Ojos de cuervo

Libres. Algunos de nosotros tenemos el privilegio de ser libres. Pero ¿qué significa esa libertad de la que disfrutamos? Ciertamente no podemos hacer todo lo que nos apetezca, e incluso nuestros deseos han sido forjados desde la infancia por los continuos martillazos de la sociedad.

Pum, pum. No podemos amenazar a nuestro vecino que canta por las noches. Pum, pum. No podemos llegar tarde a un trabajo que tal vez no nos interesa tanto como debería. Pum, pum. Debemos salir vestidos a la calle. Pum.

El sentido común nos dice que las restricciones son necesarias. Para protegernos. Para vivir en sociedad. Después de todo, no podríamos ser puramente libres incluso en el más anárquico de los mundos. Ciertamente no podríamos disfrutar del concepto de un hogar seguro, o de unos alimentos accesibles con los que transformar la comida de una necesidad a un placer, si no fuera por la sociedad. Pero ser libres significa vivir encadenado a sus deberes tanto como a sus beneficios. Un privilegio, tal vez. Pero uno que no está exento de responsabilidades.

Ojos de cuervo

Un ojo fijo en la tierra
y en los destellos del agua,
en el sabor de la hierba
y en las tres nubes que pastan.
El otro ciego a las risas
de los viandantes que pasan,
absorta su inútil córnea en
los claroscuros del alma.
Un ojo de piel de oveja
regocijado en el viento
que azota con sus latidos
los fuertes grillos del tiempo.
El otro ve las cenizas
y entre sus plumas un cuervo,
y en su graznido se clavan
mis mismos dos ojos negros.

cropped-mifirmapfds-margenes-1.pngcreativeCommons

Pablo Fernández de Salas

Recuerdos

Recuerdos. Esos subproductos que la vida nos compele a arrastrar. Esos desconocidos durante nuestros primeros años que sin embargo van, día a día, mes a mes, cobrando importancia conforme las noches recomponen nuestro cerebro. Esta sonrisa por aquí. Este avispero por allá. El ladrido de un perro a la avenida del olvido. El sabor de las manzanas al pasillo de las cosas interesantes. Por lo menos al principio los recuerdos son solo una capa de polvo invisible, unos folletos curiosos que releemos para mirar hacia el futuro. Por lo menos al principio. Pero al mismo tiempo que la experiencia nos va dando altura, crece la mole de los recuerdos, y, de pronto, ya no acudimos a ellos con el único propósito de fortalecer el siguiente paso, sino que empezamos a verlos como amigos cada vez más lejanos, como traumas todavía demasiado presentes, como una vida que está dejando de estar a nuestro alcance, a la espera de nuestros pies, y se está despidiendo de nosotros junto al inevitable avance de los motores del mundo.

Recuerdos

Los años mudan la piel
con la pasión del olvido,
y en mi retina el ayer
encuentra amargo cobijo.
Las arrugas de una actriz
son el espejo que ignoro,
y las luces olvidadas
el tiempo y su deterioro.
Mareas de aquellos años,
la pleamar seca en mis ojos,
y la succión de un presente
corinto como el otoño.
Las flores que antes raspaba
como quien da a una cerilla
la chispa que ahora me quema
por mucho brillo que emita.
Los cielos que antes lloraban
para atraer a mis ojos
e intercambiarles su azul
con dos desiertos lluviosos.
Aquellos años pasados
sin esperar el futuro,
aquellos años que aguardo
con cada luna al desnudo.
Con cada paso.
Con cada sueño.
Con cada vez que me abro,
página a página,
y me encuentro con las lágrimas
de aquellos ecos,
de aquellos tallos,
de aquellos tiernos momentos
de la corteza del árbol.

cropped-mifirmapfds-margenes-1.pngcreativeCommons

Pablo Fernández de Salas

Insectos de turismo

Los insectos del verano queman la piel alborotados por el sol. Invisibles, pegajosos, machacones. Los mueven nuestros pasos. Los mueve nuestra propia cabezonería. Esa foto que no puede dejarse pasar. Ese viaje que no encuentra otro mejor momento. Ese estar, pero no estar. El cuerpo en la pose que alumbrará la pantalla. La mente a kilómetros de distancia, ramificadas sus emociones, digitalizadas sus neuronas. Y en el nodo blando y expuesto, los malditos insectos. Instrumentos insistentes. Inscripciones insolentes. Instituciones insurgentes. Insectos

