Tejiendo arte

El arte sirve para expresar la realidad que llevamos dentro, el mundo que nos rodea tal y como nosotros lo percibimos. Gracias al arte podemos acercarnos al corazón de las personas, lo entendamos o no, lo juzguemos como lo juzguemos. Asimismo, el arte también nos ofrece, a cada uno de nosotros, la oportunidad de explorar quienes somos, y no solo a través del arte que otros han concebido, sino principalmente a través del arte que nosotros mismos generamos.

El arte puede crearse de múltiples maneras: a través de la escritura, la música, la pintura, la arquitectura… Existen formas de expresión que la mayoría de nosotros asociamos fácilmente con el arte, pero eso no significa que el arte se limite a esas formas más conocidas. El arte puede existir en cualquier actividad que se haga, siempre que la llevemos a cabo vertiendo un poco de esa sustancia que nos hace únicos. Puede haber arte al caminar, al hablar, en la forma de vestir, o incluso a la hora de desempeñar nuestro trabajo. Todos llevamos un artista dentro, y ninguno se expresa de la misma manera. Todos cobijamos a una parte de nosotros que, de un modo u otro, conoce los hilos más íntimos que nos definen y los utiliza para tejer arte a nuestro alrededor.

Teje, teje

Teje, teje con tus manos
las hebras de sol dorado.
Teje un futuro radiante
que no haga pie en el pasado.
Teje, teje con tus manos.

Las agujas, su «tic tac»,
dos batutas sin compás.

Teje, teje con tus dedos
las estrellas de tu cielo.
Teje una luna durmiente
y en la mañana un lucero.
Teje, teje con tus dedos.

Dos varillas en un vals,
dos palabras sin rimar.

Teje, teje como sabes
desde tu cuarto a la calle.
Teje como te apetezca:
tu piel, tus hilos, tu traje.
¡Teje, teje como sabes!

Las mareas de tu mar.
Tu fragua para explorar.

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Pablo Fernández de Salas

Lejos quedan los cielos

Los verdes del verano ya han olvidado su invierno. Lejos, lejos quedan esos cielos. Cielos de humo y tormenta, cielos de asfalto y corteza.

Después de adorar sus flores, el crepúsculo de los días junta sus labios y los retoca de bermellón, ocultando la oscuridad de sus cielos internos, que quedan lejos, lejos, lejos. Lejos y olvidados, junto a los fríos del invierno. Lejos, lejos, lejos. Más allá de las flores, al otro lado de la primavera, en un pasado remoto e incierto.

Conforme se acerque el otoño, esos labios se han de separar, y con su aliento vendrán augurios que impregnarán la naturaleza, partículas de bermellón desprendidas de los labios que a las hojas se agarrarán con fuerza.

Pero lejos quedan esos cielos. Lejos, lejos. Lejos el tiempo para recordar.

Ahora, el verde del verano se centra en su presente, ignorante de su futuro, desprendido de su pasado, a la sombra de unos labios pendientes.

Lejos quedan los cielos

Lejos quedan los cielos
en los que la noche baña sus ojos
pintados del calamar y su miedo.
Lejos el frío invierno.
Lejos la oscuridad
de aquella garganta eterna y sin fondo,
lejos la boca de la que escapamos.
Ahora, flotando en el inocente
azul del exterior,
perdemos la memoria.
Ahora se muestra el verde. Ahora.
Ahora olvidamos los grises dientes.
Al anochecer, o al amanecer,
sin dejar del todo el azul del mar,
nos cortejan sus labios.
Rojos, o como el fuego,
o rosas y escarlatas.
Unas horas que atizan el deseo.
Una carnosa trampa.
Con el paso de los días caeremos
entre los dos labios que se retraen,
cada vez más lejanos,
entre el orto y el alba.
Con el paso de los meses se irán,
devoradas por las terribles fauces,
las aguas de la vida.
Lejos. Lejos. Lejos quedan los cielos
dentro del leviatán.
Y, aunque han de volver a engullirnos,
ahora deslumbran sus labios, tiernos.
Tiernos sobre los dientes
que morderán en otoño con fuego.
Pero no ahora. Lejos.
Ahora se muestra el verde. Ahora.
Lejos quedan los cielos. Lejos. Lejos.

