Romance en la montaña

A veces los pensamientos nos llevan a lugares extraños envueltos en situaciones incómodas. De fondo, alguien diserta sobre un tema que no nos interesa, sin conseguir captar nuestra atención. Y la idea surge: ¿y si el viento estuviese obsesionado con la montaña? ¿Y si lo dominara un amor enfermizo? El sol luce sus encantos sin conocer el acoso del viento, pero su amor no puede ser correspondido. La montaña crece en la noche, embrujada por su luz, pero la luna está demasiado lejos.

Romance en la montaña

Cuando el viento a la montaña
le acaricia su follaje,
intentando alzar su falda
y el rumor de su ramaje,
el sol, juguetón, calienta,
cual paciente buen amante,
con luz de mirada intensa
y pasión de largo alcance.
Sopla que te sopla y canta,
silba que te silba en clave;
vuela el viento en la montaña
susurrando obscenidades.
Mientras, la montaña duerme
y sueña ajena a sus males
con un mundo en blanco y negro;
gris y perla; niebla y mate.
El sol alumbra y calienta
y pinta tonos rojizos,
amapolas de praderas,
de flor un árbol vestido.
Da pinceladas de verde
y excita azules en lirios,
y recorre las laderas
con unos trazos corintos.
Mas de la montaña el sueño
no es de color tan vivo,
sino sombras tonos plata
y etéreo como un suspiro.
Un platónico fantasma
de desvestir despacito,
de vergonzosa mirada,
mas diligente y preciso.

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Pablo Fernández de Salas

Más allá de las nubes

Volar ha sido un sueño para la humanidad desde tiempos inmemoriales. Probablemente los primeros homínidos ya observaban las aves con envidia. ¿Qué pensarían si nos vieran atravesar las nubes en aparatos de metal y más rápido que ningún animal conocido? Tal vez se sorprendieran. O tal vez no. Quizás solo nos mirasen con gesto indiferente antes de afirmar, como si estuviéramos haciendo algo equivocado: «no bate las alas». Supongo que nunca lo sabremos. De lo que sí podemos estar seguros es de que no se imaginarían lo que se siente al contemplar el paisaje avanzando con rapidez desde tal altura, un manto de nubes intentando cubrir los secretos desvelados del suelo, tan rico de ropajes y a la vez tan desnudo visto desde la distancia. Quien haya volado desde Estocolmo hacia el sur de Europa reconocerá algunos matices en la pintura que abajo presento.

Más allá de las nubes

Quiero pintar un cuadro con las palabras,
de tintes garzos, grises de sutil plata.
De un sorbo, en negro té mi pluma empapo.
La vista prendida canta;
mis dedos bailan al traducir el canto.

Arriba, clavado entre trazos celestes,
brilla el sol. Mil espejos lo imitan entre
las islas, justo en la zona que separa,
cual tul flamenco de pliegue
indefinido, el mar de las montañas.

Los colores mutan su indómito rostro
y en tenue niebla palidecen los tonos.
El son del baile oscila, cambiando el traje;
las nubes forman un corro,
ovejas pastando en el paisaje roto.

Un sorbo azul y blanco, plata y zafiro;
dos lienzos que avanzan a distinto ritmo.
Los bosques se inundan de campos y casas;
sangra la herida de un río.
Manchado de culpa el mar huye, se espanta.

Los colores se acentúan de repente,
para, en un jirón de nubes, perderse.
Ahora el gris y el carbón lo embadurnan todo.
Sin pausa el avión desciende.
Aterriza. Y se apaga. Poco a poco.

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Pablo Fernández de Salas

Pequeños recuerdos

Cinco años pasé en Sevilla. Cinco años que encaré con ilusión y acabé con tristeza; un ojo mirando con entusiasmo hacia el futuro y el otro receloso de marcharse. Pero por muy pocas que fueran las veces que volví a casa durante esos cinco años, fueron muchas las que me acordé de mi familia. ¿O será que ahora me acuerdo de ellos y mi memoria ha mutado los recuerdos de antaño? Por suerte, la poesía es un regalo que me hago principalmente a mí mismo, y desde los polvorientos rincones de los días entre el primer y el segundo año que viví en Sevilla, he podido rescatar esta prueba de que, también entonces, me acordaba de mi familia.

