La desembocadura del verano

El otoño es una época de transición: tras un rápido nacimiento durante la primavera, el río anual se despide del verano mientras se adentra poco a poco en el mar del invierno. Cuando eso ocurra, el frío congelará las gotas, que esperarán pacientemente la llegada de un nuevo comienzo de ciclo. De momento, sin embargo, los campos se visten de cobre en otoño, dando un último toque de color antes de dar paso a los tonos blancos y negros que predominarán durante una larga noche, por lo menos en Suecia.

Y es que el invierno se caracteriza por esa falta de vida que da un toque fantasmal a las calles, que pasan a estar vigiladas por las figuras esqueléticas de unos árboles desnudos. Y no se me ocurre una mejor imagen para ilustrar la transición del otoño, el paso de un radiante verano hacia un apagado invierno, que esos segundos previos a la caída de la hoja de un árbol.

Hoja de otoño

Su anciana piel, con arrugas de tiempo,
bálsamo de octubre y hebras de oro,
reluce al sol poniente cual tesoro.
Su vida tiembla y vive en los recuerdos.

Recuerdos de un amanecer de ensueño,
de unos días que verdean su rostro,
de juventud sin desvelos de otoño,
y de un verano maduro y risueño.

El invierno asoma en el horizonte,
una sombra que se acerca silente,
pero ella no estará para entonces.

Ya entre sueños, al ocaso se duerme.
Sin despedirse el sol sueco se esconde
y el aire, con un beso, la desprende.

creativeCommons

Pablo Fernández de Salas

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