Primavera

La misma ventana. Otro cielo. La misma hora. Otro espejo.

Hoy te he visto llegar, escondiéndote tras las nubes, entremezclando tu esencia en la furia del aire, un aire nuevo capaz de apartar a las estrellas. Tímidos tus ojos al bostezar la alborada, serios tus labios cuando dibujaron mi sonrisa.

Escóndete cuanto quieras, no hay prisa: sé que has venido para quedarte. Pero no esperes que te ignore ahora que sé que estás aquí. Durante unos meses seré esclavo de tus deseos, así como la tierra verá germinar tus antojos de colores. Disimula tus pasos, no importa. Te reconozco en el aire. Hoy te he visto llegar.

Primavera

La luz de la tarde en ráfagas llega
cuando el mundo sacude
las sábanas sobre nuestras cabezas.

Te oigo aparecer.
De puntillas me soplas tus deseos,
que repican con brío en las ventanas.
Los claroscuros de tu turbio pelo
maquillados de hojas que te delatan.
No ocultes tu querer,
que yo tampoco ocultaré mis celos
encallecidos de llorar tu falta.
No finjas que no has echado de menos
oír mi alma riendo en resonancia.
No mientas. No esta vez.

El influjo de tus rayos dorados
hace que germinen las emociones.
Una ráfaga más.
El crujir de las nubes repicando
cuando el mundo se sacude la noche.

Azul. De blanco a celeste. Azul.
Tu cautela deshecha por tu luz.

Sabiendo que las sábanas se orean
precediendo tu paso,
busco —¡qué mal al escondite juegas!—
y a tu encuentro ya salgo.

La luz de la tarde en ráfagas suena.
Hoy al mundo tú acudes,
y yo corro a situarme a tu vera.

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Pablo Fernández de Salas

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