Una bandera está cargada de simbolismo. Hay cierto sello de identidad cosido entre sus hebras, un sello que representa tanto como recluye. El significado de una bandera también puede ser múltiple, y puede estar sujeto a interpretaciones contradictorias. Una bandera puede evocar el cariño, la ternura, los claros en el bosque del entendimiento. Al mismo tiempo, la misma bandera puede llevarnos hacia las habitaciones del odio y la rabia, y a los barrotes de la injusticia. Para mí, hay una bandera que, a pesar de no estar pintada de verde, funde sus colores en un recuerdo sobre lo que es sentir esperanza. Esperanza por la naturaleza en una cruz donde brilla el sol desde un cielo sin nubes.
La cruz de una bandera
Al fondo veo volar la bandera
que es mi presente y pasado;
mi presente en las luces del norte
que germinan a mi lado
—un verdor que desde el suelo estira—
y también en mi pasado.
Son los recuerdos de un campo infante
entre las lomas de Ronda,
la niebla de raíces de madre
en el corazón de Europa.
Es la esperanza verde que espera
tener futuro en la Tierra.
Es el alma que en la vida vive
y en el tiempo sobrevive.
Es la chispa que en el mar se crea,
como el sudor de las olas,
y a lomos del viento de la historia
ella vuela,
vuela,
vuela…
Bandera, ¡ay, que al fondo flameas!
¡Qué inútiles tus rencores!
¡Qué inútil tu orgullo y tus canciones!
¡Qué inútil, ay, tu berrea!
Y, sin embargo, ¡ay, sin embargo
ahí te miro oscilante
con tu destino en mí, tremolante,
recordándome el pasado!
¡Ay de nosotros! ¡Ay, ay, bandera!
Dos peones sin raíces
intentando volar libres,
pero enganchados en las fronteras.
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Pablo Fernández de Salas