Al olvido

La memoria es una cualidad escurridiza: a veces etiqueta los recuerdos con tesón, dotándolos de un acceso fácil y natural, y otras veces los lanza a cualquier rincón, sin preocuparse por su futuro desorden y dejando en manos de la fortuna su emplazamiento. A veces dicha fortuna recupera parias de la memoria, que van a parar al cajón de los recuerdos perdidos y nos confunde como un calcetín disidente del cesto de la colada. Otras veces la propia memoria se encarga de poner orden en su desván. Pero hay veces en las que los recuerdos se pierden y nada sirve; veces en las que ni la memoria misma puede hacer algo por sus recuerdos. Son esas veces en las que el olvido decide aparecer, tocando con su irreversible mano recuerdos que se extinguen. Sin más. Como una vela sin cera. Como el sol al anochecer.

Al olvido

Hoy me acordé de ti,
del oro que atesoras,
del brillo de esas vidas,
de todos sus ahoras.
Hoy recordé tu saber infinito,
un mar que no evapora
el aliento sin pausa de sus ríos.
Hoy, hoy hice memoria,
y con ello frené tu hambre eterna
y el huir de mi historia.
Pero por mucho que ancle las risas,
los soles en la acera,
las amarguras que endulzan el alba;
por mucho que selle el brillo en la arena
por mucho que selle el brillo en la
arena
de los atardeceres del Atlántico
y reponga las velas
que engrisecen el aire del salón,
por mucho que rebobine las cintas
y vuelva a oler tantas lluvias en casa,
no hay esfuerzo que pare tu apetito.
Hora a hora, y semana a semana,
mis recuerdos irán a tu laguna,
hasta que un día despierte en tus brazos
y mi mundo sea un puzle por montar.
¡Ay, ojalá te olvidaras de mí
como yo de ti me he de olvidar!

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Pablo Fernández de Salas

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