La estampa de Mariaberget

Desde el mirador de Mariaberget (que traducido del sueco significa el monte de María), el centro histórico de Estocolmo se eleva lo justo sobre las aguas para no mojarse. Al frente y a la derecha de nuestra vista destaca la pequeña isla de Gamla Stan (cuya traducción es Ciudad Vieja), con sus bloques de pisos color pastel iluminados con los luceros de sus ventanas desprovistas de balcones, y rematados con tejados oscuros en ángulo. Sobre ellos se alzan vigilantes los pináculos de las iglesias. Un poco más alejadas de Gamla Stan, las coloridas luces del parque de atracciones Gröna Lund, en Djurgården, atraen las miradas hacia una isla donde la naturaleza y los museos se funden con elegancia. Más cerca de nosotros, ligeramente hacia la izquierda de nuestra imagen de frente, nos observa el ayuntamiento, asentado en una posición que también ofrece un panorama privilegiado. A pesar de que el reloj marca ya la madrugada, la iluminación de los transportes transita el puente que une las islas de Gamla Stan y Södermalm, donde se encuentra Mariaberget, como si fuese una procesión de luciérnagas. Y todo este conjunto de luces y destellos oscila reflejado en la superficie nocturna del agua.

Esta estampa, que da brillo a los ojos de nuestro observador, es el vivo retrato de la fotografía que sostiene en su mano, una fotografía que fue tomada desde el mirador hace ya cinco años y que ha vuelto a él tras desafortunadas circunstancias.

La estampa de Mariaberget

Con reflejos de ventanas,
en una noche sin luna
y desprovista de bruma,
relucen las aguas negras.
Destella con notas claras
sobre su espejo ondulado
un mundo distorsionado
de puentes e islas dispersas.

La noche marca las doce
en el reloj de las aguas;
el sol oculto en el norte,
sus manecillas mojadas,
y entre el arrullo de coches
Gamla Stan duerme arropada.

Desde el oeste le llega
un aliento que reclama,
al este, la mar salada,
pasando por Gröna Lund;
al noroeste coteja
el soplo de los alcaldes,
y ríen jóvenes aires
de Södermalm en el sur.

La noche es fría y sincera,
sincera sobre las aguas
que absorben en su acuarela
de ventanas dibujadas
los entresijos y penas
de las vidas refractadas.

La noche es fría y sincera,
sincera como la estampa
donde la tinta vertiera
recuerdos en las palabras
hace cinco primaveras,
antes de que la heredara.

El tiempo muerde y corroe
Mariaberget y sus vistas,
los luceros y la linfa
de una época pasada.
Con los ecos de la noche
reverberando en su mente,
contempla un hombre el presente
apoyado en la baranda.

creativeCommons

Pablo Fernández de Salas

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