Quizás fuéramos la decepción de nuestros padres, como posiblemente ellos lo fueron de nuestros abuelos. Los millennials. Los primeros en disfrutar la era digital desde pequeños. Las personas en proyecto que en su día, hace ya sus años, querían correr más allá de lo esperable en el ser humano. Quienes vieron nacer internet a una edad demasiado temprana para entenderlo. Los adultos de la inteligencia artificial. Las tortugas de los nuevos tiempos. Los que ahora llaman a la razón a los nuevos brotes, más apresurados si cabe, más ansiosos por llenarse de conocimiento. A un ritmo vertiginoso, sin pausa, sin filtro, sin rumbo aparente, sin esperas. Ahora. Ya. ¿Qué muro ni qué hostias? ¡Ya!
Mientras recordamos las paradas que debimos tomar. Mientras recapacitamos sobre nuestras propias decisiones sin experiencia. Mientras rumiamos sobre la necesidad de comprender, refunfuñando sobre un mundo más ágil y muy nuevo, gruñones como acuñados miembros de cada generación que ve tomar posesión del mundo a la siguiente, no olvidemos nuestro pasado. No nos precipitemos como sentimos que se precipitan los jóvenes. Y, aunque nos duela ver el prado lleno de hierbas expuestas a la sinrazón, ofrezcamos la sombra de nuestras copas con nuestra adulta calma, en la distancia, sin ahogarlos en la oscuridad, y respetando el lento relevo de los mayores.
La hierba entre los robles
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Pablo Fernández de Salas