Cuando estudiaba bachillerato, él ya sabía que los grandes exámenes aún estaban por llegar. Estaba decidido a hacer una carrera universitaria, e indudablemente eso suponía enfrentarse a duras pruebas en las que demostrar su valía.
Después, tras obtener su título, supo que tenía que opositar. O hacer entrevistas para conseguir su primer trabajo. O incluso ambas cosas a la vez. Sea como fuere, le esperaba otro reto, otra puerta que abrir, otra cerradura que superar.
Más adelante, ya bien establecido en su primer puesto como asalariado, disfrutó de un breve momento de estabilidad. Pero no tardó mucho en tener la impresión de que las pruebas no habían terminado. Había esperado poder parar y quedarse como estaba, apalancarse, pero la vida era demasiado costosa para mantener su adusta rutina. También empezaba a entender algo que no había aprendido en el colegio: nunca se deja de estudiar. Puede que los exámenes ya no le esperaran en forma de tests cronometrados, pero el avance continuo de la sociedad, y la lucha por mantenerse en el lado bueno de esa difusa línea que define a los elegidos que la mantienen, lo obligaban a estar al corriente. Un nuevo idioma. Una nueva tecnología. Una nueva identidad.
Actualmente, asentado en la madurez, se dedica a recordar a aquel adolescente temeroso de los grandes exámenes. Qué equivocado había estado. Qué poco sabía que los retos que definen una vida no dejan de aparecer. Puerta tras puerta, cerradura tras cerradura. Un cambio de piso. Una nueva pareja. La muerte de un familiar. ¿Cómo será enfrentarse a las pruebas futuras? ¿Qué desafíos harán que los de ahora parezcan problemas sin importancia?
Los portazos de la vida
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Pablo Fernández de Salas