Insectos

Insectos sobre la piel,
acallados en los breves descansos
en los que nos caza el sector servicios.
en los que nos caza el sector
servicios.
Insectos oculares
que sufren con interés
los clavos solares.
Insectos en nuestros pies,
que mueren de paso a paso
con autoinfligida desgana.
Insectos:
familiares del masoquista moderno,
del dominguero del verano,
de nuestro FOMO sin frenos.
Insectos que nos chupan nuestro sudor.
Insectos que nos chupan nuestro
sudor.
Insectos que consumen el buen juicio.
Insectos que consumen el buen
juicio.
Insectos titiriteros de las redes,
cuyos anzuelos invisibles
fotografían nuestros dientes.
Insectos:
sus mentes de colmena en nuestros cerebros.
sus mentes de colmena en nuestros
cerebros.
Posados. Sonrisas al acecho.
Insectos.
A la nube.
Insectos.

cropped-mifirmapfds-margenes-1.pngcreativeCommons

Pablo Fernández de Salas

Al lago del verano

Hoy el verano es un estado mental que se refleja en los rizos de la laguna. Los pinos saludan al frente, hacinados en la roca que acomoda al agua y más allá a lo largo de su abrupta cima. La hierba guía a los aires para que limpien su sudor en la ribera. Y yo dejo que el tiempo mueva a los bañistas, que salpican lágrimas de sol para que reverberen entre las ventanas del pasado y las puertas del futuro.

Bad Söderbysjön

Ríe a mis pies la purpurina verde
de la mano de un aire veraniego.
Pendiente abajo encuentra mi sosiego
la actividad que esa otra gente pierde.
En fragmentos estelares se vierten
las partículas que alegran su juego,
chispas que saltan en líquido fuego
tensando el agua donde se divierten.
Más allá regresa al bosque la calma
y el idílico paisaje se queda
entre altos dedos y extendida palma
cual rocío en verano y su vereda,
como la niebla que condensa un alma
que al mundo pide vacar cuanto pueda.

cropped-mifirmapfds-margenes-1.pngcreativeCommons

Pablo Fernández de Salas

Al mar, desde la Punta del Boquerón

En las orillas del Atlántico que vigilan la provincia de Cádiz hay una espada de arena entre San Fernando y Chiclana. Su filo teñido de plata se quiebra al llegar a la punta, la esquirla de Sancti Petri siempre cautiva del mar. Siempre cautiva del mar para que el filo defienda sin necesidad de cortar sino yaciendo en la arena.

Los rumores del océano vibran junto a las olas, refiriendo a quien escuche sus profundas historias. Un batir de versos raudos impregnando la playa. Unas rimas de suspiros roncos que ahora suben… y ahora bajan…

Al mar, desde la Punta del Boquerón

La poesía es el nido donde el «tú» duerme,
esa estrella en la noche que te palpita;
esos aires que empiezan a moverse
allá donde solo la luna te mira
y que luego crecen y crecen
para restallar, al filo de tu inmensa garganta,
con tu lengua de espuma saltarina.
La poesía son las conchas que en tu playa sueñan
rescatar de la arena sus exiguas vidas,
y las huellas tridáctilas del chorlitejo en vela
que por el mundo lleva los colores de tu orilla.
Esos salados en flor
que esperan el rocío de tus despertares,
esos muros añejos
que desde Sancti Petri escuchan tus afanes.
La poesía es esa punta de tierra,
cual boquerón volando en tus entrañas,
que a besarte se lanza, predispuesta
a recibirte con cada marea
y a esperarte cuando tu humor se pausa.

cropped-mifirmapfds-margenes-1.pngcreativeCommons

Pablo Fernández de Salas

Primavera

La misma ventana. Otro cielo. La misma hora. Otro espejo.

Hoy te he visto llegar, escondiéndote tras las nubes, entremezclando tu esencia en la furia del aire, un aire nuevo capaz de apartar a las estrellas. Tímidos tus ojos al bostezar la alborada, serios tus labios cuando dibujaron mi sonrisa.

Escóndete cuanto quieras, no hay prisa: sé que has venido para quedarte. Pero no esperes que te ignore ahora que sé que estás aquí. Durante unos meses seré esclavo de tus deseos, así como la tierra verá germinar tus antojos de colores. Disimula tus pasos, no importa. Te reconozco en el aire. Hoy te he visto llegar.

