En los árboles caducos, las hojas vienen y van, cortas sus vidas e igualmente cortas sus preocupaciones. Me pregunto si, por las noches, las ramas les contarán historias de otras hojas de épocas pasadas, de años en los que también hubo una primavera, un verano provechoso, y el inevitable tardío que las librará del invierno. Poco saben las hojas que han de morir consumidas por el fuego del otoño; poco saben de los cambios que, prácticamente invisibles, varían año tras año las condiciones de su entorno. Grano a grano, la montaña crece. Y un día, cuando el precario equilibrio lleve ya un tiempo apuntalando tensiones, el viento rozará los puntales, la Tierra sacudirá su antigua piel y, tras unos años de inquietud adolescente, solo quedará una exuvia agrietada para recordar nuestro ahora: un fósil climático enterrado en las corrientes de la nueva realidad.
A una hoja de primavera
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Pablo Fernández de Salas