Despertarse con la tranquilidad de vivir en una sociedad civilizada es casi un milagro. Pero asumir que el adjetivo «civilizada» otorga propiedades ideales, casi divinas, a dicha sociedad, es una versión endémica del síndrome de Estocolmo. Siempre podemos ignorar los bordes de nuestro mundo, fingir que sus afiladas aristas solo apuntan hacia afuera, o ver las espinas y cadenas que no existen donde vivimos, pero que son el día a día de otras sociedades vecinas. Después de todo, es mejor escoger la ignorancia cuando es bien sabido que el conocimiento solo trae felicidad si se acompaña de una voluntad sólida (hay quien la calificaría como inhumana). No obstante, a veces es necesario ese conocimiento, tenerlo guardado, aunque sea, en un cajón discreto, pero accesible, y no haber perdido la llave. ¿Cómo si no vamos a aceptar por entero el mundo en el que vivimos?
Aceptación
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Pablo Fernández de Salas