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Pablo Fernández de Salas

La cruz de una bandera

Una bandera está cargada de simbolismo. Hay cierto sello de identidad cosido entre sus hebras, un sello que representa tanto como recluye. El significado de una bandera también puede ser múltiple, y puede estar sujeto a interpretaciones contradictorias. Una bandera puede evocar el cariño, la ternura, los claros en el bosque del entendimiento. Al mismo tiempo, la misma bandera puede llevarnos hacia las habitaciones del odio y la rabia, y a los barrotes de la injusticia. Para mí, hay una bandera que, a pesar de no estar pintada de verde, funde sus colores en un recuerdo sobre lo que es sentir esperanza. Esperanza por la naturaleza en una cruz donde brilla el sol desde un cielo sin nubes.

La cruz de una bandera

Al fondo veo volar la bandera
que es mi presente y pasado;
mi presente en las luces del norte
que germinan a mi lado
—un verdor que desde el suelo estira—
y también en mi pasado.
Son los recuerdos de un campo infante
entre las lomas de Ronda,
la niebla de raíces de madre
en el corazón de Europa.
Es la esperanza verde que espera
tener futuro en la Tierra.
Es el alma que en la vida vive
y en el tiempo sobrevive.
Es la chispa que en el mar se crea,
como el sudor de las olas,
y a lomos del viento de la historia
ella vuela,
            vuela,
                      vuela…
Bandera, ¡ay, que al fondo flameas!
¡Qué inútiles tus rencores!
¡Qué inútil tu orgullo y tus canciones!
¡Qué inútil, ay, tu berrea!
Y, sin embargo, ¡ay, sin embargo
ahí te miro oscilante
con tu destino en mí, tremolante,
recordándome el pasado!
¡Ay de nosotros! ¡Ay, ay, bandera!
Dos peones sin raíces
intentando volar libres,
pero enganchados en las fronteras.

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Pablo Fernández de Salas

Ubik café

Hay ciertos lugares que invitan a volar con la literatura. Lugares en los que las páginas en blanco de un libro por escribir coquetean con nuestras historias, y donde las páginas ya escritas agitan el bosque de nuestras neuronas y lo avivan con sus vientos llenos de palabras. Son lugares en los que la acidez del café permea el papiro de los cuentos, y donde la sombra de una tostada se camufla en la niebla de los versos.

El sur de València conoce uno de estos lugares, dispuesto a acoger la curiosidad de los que pasan por sus puertas. Un lugar donde una mañana de lectura puede afluir en el crisol de las estrofas, dando pie a un conjunto de rimas que, poco a poco, se enfrían en el cuerpo de un poema.

Ubik café

Entre las venas del barrio
destaca un rincón de letras
donde se mojan los libros
en el café de las mesas.
Con un irlandés yo brindo
por las historias que esperan
de los voraces clientes
sus mentes listas y abiertas.
Solos o de dos en dos,
también familias completas,
en compaña o en soledad
la gente viene y se sienta.
El trajín de la rutina
al vapor de cafetera;
camareros ocupados
en su guion de bayeta.
Un infante y sus juguetes;
unos padres con sus quejas;
un anciano y sus revistas;
un extraño y su libreta.
En sorbos van los minutos
desde mi vaso a mis letras,
desplegándose mi mundo,
desvelando sus sorpresas.
Pan tostado y cafeína,
sangre de azahar liberta,
un desayuno a las doce:
la mañana de un poeta.

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Pablo Fernández de Salas

A la orilla de un río

Dedicado a dos personas que protagonizaron el fin de la primera semana completa de abril e hicieron que este fuera inolvidable. Con mucho cariño. Siempre recordaremos los días vividos a la orilla de un río.