Primavera

La luz de la tarde en ráfagas llega
cuando el mundo sacude
las sábanas sobre nuestras cabezas.

Te oigo aparecer.
De puntillas me soplas tus deseos,
que repican con brío en las ventanas.
Los claroscuros de tu turbio pelo
maquillados de hojas que te delatan.
No ocultes tu querer,
que yo tampoco ocultaré mis celos
encallecidos de llorar tu falta.
No finjas que no has echado de menos
oír mi alma riendo en resonancia.
No mientas. No esta vez.

El influjo de tus rayos dorados
hace que germinen las emociones.
Una ráfaga más.
El crujir de las nubes repicando
cuando el mundo se sacude la noche.

Azul. De blanco a celeste. Azul.
Tu cautela deshecha por tu luz.

Sabiendo que las sábanas se orean
precediendo tu paso,
busco —¡qué mal al escondite juegas!—
y a tu encuentro ya salgo.

La luz de la tarde en ráfagas suena.
Hoy al mundo tú acudes,
y yo corro a situarme a tu vera.

cropped-mifirmapfds-margenes-1.pngcreativeCommons

Pablo Fernández de Salas

Más allá de los cristales

Las nubes pasan lentamente al otro lado de la ventana, entristeciendo el color de los árboles, pero alegrando sus esperanzas. Vistos desde un sexto piso, los troncos desnudos y los apagados pinos parecen simular a las nubes. Parches de algodón, ribetes de madera, brochazos cenicientos y ovillos de apretada clorofila. Al fondo algún tejado, y enfrente las mismas ventanas en el bloque que delimita el otro extremo del parque. Y mis ojos justo en medio de los dos horizontes: el que representa un pasado gris y augura un futuro turbulento, y el que muestra un presente alicaído tras el invierno.

Más allá de los cristales

Más allá de los cristales
que protegen el balcón
flotan rizos y retales
en un lienzo sin color.
Son augurios,
llantos que vendrán al mundo,
lágrimas que tus sentidos
acogerán cuando caigan
como mis ojos ya han visto
en un posible mañana.

Más allá de los cristales
hay espumas y algodones,
algunos verde plomizo
enganchados en bordones
de desnudos invernales.
Sus agujas
buscan el mar de presagios,
esperando,
deseando que se hunda.

Más allá de los cristales
imagino tu apatía,
tal vez copia de la mía,
paseando en los canales
que entre los troncos se abren
y desde abajo me espían.
El futuro,
un plano fino, delgado,
separando con su mano
los dos mundos:
un ahora
sobre el que trotan mis ojos,
de cemento, aguja y tronco,
y un pasado
bajo el que temo alcanzar
su callada voluntad.

cropped-mifirmapfds-margenes-1.pngcreativeCommons

Pablo Fernández de Salas

Allá van mis celos

Solemos pensar que hacemos lo que nos apetece, que dedicamos nuestro tiempo a actividades que hemos elegido nosotros; actividades que quizá nos identifiquen como individuos; actividades que no siguen los patrones de la sociedad y que realizamos sin influencias externas. Pero ¿qué haríamos si de verdad nos viéramos, como dicta el patrón, en esa famosa isla desierta? ¿Qué haríamos si pudiéramos elegir no un objeto, ni dos, ni una persona, ni tres, sino toda una sociedad para llevarnos con nosotros a ese espacio aislado y remoto? Probablemente siguiéramos aspirando a obtener cierto tipo de reconocimiento, y es difícil no pensar en un reconocimiento sin incluir los valores que nos ha inculcado la misma sociedad en la que vivimos.

