La paz de la mañana

Da gusto levantarse sin despertador, alzar los párpados cuando sienten la caricia de la alborada. Los oídos desoyen el canto de las aves del sueño, tentados por la melodía de las que juegan tras los cristales de una ventana que recuerda a la del cuarto de Anne en Tejas Verdes, con el esplendor de la primavera y su Reina de las Nieves. El piso está cerca de París y refleja con orgullo la vida de la capital, pero la calma que lo envuelve es la envidia de la urbe. Para rematar la mañana, unos minutos más sobre el colchón, los pasos de un amigo en los escalones y la proximidad de una compañera que, como yo, ya imagina el olor del café entreverado con el aroma de las flores.

Amanecer en Gentilly

La consciencia toma el control del cuerpo
después de un rejuvenecedor sueño.
Alzar la mano, abrir la ventana,
que la brisa refresque la mañana
y el aroma a café inunde el recuerdo.
Pero no hay prisa, espera un momento.
Absorbe la vitalidad que emana
del sol, el jardín y las flores blancas.
Las ramas del almendro saludando
con sus jóvenes pulseras y anillos;
la elegancia de París a unos pasos,
con su incansable y eterno gentío.
Tal vez luego, si lo piden los hados.
Ahora Gentilly y su patio tranquilo.

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Pablo Fernández de Salas

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