Pequeños recuerdos

Aún recuerdo aquella luna
tan inmensa en aquel cielo,
aquellos ratitos libres
y aquel mundo tan perfecto.

Aún revivo aquellos días
cuando todo era tan bello,
esa alegre melodía,
aquellos hermosos sueños.

Nunca olvidaré en la vida
aquel amor, tanto afecto,
aquel abrazo furtivo,
esa nana, aquel «te quiero».

La gente madura y crece,
mas no olvida el sentimiento:
las horas junto a los padres
quienes por suerte tuvieron.

Nunca olvidaré mi hogar,
mi familia, esos momentos…
La tristeza nunca eclipsa
cuando uno aún es pequeño.

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Pablo Fernández de Salas

Partículas de poeta

Como mucha gente, mis aficiones son varias. Entre ellas cuento con dos grandes pasiones: la física y la escritura. A día de hoy la primera me da de comer, al tiempo que me divierte, y la segunda me permite alejarme de la primera cuando necesito un pequeño descanso. En este espacio virtual pretendo dar rienda suelta a la segunda de ellas, en forma de poesía, cuyos versos serán los equivalentes físicos a las partículas del mundo subatómico al que dedico mi carrera profesional.

Debo advertir, no obstante, que esta no será una web de ciencia. Aquí iré publicando, a intervalos irregulares pero con frecuencia, poemas de todo tipo. Me gusta dejar que la poesía me sorprenda, y solo pienso en qué escribir cuando ya he comenzado a hacerlo. Así pues, no prometo seguir una agenda determinada, y aunque intentaré no dejar huérfana ninguna de las áreas que empiece, no puedo predecir qué guiará mi pluma en el futuro. En este sentido, las leyes de la poesía escapan a mi entendimiento y no he descubierto unas ecuaciones que las describa.

Pero que no esté destinada a ser una web de ciencia no significa que no pueda rendir homenaje a aquello que me apasiona. De vez en cuando dejaré algún regalito con tintes científicos por aquí. Por este motivo, no he encontrado una mejor manera de empezar esta aventura que con un poema dedicado a los neutrinos, mis elusivos compañeros de viaje durante muchos años de física.

Neutrinos

En silencio, inadvertidos,
llegan al mundo y lo pueblan.
Les atrae la soledad;
nacen, suspiran por ella.
De uno en uno, poco a poco,
sin anunciar su presencia,
desde el comienzo de todo
vagan aislados y sueñan.
Motitas de soledad,
partículas de poeta.
Sin prisa en su deambular,
filósofos en su esencia.

Atraviesan el espacio,
las nubes, el sol, la tierra…
Sin detenerse ante nada,
sin que nada les detenga.
Se multiplican sin pausa,
con cada evento, sin meta;
en las estrellas y el mar;
en el aire y los planetas.
Cuando truena, cuando besas,
cuando el Universo piensa.
Motitas de soledad,
filósofos en su esencia.

Débilmente interactúan,
aunque no hacerlo quisieran,
y por eso se disfrazan
si sienten que les observan.
Vinagre, aceite y sal;
sabores de nuestra tierra.
Azúcar, canela y pan;
torrijas que te envenenan.
Oscilan, giran y oscilan,
en el baile que interpretan;
actores inesperados
de las radiaciones beta.

Hoy los físicos los buscan
prendados de su belleza;
fantasmitas singulares,
ni radiación ni materia;
portadores de la clave
que teorías abre y cierra.
Como a un amor enfermizo
los persiguen con sus tretas.
Pero ellos se resisten,
almas libres de cadenas;
sin prisa en su deambular,
partículas de poeta.

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Pablo Fernández de Salas