Allá van mis celos

Allá van mis celos por la acera blanca,
mira, que allá van ellos por la calzada;
la perfección de la nieve en su espejante traje,
mil reflejos de un yo que duele al mirarse.
«¿Dónde vais?» les digo. «Donde va la gente».
Y mi ego herido en el cristal se pierde.
¿Por qué si yo a mí solo quererme quiero
debo dejar de querer que me quieran primero?
Un poco de azul en el cielo se muestra,
pero amenazan las nubes:
multitud de yoes en perpetua guerra.
Los yos que te buscan, a ti y a tus medallas;
los yos que se mueren entre la batalla;
los yos que ahora dudan, cuando no dudaban;
los yos que se aíslan y no piden nada.
Reflejos al fin del día
en lo opaco de mis yoes.
La persiana del mundo llegando a la cornisa.
Antes de que caiga. Deprisa. ¡Deprisa!
Pero mi yo derrapando se detiene
y, al borde del abismo —deprisa, ¡deprisa!—,
a sus reflejos nacarados de muerte
con miedo mira y les grita.
Inútil. Poco ha cambiado.
Uno sobre el otro se entierran mis celos.
Y tú, ¿me quieres? Yo no sé si me quiero.
Pero me quieras o no, acompaña a mis yoes,
pues bajo esta nevada de silenciosa muerte
yo sé que quererme quiero.
Y con el ardor de esta pálida calma,
ya pasada la tormenta,
a mí, desnudo, me veo.
Sobre mis yoes vencidos.
Sobre mi vencido ego.

cropped-mifirmapfds-margenes-1.pngcreativeCommons

Pablo Fernández de Salas

De cara a la pared

En el mundo de la decoración casi todo es posible. Puede haber un mejor o peor diseño, una idea más o menos original, o uno u otro propósito. No obstante, incluso el desorden puede ser parte de un estilo de decoración que busca una premeditada falta de cuidado, en el que cada objeto está dispuesto de una manera que sugiere aleatoriedad, pero que puede tener mucho trasfondo. Con esto en mente, podría entender casi cualquier cosa que se motive desde un punto de vista decorativo. Casi cualquier cosa. Hay algunos detalles a los que, bien sea por mi amor a los libros, bien por mi preferencia a la funcionalidad, me cuesta encontrarles sentido. Por ejemplo, el hecho de situar los libros en una estantería con el lomo de cara a la pared.

De cara a la pared

No entiendo esta moda tan reciente
de tener los libros del revés,
sus rostros castigados al frente
de la pared, pálido el envés
que nos muestra su lívida entraña,
añejando contenida saña.

¿Cómo no van a estar muy furiosos
los tomos tan ruinmente vejados,
ciegos a nuestros ojos curiosos,
prescindidos, mudos, olvidados?
¿Cómo no van a querer venganza,
mutilados, capada su danza?

Un día buscaremos su ciencia,
instigados por la obligación,
y acudiremos con harta urgencia
a los secretos de su oración.
Pero, ¡alás!, sus hojas unidas
blandirán rencor y sus heridas.

Espectros en blanco sus fachadas,
un caos limpio y organizado,
recetarios y cuentos de hadas
con el mismo uniforme instalado.
Así los proscritos nos darán,
miga a miga, nuestro propio pan.

cropped-mifirmapfds-margenes-1.pngcreativeCommons

Pablo Fernández de Salas

Copos de nieve

Tan pequeños frente al universo. Tan indiferentes en su totalidad. Tan débiles cuando están aislados… A un lado los copos de nieve; al otro las personas, y en medio el paso del tiempo, las eras, un nacer y morir de mundos a todas las escalas. Las preocupaciones de hoy son el olvido que alimenta el futuro. No somos la ventisca. No somos la nieve en calma durmiendo en la ladera. Los copos. Somos los copos.

Los copos

Los copos, somos los copos.
Cenizas de olvido llevadas por el tiempo.
Tiempo que ruge su arrítmico pasar
al anochecer,
en su oscuridad,
y en los grises retales de alboradas que encapotan los días.
Estos días sin tregua.
Estos días de desilusiones cortantes.
Estos días sin principio, pero que antes no estaban.
Estos días ciegos a la inmadurez.

Los copos, somos los copos.
Flotando por encima de un sangrante horizonte,
cayendo en el vacío de la gravedad,
desviados por un tiempo que su capricho ruge
en su arrítmico pasar.

¡Ay, los copos!
Únicos, bellos y brillantes.
A solas o en revoltosas avalanchas.
Fríos en sus cuerpos de diamante,
pero tan frágiles, frágiles, frágiles…

Los copos, solo los copos.
Ni la pluma que escribiera el pasado;
ni el destino que iniciara los hechos;
ni estos días, que tan solo nos llevan;
ni quien dicta los arranques del tiempo.

Los copos. ¡Solo los copos!

cropped-mifirmapfds-margenes-1.pngcreativeCommons

Pablo Fernández de Salas