tomos tan ruinmente vejados,
ciegos a nuestros ojos curiosos,
prescindidos, mudos, olvidados?
¿Cómo no van a querer venganza,
mutilados, capada su danza?
Un día buscaremos su ciencia,
instigados por la obligación,
y acudiremos con harta urgencia
a los secretos de su oración.
Pero, ¡alás!, sus hojas unidas
blandirán rencor y sus heridas.
Espectros en blanco sus fachadas,
un caos limpio y organizado,
recetarios y cuentos de hadas
con el mismo uniforme instalado.
Así los proscritos nos darán,
miga a miga, nuestro propio pan.
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Pablo Fernández de Salas