Ojos de cuervo

Libres. Algunos de nosotros tenemos el privilegio de ser libres. Pero ¿qué significa esa libertad de la que disfrutamos? Ciertamente no podemos hacer todo lo que nos apetezca, e incluso nuestros deseos han sido forjados desde la infancia por los continuos martillazos de la sociedad.

Pum, pum. No podemos amenazar a nuestro vecino que canta por las noches. Pum, pum. No podemos llegar tarde a un trabajo que tal vez no nos interesa tanto como debería. Pum, pum. Debemos salir vestidos a la calle. Pum.

El sentido común nos dice que las restricciones son necesarias. Para protegernos. Para vivir en sociedad. Después de todo, no podríamos ser puramente libres incluso en el más anárquico de los mundos. Ciertamente no podríamos disfrutar del concepto de un hogar seguro, o de unos alimentos accesibles con los que transformar la comida de una necesidad a un placer, si no fuera por la sociedad. Pero ser libres significa vivir encadenado a sus deberes tanto como a sus beneficios. Un privilegio, tal vez. Pero uno que no está exento de responsabilidades.

Ojos de cuervo

Un ojo fijo en la tierra
y en los destellos del agua,
en el sabor de la hierba
y en las tres nubes que pastan.
El otro ciego a las risas
de los viandantes que pasan,
absorta su inútil córnea en
los claroscuros del alma.
Un ojo de piel de oveja
regocijado en el viento
que azota con sus latidos
los fuertes grillos del tiempo.
El otro ve las cenizas
y entre sus plumas un cuervo,
y en su graznido se clavan
mis mismos dos ojos negros.

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Pablo Fernández de Salas

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