La memoria es una cualidad escurridiza: a veces etiqueta los recuerdos con tesón, dotándolos de un acceso fácil y natural, y otras veces los lanza a cualquier rincón, sin preocuparse por su futuro desorden y dejando en manos de la fortuna su emplazamiento. A veces dicha fortuna recupera parias de la memoria, que van a parar al cajón de los recuerdos perdidos y nos confunde como un calcetín disidente del cesto de la colada. Otras veces la propia memoria se encarga de poner orden en su desván. Pero hay veces en las que los recuerdos se pierden y nada sirve; veces en las que ni la memoria misma puede hacer algo por sus recuerdos. Son esas veces en las que el olvido decide aparecer, tocando con su irreversible mano recuerdos que se extinguen. Sin más. Como una vela sin cera. Como el sol al anochecer.