A la orilla de un río

A la orilla de un río
que deslumbra entre Buñol y Alborache,
mientras Dios duerme en 2023,
un pueblo cobra vida.
Un pueblo cobra vida
guardado por dos furias,
dos ángeles de pico embravecido,
dos reflejos de luna.
Un pueblo cobra vida
mientras Dios duerme en 2023,
un pueblo que por tres noches se ve,
a la orilla de un río.
Nace de las cenizas de un molino;
vive de dos almas enamoradas;
arde con el éxtasis de su unión,
la familia y la amistad a sus bandas,
y fallece sin morir su pasión
al nacer la semana.
A la orilla de un río.
¡A la orilla de un río
que lo abraza en sus aguas!
El pueblo acoge afluentes de otras tierras,
desde la magia verde de la aurora
que se funde en el norte
hasta el calor de los «achos» de Murcia
pasando por el fruto de Inglaterra.
¡El pueblo acoge afluentes de otras tierras!
Tres noches vive el pueblo.
Tres lunas. Tres sueños breves e intensos.
Tres tazas de café.
Tres. Dos más uno: tres.
Dos personas: una, dos. Una historia.
Tres. Dos familias que son una. Tres.
En su infancia, el pueblo se construye
con los ladrillos del campo y su río,
y al sol de sus jardines
los violines juegan al escondite.
En su adolescencia, el pueblo admira
un ampo de ilusión
fundido con las ascuas de un volcán,
y en su laberinto de espejos van
rielando los himnos del corazón.
En su madurez, el pueblo no es pueblo,
pues los deberes que la vida aguarda
pertenecen más allá de sus muros,
más allá de sus límites abiertos
a la orilla de un río.
¡A la orilla de un río!
Y cuando la última noche se prende,
el pueblo se deshace.
Absorbida la magia,
sus habitantes se marchan encintos,
gotas al viento en calma
sin prisas flotando hacia otro destino,
a la orilla de un río.
¡A la orilla de un río!

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Pablo Fernández de Salas

Senderos de rutina

Casi sin darnos cuenta construimos senderos de rutina a nuestro alrededor: el cambio de acera que retrasamos yendo al supermercado; el atajo a través del parque de camino hacia el metro; el rodeo que nos podríamos ahorrar si eligiéramos la avenida, pero que preferimos por el encanto de los edificios de la calle…

Estos senderos rutinarios se hacen especialmente patentes cuando abandonamos un lugar. Al mudarnos, los acostumbrados caminos regresan como espíritus en pena para habitar nuestros recuerdos. Con el tiempo aprendemos a ignorarlos, pero basta una visita casual a nuestro antiguo entorno para que sus voces vuelvan a nuestros oídos.

Sabedores de que pronto me iré, los espíritus de mis últimos años empiezan a embrujar mi memoria, a menudo guiando mis pasos en los actuales paseos antes de que mi rutina cambie. Me pregunto qué futuros hábitos los acompañarán, luchando por no ser olvidados.

Senderos de rutina

Mi cuerpo se pone en marcha en un mundo
de claroscuros;
un mundo merengue y cal, carbón frío,
hueso desnudo.
En las aceras, calles y caminos,
la purpurina
de cenizas de un vestido de novia
un rayo excita.
Sobre el blanco polvo y las negras joyas
de pedrería
avanzan mis pies, sin destino fijo,
con alegría.
Hacia el sur, llevados por la pendiente,
Gärdet traviesan.
Sandhamnsgatan abajo hasta pasar
junto al ochenta,
edificios a la izquierda, pradera
por la derecha.
Balcones de invierno, tejas con nieve,
troncos sin tejas.
La niebla compacta que el suelo cubre
pronto me atrapa.
Mis piernas me llevan, mas mi cerebro
nada les manda.
Es primavera de nuevo, verano,
otoño e invierno.
Las estaciones florecen al sol
de mis recuerdos.
Caballos pastando que ya no pastan,
la bicicleta;
los preparativos para un concierto,
picnics sin cesta.
Perros alocados olfateando
la nieve fresca.
Paseos para el discgolf, y paseos
de la pandemia.
Al acabar la llanura y sus prados
por Kaknästornet,
mis recuerdos pisan como acostumbran
suelo sin nombre:
un sendero que recorre una loma
llena de magia,
de gigantes densos y vigilantes
que todo callan.
La civilización rompe el embrujo
con su gris vara.
De nuevo caballos, luego una puerta
con un conjuro,
pues posa solitaria, indicando
que no son muros
los que sus verdes barrotes separan,
sino dos mundos.
Djurgårdsbrunnsbron al final de la calle
me está esperando,
y el ocasional café que es la vida
para mis manos.
El puente separa cuatro destinos
y dos orillas,
más una ruta secreta que solo
el hielo activa.
En esta intersección, en este punto,
aquí colapso:
la nube de memorias se despide
de los pasados.
Regresan el frío, y este presente
de claroscuros,
merengue, cal, carbón y negras joyas
en el que fluyo.
Pero no fluyo. No si no decido
cuál es mi rumbo.
En la encrucijada del puente pienso
qué hacer, y dudo.
Luego vuelvo a invocar a los recuerdos
y los escucho.
Tal vez el futuro cambie las voces
de los susurros,
pero estas voces alguna vez ya
fueron futuro.
Blanca es la nieve que el pasado cubre
bajo mis pies.
Hacia el oeste, el rumor de sus pasos
cruje otra vez.

