Más allá de las nubes

Volar ha sido un sueño para la humanidad desde tiempos inmemoriales. Probablemente los primeros homínidos ya observaban las aves con envidia. ¿Qué pensarían si nos vieran atravesar las nubes en aparatos de metal y más rápido que ningún animal conocido? Tal vez se sorprendieran. O tal vez no. Quizás solo nos mirasen con gesto indiferente antes de afirmar, como si estuviéramos haciendo algo equivocado: «no bate las alas». Supongo que nunca lo sabremos. De lo que sí podemos estar seguros es de que no se imaginarían lo que se siente al contemplar el paisaje avanzando con rapidez desde tal altura, un manto de nubes intentando cubrir los secretos desvelados del suelo, tan rico de ropajes y a la vez tan desnudo visto desde la distancia. Quien haya volado desde Estocolmo hacia el sur de Europa reconocerá algunos matices en la pintura que abajo presento.

Más allá de las nubes

Quiero pintar un cuadro con las palabras,
de tintes garzos, grises de sutil plata.
De un sorbo, en negro té mi pluma empapo.
La vista prendida canta;
mis dedos bailan al traducir el canto.

Arriba, clavado entre trazos celestes,
brilla el sol. Mil espejos lo imitan entre
las islas, justo en la zona que separa,
cual tul flamenco de pliegue
indefinido, el mar de las montañas.

Los colores mutan su indómito rostro
y en tenue niebla palidecen los tonos.
El son del baile oscila, cambiando el traje;
las nubes forman un corro,
ovejas pastando en el paisaje roto.

Un sorbo azul y blanco, plata y zafiro;
dos lienzos que avanzan a distinto ritmo.
Los bosques se inundan de campos y casas;
sangra la herida de un río.
Manchado de culpa el mar huye, se espanta.

Los colores se acentúan de repente,
para, en un jirón de nubes, perderse.
Ahora el gris y el carbón lo embadurnan todo.
Sin pausa el avión desciende.
Aterriza. Y se apaga. Poco a poco.

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Pablo Fernández de Salas

Pequeños recuerdos

Cinco años pasé en Sevilla. Cinco años que encaré con ilusión y acabé con tristeza; un ojo mirando con entusiasmo hacia el futuro y el otro receloso de marcharse. Pero por muy pocas que fueran las veces que volví a casa durante esos cinco años, fueron muchas las que me acordé de mi familia. ¿O será que ahora me acuerdo de ellos y mi memoria ha mutado los recuerdos de antaño? Por suerte, la poesía es un regalo que me hago principalmente a mí mismo, y desde los polvorientos rincones de los días entre el primer y el segundo año que viví en Sevilla, he podido rescatar esta prueba de que, también entonces, me acordaba de mi familia.

Pequeños recuerdos

Aún recuerdo aquella luna
tan inmensa en aquel cielo,
aquellos ratitos libres
y aquel mundo tan perfecto.

Aún revivo aquellos días
cuando todo era tan bello,
esa alegre melodía,
aquellos hermosos sueños.

Nunca olvidaré en la vida
aquel amor, tanto afecto,
aquel abrazo furtivo,
esa nana, aquel «te quiero».

La gente madura y crece,
mas no olvida el sentimiento:
las horas junto a los padres
quienes por suerte tuvieron.

Nunca olvidaré mi hogar,
mi familia, esos momentos…
La tristeza nunca eclipsa
cuando uno aún es pequeño.

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Pablo Fernández de Salas