Aeropuertos

Se nos va una parte importante de nuestras vidas esperando, bien sea en la fila de un supermercado, bien a que llegue una fecha señalada, o bien antes de subir a un medio de transporte. Y, por supuesto, de entre las formas de viajar que más tiempo de espera requieren destaca volar en avión.

Más allá de la duración del vuelo, no sé cuántas horas habré esperado paciente y no tan pacientemente la llegada de la aeronave, o la cola para pasar el control de seguridad, o la que me permite despedirme de mi maleta hasta la llegada a mi último destino… Han sido tantos, tantos los minutos observando a la gente ir y venir por los pasillos, a los rezagados correr de un lado a otro tirando de pesadas maletas, a los aburridos contemplar sus pensamientos a través de una pared, e incluso a las tiendas abrir y cerrar sus puertas al público, tantos, en definitiva, los minutos atrapado en un aeropuerto, que apenas he tenido que buscar los versos para este poema. Básicamente se habían formado ya, ellos solos, entre los incontables ratos de espera.

Aeropuertos

Tic… Tac…
Habla el reloj.
Tic… Tac…
Suena su voz.

Las piernas que andan,
las caras que miran,
los brazos que oscilan,
los cuerpos que pasan.

Un fluido de personas
que se adhiere a los asientos.
Sus partículas se posan
y se excitan al momento.

Tic… Tac…
El minutero.
Tic… Tac…
Sin desenfreno.

Las risas que brillan,
las bocas que hablan,
las lenguas que callan,
los labios que inspiran.

Una lucha de mensajes
que se libra en las pantallas.
Voces de metal se baten,
así suenan sus espadas.

Tic… Tac…
Con ritmo fijo.
Tic… Tac…
Sordo y preciso.

Las colas que esperan,
las filas que avanzan,
las curvas que danzan,
las líneas que apenan.

Un murmullo de intereses
que se entrecruzan y mezclan.
Gente que espera a otra gente
para que se abran sus puertas.

Tic… Tac…
Discurre el tiempo.
Tic… Tac…
Rápido y lento.

Las horas que pasan,
las ruedas que giran,
los vientos que gritan,
las vidas que se alzan.

Un intercambio de almas
que se produce en un soplo.
Vuelos que suben y bajan
en las arterias del globo.

creativeCommons

Pablo Fernández de Salas

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