Recuerdos

Recuerdos. Esos subproductos que la vida nos compele a arrastrar. Esos desconocidos durante nuestros primeros años que sin embargo van, día a día, mes a mes, cobrando importancia conforme las noches recomponen nuestro cerebro. Esta sonrisa por aquí. Este avispero por allá. El ladrido de un perro a la avenida del olvido. El sabor de las manzanas al pasillo de las cosas interesantes. Por lo menos al principio los recuerdos son solo una capa de polvo invisible, unos folletos curiosos que releemos para mirar hacia el futuro. Por lo menos al principio. Pero al mismo tiempo que la experiencia nos va dando altura, crece la mole de los recuerdos, y, de pronto, ya no acudimos a ellos con el único propósito de fortalecer el siguiente paso, sino que empezamos a verlos como amigos cada vez más lejanos, como traumas todavía demasiado presentes, como una vida que está dejando de estar a nuestro alcance, a la espera de nuestros pies, y se está despidiendo de nosotros junto al inevitable avance de los motores del mundo.

Recuerdos

Los años mudan la piel
con la pasión del olvido,
y en mi retina el ayer
encuentra amargo cobijo.
Las arrugas de una actriz
son el espejo que ignoro,
y las luces olvidadas
el tiempo y su deterioro.
Mareas de aquellos años,
la pleamar seca en mis ojos,
y la succión de un presente
corinto como el otoño.
Las flores que antes raspaba
como quien da a una cerilla
la chispa que ahora me quema
por mucho brillo que emita.
Los cielos que antes lloraban
para atraer a mis ojos
e intercambiarles su azul
con dos desiertos lluviosos.
Aquellos años pasados
sin esperar el futuro,
aquellos años que aguardo
con cada luna al desnudo.
Con cada paso.
Con cada sueño.
Con cada vez que me abro,
página a página,
y me encuentro con las lágrimas
de aquellos ecos,
de aquellos tallos,
de aquellos tiernos momentos
de la corteza del árbol.

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Pablo Fernández de Salas

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