El lenguaje matemático

Los idiomas son nuestro mejor instrumento a la hora de comunicarnos. Por eso, conocer distintas lenguas no solo nos ofrece la oportunidad de entender y hacernos comprender de cara a otras personas, sino que además nos permite establecer un vínculo con nuevas culturas. Por ejemplo, si consideramos un idioma en el que solo exista el tiempo presente, es probable que sus hablantes se preocupen menos por su futuro, y puede que no miren tanto hacia su pasado. Al fin y al cabo, les faltaría una herramienta que les permita expresarse con agilidad si quisieran referirse a otro momento que el ahora. Pensando en otro ejemplo, ¿cuántas palabras existen en castellano para designar la nieve? Desde luego, no tantas como las que existen en sueco, donde snö es la palabra genérica, pero upplega hace referencia a la nieve en las ramas de los árboles; firn a una nieve gruesa que normalmente no se derrite en el verano, o stöp a la nieve que se acumula sobre el hielo. Y esos son solo unos ejemplos de la multitud de formas diferentes que los suecos tienen para hablar de estos curiosos cristales de hielo.

Sin embargo, los idiomas no se limitan a facilitar nuestra comunicación cuando queremos expresar nuestros sentimientos, discutir nuestros planes o explicar las acciones que hacemos. Hay idiomas que van más allá y se especializan en una labor muy específica. Es el caso, por ejemplo, de las matemáticas. Sí, es cierto que las matemáticas no son un idioma al uso, así como también es cierto que, por encima de todo, las matemáticas son una ciencia en sí misma. Pero ¿no es acaso la labor de un idioma la de posibilitar la transmisión de conocimientos entre las personas? En este sentido, las matemáticas abarcan a mucha más gente de la que ningún otro lenguaje ha conseguido abarcar hasta ahora.

Soneto matemático

Sean dos individuos cualesquiera,
miembros, cada cual, de una cultura
no universal, de única estructura,
exclusivo idioma y también bandera.
Supongamos, pues, que se produjera
un encuentro de amistosa natura
que forzara a una y otra criatura
a parlamentar de cualquier manera.
¿No sería acaso la mejor forma
de cumplir con la labor diplomática,
en estricta custodia de la norma,
que desempeñar la esperada plática
en un lenguaje de absoluta horma:
en el lenguaje de la matemática?

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Pablo Fernández de Salas

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