Reflexiones y hojas caducas

En los árboles caducos, las hojas vienen y van, cortas sus vidas e igualmente cortas sus preocupaciones. Me pregunto si, por las noches, las ramas les contarán historias de otras hojas de épocas pasadas, de años en los que también hubo una primavera, un verano provechoso, y el inevitable tardío que las librará del invierno. Poco saben las hojas que han de morir consumidas por el fuego del otoño; poco saben de los cambios que, prácticamente invisibles, varían año tras año las condiciones de su entorno. Grano a grano, la montaña crece. Y un día, cuando el precario equilibrio lleve ya un tiempo apuntalando tensiones, el viento rozará los puntales, la Tierra sacudirá su antigua piel y, tras unos años de inquietud adolescente, solo quedará una exuvia agrietada para recordar nuestro ahora: un fósil climático enterrado en las corrientes de la nueva realidad.

A una hoja de primavera

Tú que vienes al mundo
al nacer la primavera,
tú que conoces al sol
cuando despierta.
Tú que lo adorarás con pasión,
y con pasión quemarás tus hebras por él,
agotando el verde inmaculado de tu rostro,
agotando el verde inmaculado de tu
rostro,
imitando el tono de su piel.
Tú que darás la vida por sus rayos
y lo seguirás, ya cansado,
a su lecho más allá del horizonte.
Tú, que el invierno desconoces,
nacida de la primavera,
señora del verano,
¿cómo será vivir como tú?
¿Cómo será alcanzar
tu destino en un chispazo,
dormir entre verdades imposibles,
ignorar el derrumbe de las montañas?
Tú, que llegas en la bonanza,
¿cómo se siente saberse irresponsable
del porvenir del que vendrá mañana?

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Pablo Fernández de Salas

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