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Pablo Fernández de Salas

Siete palomas

Es curioso cómo nos hacen reflexionar los objetos que nos rodean. La mesa del salón se transforma en un atril donde practica el pasado; la lámpara en la luna llena; los cuadros en ventanas a los recuerdos de otra gente, y los sillones en los tronos de un castillo de dibujos animados. Los sucesos que nos envuelven se funden en las escenas de nuestra memoria, y nuestra historia complementa el presente con imágenes del pasado.

De este modo, mi cuerpo abandona el salón de la corona, ese que nunca visitó realmente, y viaja a través del pasillo hasta la cocina, guiado por los olores de la culpa. Una vez allí, un impulso me hace mirar por la ventana. Nuestras miradas conectan. Siete pares de ojos atravesando los míos. Catorce ojos de cuervo incrustados en cabezas de paloma. El pasado y el presente mezclados de nuevo, más allá de los límites de la ventana, forzando mis pensamientos hacia una ruta que no habían previsto tomar. Todo a partir de elementos que nos rodean. Es curioso cómo nos hacen reflexionar.

Siete palomas

Sobre las ramas del árbol muerto
siete ángeles grises se han posado.
Siete susurros que trae el viento.
Siete jueces sobre mi pasado.
Atentos me observan al principio
siete pares de ojos de obsidiana,
y valoran si yo he sido digno,
yo que los miro tras la ventana.
Ante mí, los problemas del mundo,
del alma de los tiempos que vivo;
y yo frente a esa alma, desnudo,
con el estigma de haber nacido.
El fuego invisible del invierno
cubre con sus cenizas el árbol.
Mientras, caen copos de silencio
sobre los siete ángeles posados.
El dolor de la vergüenza bulle,
pero no pude elegir qué soy;
como mucho ayudar al que sufre,
mas no a todos los que sufren hoy.
Mis pecados truenan sin sonido
sobre un invierno que no termina,
un invierno que gestado ha sido
a partir de mi misma semilla.
Mis manos sobre el radiador, frías,
frías como el aire que sostiene
siete miradas sobre la mía,
siete miradas a la intemperie.
Finalmente los ojos se apartan,
siete martillos que ya han juzgado.
Veo, sin saber qué me deparan,
sus cabezas durmiendo al costado.

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Pablo Fernández de Salas

Aquellas casas enormes

Es curioso cómo olvidamos que vivimos en perspectiva. No es que el recuerdo desaparezca para siempre de nuestras memorias, eso no, pero sí es inusual que nos acordemos de cómo hemos vivido tal o cual experiencia cuando fuimos más jóvenes. No hace falta regresar a nuestras infancias, ni siquiera a esa juventud cada vez más distante, para encontrar momentos que se repiten, situaciones que ya hemos vivido, pero que ahora no percibimos como lo hicimos en el pasado.

El tiempo y la vida nos cambia, y este cambio afecta a nuestra perspectiva. Y, por razones que no vienen al caso, últimamente me he encontrado pensando en esa perspectiva desde un punto de vista (sí, desde una cierta perspectiva) que tiene mucho que ver con el tamaño y los límites de nuestros hogares. Hogares que, en cierto modo, pueden extenderse mucho más allá que nuestro planeta, pues según cómo los percibamos son, o han sido, todo lo que constituye nuestro mundo.

