Digitalizar nunca ha sido tan fácil. Producir contenido a partir de lo digitalizado está al alcance de cualquiera. Es innegable las ventajas que trae consigo poder acceder a un texto, traducirlo a otro idioma, pedir que te lo lean o incluso razonar sobre su contenido con un compañero digital.
Pero ¿qué hay de esa historia sutil, secundaria, oculta y a la vez tan expuesta al ojo inquisidor? ¿Qué hay de la historia que tiene que contar el propio libro? Su historia, su propia historia. Esos arañazos en la cubierta. Esas líneas garabateadas por la exploración artística de los niños. Esa arena emigrante de la playa. Esa nota al pie. Esa dedicatoria de una mano ya perdida. Esa mancha de café.
¿Aprenderemos a digitalizar un libro viejo?
A un libro viejo
Tú que has visto las manos de unos padres.
Tú que has visto las manos de unos
padres.
Tú que has visto a una pareja llorar.
Tú que has vivido esperando en mil estantes
Tú que has vivido esperando en mil
estantes
y, antes de eso, mucho antes,
sentiste el viento retozar.
Tú que incubas tus ideas, tus historias,
a la espera de otro intérprete más.
Tú que guardas tus secretos sin candado,
accesibles, expuestos, a mano.
Secretos que gritan tras tus calladas palabras,
Secretos que gritan tras tus calladas
palabras,
y secretos que espían desde el borde de tus páginas.
y secretos que espían desde el borde de
tus páginas.
Tú que gimes de placer, a tu edad,
con la caricia de unos dedos curiosos.
Tú que exhibes con orgullo las improntas
que la historia, tu verdadera historia,
ha dejado en tu lomo.
Tú que eres portador de mente y cuerpo,
y que prestas con orgullo tu homilía
a la dicción de quienes te pregonan
y a las enmiendas de quienes te visitan.
Dime, letrado organismo de erudita mente,
Dime, letrado organismo de erudita
mente,
¿cómo se siente al trascender a las nubes,
¿cómo se siente al trascender a las
nubes,
al abandonar tu ser más propio, individual, inmanente,
al abandonar tu ser más propio,
individual, inmanente,
y volcar al cielo tus ideas, exentas del placer de tenerte?
y volcar al cielo tus ideas, exentas
del placer de tenerte?
¡Dime, ay, ¿cómo se siente?!


Pablo Fernández de Salas