Aquellas casas enormes

Paseando en mi despensa,
donde se cura el pasado,
encuentro entre las conservas
recuerdos distorsionados.
El tiempo ha hinchado sus bordes
y ha engrandecido sus vetas,
que brillan descontroladas
en proporciones inmensas.
Las paredes dilatadas,
de cuarto a cuarto un desierto,
las mesas como montañas
y en una casa mi reino.

En botellas más recientes
aún brillan otros recuerdos,
su resplandor apagado
a un paso de echar el velo.
Aquí las mesas son mesas
y ya no hay reinas ni reyes,
pero tampoco hay barreras
que a la imaginación cierre.

¿Qué ha sido de aquel espacio
que se alojaba en mi casa,
que convivía en silencio,
pero el hogar ensanchaba?
¿Qué ha sido de aquellos metros
que mis recuerdos llenaban,
que desempolvo hoy tan quietos
entre conservas cerradas?

Los estantes del presente
parecen no tener botes
donde aparezcan de nuevo
aquellas casas enormes.

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Pablo Fernández de Salas

El placer de discutir

Cuando se habla de discutir tendemos a pensar en un acto parecido a una pelea, en el que los participantes se echan en cara todas las malas acciones, reales o no, que los opositores han cometido o hayan podido cometer. Sin embargo, una discusión debería consistir en un intercambio de ideas, una conversación constructiva en la que varias opiniones diversas confluyen hacia un todo más sabio, en lugar de colisionar y romperse en una guerra de acusaciones a cada cual más grave. Por desgracia, nuestro día a día suele estar cargado de falsas discusiones, habitualmente de boca de aquellos que más deberían ofrecernos un ejemplo a seguir. Por eso es tan importante disfrutar del placer de una discusión verdadera cuando podemos, ya sea como partícipes o como testigos, y recordar que discutir va mucho más allá de un enfrentamiento entre personas. Que sí, que hay ideales muy alejados de lo que debería promover cualquier sociedad civilizada, pero nadie va a cambiar de opinión, ni va a estar dispuesto a escuchar alternativas, si lo que vemos al otro lado es el cañón de un fusil en lugar de una ventana abierta hacia los dos lados.

Qué sorpresa despertarse

Qué sorpresa despertarse
con el trino de los pájaros
que con respeto se lanzan
estrofas de lado a lado.
Cortesía en su piar,
compañerismo en su canto:
una discusión que vuela
sin perderse allá en lo alto.
Esta mañana ha traído,
sin envolver, un regalo
del que disfrutan mi té,
mi aurora y su lento sábado.

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Pablo Fernández de Salas

El mañana de una guerra

Aunque por suerte no puedo decir que sepa lo que implica vivir una guerra de primera mano, puedo suponer la vorágine de emociones que desencadena en los afectados. No es solo la rabia que causa verse de lleno en un conflicto en el que, tal vez, se culpe a uno solo de los bandos. Más allá de las convicciones sociales y políticas de cada persona involucrada, el cambio radical en las condiciones de vida de los afectados es abrumador. La rutina diaria cambia sin remedio, y eso si es que se consigue encontrar una rutina en medio de una guerra. Puede que tu bando vaya en cabeza. Puede que no. Sea como sea, todo aquello que dabas por hecho en tu vida ha sido desplazado sin remordimientos, dejando en su lugar un futuro tan lleno de incertidumbres que hasta las preguntas se responden con otras incógnitas sin resolver.

Mañana

Como el fuego a mis dos ojos asoma
no brillará el mañana.
Como truena en mis oídos la bomba
no estallará el mañana.
Como tose en mis narices tu aroma
no toserá el mañana.
Ni mañana saborearán mis labios
tu lengua en libertad,
ni mi piel tu frontera que envejece,
ni mi imaginación tu cuerpo alegre
si entre los rezos de un negro rosario
los cinco sentidos se rompen cuando
la humanidad se va.

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Pablo Fernández de Salas